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“ONE HEALTH”: UN ENFOQUE HOLÍSTICO Y UNIFICADOR QUE BUSCA ENFRENTAR LOS DESAFÍOS SANITARIOS GLOBALES

Escribe: Franklin Aguilar Gamboa (*)
Edición N° 1401

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En pleno siglo XXI, la humanidad enfrenta una tormenta perfecta de amenazas sanitarias globales: el avance implacable del cambio climático, la degradación ambiental, y la aparición, y reaparición, de enfermedades infecciosas zoonóticas. Estos desafíos interconectados exigen algo más que soluciones aisladas: requieren un cambio de paradigma. Es así que, el enfoque “One Health” (Una salud) se presenta como una estrategia innovadora y necesaria, concebida para fomentar la colaboración interdisciplinaria entre la salud humana, animal y ambiental. Aunque el concepto no es nuevo, su evolución ha sido constante. Desde los orígenes con “Una medicina”, centrada en la interacción humano-animal, hasta “Ecosalud”, que integró el componente ambiental, el enfoque “One Health” actual propone una visión integradora y transformadora: un mundo, una sola salud.

El término “One Health” hace referencia a un enfoque integrado y unificador que tiene como objetivo equilibrar y optimizar de manera sostenible la salud de las personas, los animales y los ecosistemas. Es decir, reconoce que la salud de los seres humanos, los animales domésticos y salvajes, las plantas y el medio ambiente en general (incluidos los ecosistemas) están estrechamente vinculados y son interdependientes. Esta idea, aunque parezca moderna, tiene raíces profundas que se remontan a la antigüedad, filósofos como Hipócrates y Aristóteles, así como diversos pueblos indígenas, reconocieron estos vínculos. Más adelante, pioneros como Rudolf Virchow en el siglo XIX y Calvin Schwabe en la década de 1980 enfatizaron la conexión entre la medicina humana y veterinaria, sentando las bases del concepto contemporáneo de “One Health”.

Este término fue formalizado en 2004 durante un simposio desarrollado en el Rockefeller University Conference Center de Nueva York y organizado por la Wildlife Conservation Society, en dicho evento se promulgaron los “Principios de Manhattan”, 12 recomendaciones clave que sentaron las bases de “One Health”. A partir de entonces, la iniciativa adquirió una estructura organizativa, en 2009 se creó la comisión y, poco después, se estableció la Oficina “One Health” en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). La adopción efectiva de este enfoque tiene el potencial de transformar la seguridad sanitaria mundial ya que no se limita a enfrentar enfermedades infecciosas emergentes y nuevos patógenos, sino que proporciona un marco para comprender y abordar amenazas existenciales como la resistencia a los antimicrobianos, la inseguridad alimentaria y nutricional, y el cambio climático.

Hombre y medioambiente

Una de las consecuencias más relevantes del enfoque “One Health” es la necesidad de reducir la presión humana sobre el medio ambiente, lo que constituye en sí mismo una intervención médica crucial. Un ejemplo paradigmático es la resistencia a los antimicrobianos (RAM), impulsada por el uso y mal uso de fármacos en humanos, animales y el entorno, así como por la circulación de bacterias y genes resistentes. En 2019, se estimaron 1,2 millones de muertes atribuibles y 4,95 millones asociadas a la RAM a nivel mundial, y según un estudio publicado en The Lancet en 2024 por Christopher J. Murray, estos podrían casi duplicarse para el 2050, especialmente a regiones como el sur de Asia, América Latina y el Caribe, con un 65,9 % de muertes en adultos mayores de 70 años. Pero la RAM es tan solo un ejemplo de la interdependencia entre salud humana, animal y ambiental. Estas conexiones se manifiestan principalmente en tres vías: la zoonosis, como el Ébola o el SARS-CoV-2, que evidencian el riesgo de transmisión de enfermedades entre animales y humanos; los impactos ambientales, donde la deforestación o la contaminación alteran ecosistemas y favorecen la aparición de brotes; y las prácticas agropecuarias intensivas, que pueden propagar enfermedades y acelerar la resistencia antimicrobiana, afectando simultáneamente la salud pública y la del planeta.

