Lambayeque vive una paradoja que interpela directamente a nuestra conciencia colectiva. Sobre el papel, somos una de las regiones con mayores ventajas comparativas del país. Nuestra ubicación estratégica, el dinamismo agroexportador, la riqueza cultural y la diversidad humana deberían convertirnos en un territorio de prosperidad sostenida. Y, sin embargo, la realidad es otra: seguimos atascados en una dinámica de promesas incumplidas, obras inconclusas y oportunidades que se esfuman con el paso de los años.
Hoy somos la cuarta región exportadora del Perú. El 70 % de la producción que enviamos al mundo proviene del valle de Olmos, a lo que se suman los corredores agroindustriales de Motupe y Jayanca. Esta base productiva no solo nos vincula con el mercado global, sino que también debería haber generado un ecosistema de servicios, infraestructura y empleo a la altura de semejante potencial. Sin embargo, seguimos careciendo de lo más básico: una carretera en buen estado que conecte de manera eficiente al nuevo valle de Olmos. Diez años después, la producción agrícola de vanguardia sigue transitando por una trocha, símbolo doloroso de la incapacidad del Estado para acompañar la iniciativa privada con infraestructura pública adecuada.
A la fuerza productiva se suma otro elemento inédito: desde mayo de este año, la elección del papa León XIV ha puesto a Lambayeque en el centro de la atención mundial. Millones de ojos, por primera vez en la historia, nos observan no solo como cuna espiritual del Sumo Pontífice, sino también como tierra de oportunidades. Este nivel de visibilidad es excepcional y probablemente irrepetible. Y, sin embargo, corremos el riesgo de desaprovecharlo si no somos capaces de traducir esa notoriedad en un plan de desarrollo concertado, que vaya más allá de lo anecdótico y simbólico.
Nuestra región también es un faro cultural. Contamos con seis museos, entre ellos el más visitado del país. Tenemos un capital histórico y arqueológico único, una gastronomía reconocida internacionalmente, una tradición comercial que nos ha convertido en polo de intercambio en el norte peruano, y una población urbana que supera el 80 %, lo que en teoría debería facilitar la prestación de servicios y la organización territorial. Además, nuestra dinámica migratoria nos ha enriquecido social y culturalmente: basta recordar que el 86 % de los habitantes de José Leonardo Ortiz provienen de Cajamarca.
Con todo este capital humano, productivo y cultural, parecería que Lambayeque está destinado al éxito. Sin embargo, los datos nos devuelven a la realidad. El último Índice de Competitividad Regional nos ubica en el noveno lugar a nivel nacional, retrocediendo dos posiciones respecto al año anterior. La caída se torna más grave cuando se revisan los pilares: seis posiciones menos en Salud y Empleo. No hablamos, por tanto, de cifras abstractas, sino de realidades que afectan a las familias: hospitales colapsados, servicios deficientes, trabajo precario.
Las causas de este estancamiento son múltiples, pero la más evidente es la precariedad de nuestra infraestructura. Lambayeque no cuenta con una autopista de al menos 40 kilómetros continuos en buen estado. La antigua Panamericana sigue atravesando cascos urbanos, generando riesgos para los transeúntes y retrasos para la carga pesada. La vía de evitamiento de Chiclayo se convirtió en avenida urbana, al igual que la fallida “autopista” a Pimentel. Y todos los puentes de la región presentan problemas estructurales, según un informe técnico del Colegio de Ingenieros. La imagen es clara: seguimos moviéndonos con carreteras y puentes del siglo pasado, intentando sostener una economía del siglo XXI.
El problema se extiende al ámbito urbano, Chiclayo y su conurbación arrastran un sistema de alcantarillado en situación crítica, con aguas servidas que se desbordan en plena ciudad cada temporada de lluvias. El 43 % del agua potable que produce Epsel se pierde en tuberías clandestinas o inexistentes, y las lagunas de oxidación de San José cumplen tres décadas sin mantenimiento. No se trata solo de un tema de gestión técnica: es un atentado directo contra la salud pública y la calidad de vida de la población.
En materia de comercio, la paradoja se repite. Lambayeque se define como región comercial, pero no está preparada para el comercio moderno. No tenemos un mercado mayorista que organice y desconcentre la venta al por mayor; Chiclayo carece de una zonificación clara y de políticas que descentralicen y ordenen la actividad comercial. Ni siquiera contamos con un camal municipal, pues el que existía fue clausurado por insalubre. El transporte urbano es caótico, sin terrapuertos adecuados ni un plan de movilidad sostenible. En suma, la base comercial que debería potenciar nuestra economía se ve frenada por la falta de planificación y de inversión en infraestructura básica.
La gestión de los residuos sólidos es otro ejemplo de improvisación y fue tocado por la corrupción en gestiones municipales pasadas. Si bien está por concluirse el relleno sanitario, la planta de transferencia permanece abandonada, lo que obliga a los camiones recolectores a recorrer cerca dos horas hasta Reque. Eso significa menos horas efectivas de servicio, más basura en las calles y menos confianza ciudadana.
Sin embargo y esto es bueno, no todo es negativo. Existen proyectos estratégicos que, de concretarse, podrían marcar un antes y un después: la ampliación y modernización del aeropuerto, el drenaje pluvial y el Terminal Portuario Regional. Sin embargo, todos ellos avanzan a paso lento, atrapados en la maraña burocrática y la falta de liderazgo político. La autopista El Sol, concesionada hace quince años, sigue pendiente en el tramo correspondiente a Lambayeque, prolongando la espera de una conectividad que debió estar lista hace más de una década.
Ante esta realidad, la conclusión es inevitable: Lambayeque no sufre por falta de oportunidades, sino por ausencia de cohesión política, visión de largo plazo y compromiso ciudadano. Hemos aprendido a vivir en la contradicción: exportamos al mundo, pero nuestros productores circulan por trochas; recibimos turistas, pero no tenemos servicios básicos adecuados; nos llamamos región comercial, pero carecemos de mercados y transporte ordenado; soñamos con un parque industrial, pero seguimos en la etapa de la promesa.
El riesgo es claro: nos conformarnos con vivir de nuestras glorias pasadas, de la riqueza gastronómica y cultural, o del privilegio de haber dado un papa al mundo. Esa satisfacción simbólica, si no se traduce en políticas concretas y transformaciones tangibles, solo alimentará la ilusión de progreso, sin que este llegue realmente a nuestras familias.
Lo que necesitamos es una estrategia regional con metas claras y plazos exigibles: modernizar la infraestructura vial, garantizar agua potable y alcantarillado de calidad, ordenar el comercio, recuperar la movilidad urbana, apostar por un parque industrial gestionado bajo esquemas modernos de asociación público-privada, y consolidar proyectos estratégicos como el puerto, el aeropuerto y el drenaje pluvial. Todo esto requiere no solo de autoridades responsables, sino también de una sociedad civil vigilante y propositiva, que acompañe, fiscalice y empuje los procesos.
Lambayeque tiene el talento humano, la ubicación estratégica y la producción suficiente para ser un referente nacional y continental. Lo único que falta es la decisión colectiva de dejar atrás la comodidad de la queja y la resignación, y construir un proyecto de desarrollo sostenido. El tiempo de las excusas terminó: o convertimos nuestra abundancia en verdadero desarrollo, o seguiremos atrapados en la paradoja que hoy nos condena.
Cerca a un nuevo proceso electoral creo que es importante visibilizar quiénes serán nuestros próximos representantes, saquemos a la luz sus hojas de vida, en todo aspecto, por que necesitamos hombres y mujeres íntegros que asuman responsabilidades públicas y que estén libres de todo señalamiento.
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Editora / Directora fundadora.