Los desafíos

Si bien la implementación del enfoque “One Health” es prometedora, enfrenta desafíos complejos que limitan su efectividad, especialmente en contextos marcados por desigualdades sociales y económicas. La pobreza, el acceso desigual a servicios de salud y las prácticas culturales influyen en la capacidad de respuesta de los países ante emergencias sanitarias, lo que hace evidente la necesidad de adaptar las estrategias a cada realidad local. Para ello, es fundamental contar con indicadores que reflejen estas dinámicas, como la vigilancia epidemiológica, el acceso a agua potable y saneamiento, y la calidad sanitaria en las exportaciones agrícolas, ya que estos permiten evaluar de forma más integral las capacidades nacionales para prevenir, detectar y responder a amenazas sanitarias. Sin embargo, más allá de estos aspectos estructurales, “One Health” también enfrenta desafíos operativos importantes: la colaboración interdisciplinaria sigue siendo limitada por desequilibrios de poder y falta de coordinación; la ausencia de estándares y guías comunes genera interpretaciones dispares del enfoque; el escaso financiamiento y la falta de políticas de apoyo obstaculizan su ejecución; y la escasa formación de profesionales en esta perspectiva reduce su impacto.

Por ello, para que One Health sea más que un ideal, se requiere un esfuerzo sostenido, adaptado y basado en evidencia, con una base política, financiera y educativa sólida. En este sentido, en 2022 se publicó el “Plan de Acción Conjunto Una Salud, 2022-2026 Trabajando juntos por la salud de los humanos, los animales, las plantas y el medio ambiente.” Que surge en respuesta a las solicitudes internacionales de prevención de futuras pandemias y de promoción de la salud de forma sostenible. Este plan de acción conjunta, describe el compromiso de cuatro organizaciones (FAO; PNUMA; OMS; WOAH) de promover y apoyar colectivamente la implementación de “One health”. De este modo, todo apunta que en los próximos años este enfoque guiará los esfuerzos para mejorar la salud global.

En la actualidad existen otros paradigmas que también intentan abordar de manera holística el problema de la salud global. Enfoques como la “salud planetaria” y “EcoSalud”, también promueven una visión integral e interconectada de la salud, pero desde perspectivas ligeramente diferentes. La salud planetaria destaca más la urgencia de abordar los problemas globales, como el cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad, y propone una acción global coordinada para mitigar sus efectos sobre la salud humana y el entorno. Por otro lado, EcoSalud aborda determinantes sociales, ecológicos y culturales de la salud y aunque sigue siendo adoptada por algunas organizaciones, a partir de 2010, muchos de sus conceptos han ido incorporándose a “One Health”. 

Realidad nacional

En el Perú, al igual que en la mayoría de países latinoamericanos, el abordaje actual de los problemas en salud se centra principalmente en la salud comunitaria y la salud pública tradicional. Entre los ejemplos más representativos destacan la vacunación casa por casa con participación de agentes comunitarios, los programas de prevención de anemia y mejora de la nutrición infantil en zonas rurales, así como la vigilancia comunitaria frente la malaria, dengue, tuberculosis entre otras. De forma parcial y complementaria, también se ha comenzado a incorporar el enfoque de salud pública global, especialmente en situaciones que requieren coordinación internacional. Algunos ejemplos incluyen el cumplimiento del Reglamento Sanitario Internacional, la colaboración con organismos como la OPS/OMS, UNICEF, el Banco Mundial y GAVI, así como la elaboración de planes nacionales sobre salud y cambio climático con apoyo de actores globales.

Aunque la salud pública global ha ganado relevancia en las agendas nacionales, su papel sigue siendo principalmente normativo y de cooperación internacional, siendo el enfoque territorial y comunitario los que predominan en la atención local. En este contexto, resulta poco probable que, al menos en el corto plazo, países en vías de desarrollo logren implementar plenamente un probable enfoque “One Health”. Esto se debe, en gran parte, a las limitaciones administrativas, técnicas y financieras que dificultan su integración efectiva, especialmente en sistemas de salud que aún enfrentan desafíos estructurales para consolidar siquiera la participación activa en la salud pública global.

Enfoques como “One Health”, salud planetaria y EcoSalud comparten una visión sistémica de la salud, y abordan los desafíos del bienestar humano, animal y ambiental desde perspectivas complementarias. Todos ellos coinciden en la urgencia de adoptar estrategias interdisciplinarias, colaborativas y globales para enfrentar problemas sanitarios cada vez más complejos y transfronterizos. Durante décadas, la salud humana ha sido concebida desde un paradigma antropocéntrico, centrado exclusivamente en el bienestar del ser humano; sin embargo, “One Health” propone una ruptura de esa visión. Esta perspectiva no solo amplía nuestro entendimiento de la salud, sino que representa una vía necesaria hacia un futuro más sostenible, resiliente y equitativo. Solo así podremos responder con eficacia a las amenazas sanitarias emergentes y proteger la salud del planeta en su conjunto.

(*) Biólogo, past decano del Colegio de Biólogos de Lambayeque. 

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SOCIEDAD DE CULTURA FALLIDA – PRIMERA PARTE

Escribe: Martín Cabrejos Fernández (*)
Edición N° 1401

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La sociedad peruana (como no, la lambayecana) ha fracasado. El fracaso social, signo de estupidez colectiva, es un hecho que debe ser estudiado en profundidad. La estupidez es la razón de nuestra falta de cohesión y el motivo de décadas sin soluciones bien pensadas a problemas sociales recurrentes y a la condena de un nuevo tiempo de atraso en medio de un mundo de avances tecnológicos y rapidez en el manejo y la reproducción de la información; un mundo, que no se distingue por la infraestructura, la calidad de la tecnología ni la capacidad para acceder y controlar la información, sino por la cultura y la cohesión de las sociedades. No es más fuerte la sociedad solo más tecnologizada, es más fuerte la sociedad más cohesionada y con mayor capacidad para solucionar sus propios problemas.

José Antonio Marina (2022) afirma que “Cada persona busca una vida satisfactoria para (sí y para) los suyos, pero ese proyecto individual tiene que coexistir con los de los otros porque pueden entrar en colisión. Por eso, la sociedad tiene que marcar unas normas para el sistema de juego; y de ahí surgen en primer lugar las religiones y más tarde los sistemas normativos, morales y jurídicos”.

Añade, que estos sistemas produjeron, primero, la cultura de la obediencia y, luego, la cultura de la crítica a la autoridad, incluyendo aquella que interpreta (según su concepto) la voluntad o deseos de Dios. Así, la búsqueda de la felicidad se ha separado del compromiso con la justicia. La felicidad que hoy se nos propone, psicologizada y mínima, es a la vez egoísta y antisocial. Aunque la felicidad es (efectivamente) una utopía de la inteligencia, la solución de las sociedades a los problemas comunes es la cultura. Por lo tanto, son respetables las sociedades que han sido capaces de solucionar sus problemas y tenemos que aprender a elegir entre emular aquellas sociedades solucionadoras eficaces que nos muestren una luz en el camino del progreso y otras incapaces de solucionar y capaces de ahondar el fracaso de la inteligencia social.

Una cultura se construye y evoluciona en respuesta a las necesidades y los desafíos que enfrenta una sociedad. Si una sociedad es consistentemente incapaz de resolver sus problemas fundamentales (ya sean económicos, políticos, sociales, ambientales, etc.), esto se reflejará en su cultura. Así, sobre la idea del fracaso de nuestra cultura e inteligencia social que ronda con la estupidez colectiva; es posible apreciar (no sin perplejidad y tristeza) el deterioro de las normas y valores, expresado en la incapacidad de resolver problemas que ha erosionado la confianza ciudadana en las instituciones, la pérdida de valores compartidos y el aumento de comportamientos antisociales, pues si la ley no se aplica o la corrupción es rampante, la cultura de respeto a la ley se debilita.

También están, el estancamiento y falta de innovación, al convertirnos con el paso de los años en una sociedad abrumada por sus problemas con muchas dificultades para fomentar la creatividad, la innovación y la adaptación necesarias para el progreso. Nuestra “energía social vital” se centra en la supervivencia inmediata, la inversión personal y material en el arte, la ciencia o la educación ha disminuido y es la evidencia de la reducción personal al tener y la renuncia social del ser. Es cada vez más notoria la fragmentación social que, exacerba las divisiones sociales, genera resentimiento y desconfianza entre diferentes grupos, debilitando la cohesión social que la cultura debería proporcionar. Y, también, la pérdida de identidad y propósito, en una sociedad que no puede ofrecer un futuro prometedor (¿alguna vez pudo intencionalmente?) o un sentido de pertenencia y propósito a sus miembros, pues su cultura se ha vuelto nihilista, desesperanzada y enfocada en la supervivencia individual en lugar del bienestar colectivo. Si una cultura sana es aquella que proporciona las herramientas cognitivas, sociales y prácticas para que una sociedad pueda enfrentar sus desafíos de manera efectiva. Cuando una sociedad falla repetidamente en solucionar sus problemas, la cultura que la sustenta puede volverse disfuncional, errática y vacía, reflejando esa incapacidad a través de la desintegración social, la falta de visión y la pérdida de los mecanismos tradicionales (aunque no toda tradición es positiva) de resolución de conflictos.

El papel de las emociones

En nuestra sociedad (reitero, peruana y –afirmo– lambayecana) de "cultura fallida" (que no ha logrado proporcionar soluciones prácticas a los problemas y necesidades comunes de sus miembros), las emociones juegan un papel particularmente intenso y a menudo disfuncional en la toma de decisiones a nivel individual y colectivo. La persistente frustración, la inseguridad y la desesperanza moldean un panorama emocional que influye profundamente en cómo se perciben los problemas, se evalúan las opciones y se toman las decisiones. La nuestra es una cultura fallida a la que no califico de superior ni inferior. Mi afirmación resulta de los actos humanos producidos a lo largo de nuestra historia más que de la comparación inter o multi cultural.

Somos una sociedad con predominio de emociones negativas, donde la experiencia continua de problemas no resueltos genera un caldo de cultivo de emociones negativas como la rabia, la frustración, el miedo, la ansiedad y la desesperanza. Estas emociones nublan el juicio, dificultan el análisis racional de las situaciones y llevan a decisiones impulsivas o basadas en la evitación del dolor inmediato en lugar de la búsqueda de soluciones a largo plazo.

Somos una sociedad creadora y recreadora de desconfianza y cinismo, donde la falta de soluciones efectivas erosiona la confianza en las instituciones, los líderes y, en última instancia, en la propia capacidad de la sociedad para mejorar. Esto lleva al cinismo, la apatía y la renuencia a participar en iniciativas colectivas, incluso si estas pudieran ofrecer soluciones. Las decisiones se toman desde una perspectiva de desconfianza, anticipando el fracaso o la manipulación.

Somos una sociedad que busca soluciones inmediatas y simplistas, donde, ante la angustia y la frustración acumuladas, hay una tendencia a buscar soluciones rápidas y fáciles, aunque sean superficiales o incluso contraproducentes a largo plazo. La complejidad de los problemas puede ser ignorada en favor de narrativas simplistas que ofrecen un alivio emocional inmediato, como la búsqueda de chivos expiatorios o la adhesión a ideologías extremistas.

Sociedad manipulada

Somos una sociedad que propicia el aumento de la susceptibilidad a la manipulación, donde las emociones intensas, especialmente el miedo y la desesperanza, hacen que las poblaciones sean más vulnerables a la manipulación por parte de líderes autoritarios o populistas que explotan estas emociones para ganar y/o mantener el poder. Las decisiones pueden basarse en promesas vacías o en la apelación a prejuicios y resentimientos.

Somos una sociedad con grave dificultad para la planificación a largo plazo, donde la incertidumbre constante y la sensación de crisis perpetua dificultan la capacidad de las personas y los grupos para pensar y planificar a largo plazo. Las decisiones se centran en la supervivencia inmediata y la satisfacción de necesidades urgentes, dejando de lado consideraciones estratégicas para el futuro.

Somos una sociedad de polarización y conflicto, donde las emociones negativas exacerbadas por la falta de soluciones pueden intensificar las divisiones sociales y políticas. El resentimiento hacia otros grupos percibidos como responsables de los problemas nos ha llevado a la polarización, la hostilidad y la toma de decisiones basadas en la confrontación en lugar de la colaboración.

Somos la sociedad de la resignación y pasividad, donde, en algunos casos, la frustración crónica nos arrastra a la resignación y la pasividad. Las personas sienten que no tienen el poder de cambiar su situación y dejan de buscar soluciones o de participar en la toma de decisiones, perpetuando así el ciclo de problemas no resueltos.

En la segunda parte, daré a conocer (desde una postura esperanzada) las maneras de superar o, en todo caso, mejorar la actual situación. Ofrezco una disculpa avergonzada si mis palabras suenan como las típicas y soberbias apreciaciones de quienes dicen mucho y hacen poco. Confieso que no es ese el sentido de mis ideas.

(*) Docente, historiador e investigador. 

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