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Castillo en su laberinto

Escribe: Rosa Amelia Chambergo Montejo (*)
Edición N° 1246

En ocho meses de gobierno, Pedro Castillo Terrones ha logrado despertar pasiones y ánimos de todo tipo. Ni Ollanta Humala, contra el que se emprendió en sus dos candidaturas presidenciales una fuerte campaña de hostigamiento por sus cercanías con el chavismo, motivó tantas reacciones. Claro está, Humala desde que firmó la denominada “Hoja de Ruta” torció el rumbo de sus propuestas electorales, abrazadas inicialmente en el seno de la izquierda.

Sobre Pedro Castillo se pueden afirmar muchas cosas, entre ellas que su incapacidad y falta de olfato político han sido determinantes para ubicarlo en la posición en la que está.

Castillo empezó con pie izquierdo, metafóricamente hablando. Fue aupado a presidente en una elección marcada por la polarización y el antifujimorismo, pero también por el descontento popular frente a un Estado elefantiásico y que en la pandemia había desnudado sus taras y peores condiciones, al no ser capaz, si quiera, de ofrecer salud y educación de calidad a la población.

Castillo capitalizó ese malestar colectivo y con su discurso encendido movió a los sectores populares. El problema fue que de la retórica de las plazas, la aparente reivindicación del pobre y las promesas populistas como elevar al 10 % la asignación del PBI para Salud y Educación, o renunciar al sueldo presidencial, no pasó.

Cuando pasó a la segundo vuelta y era momento de mostrar con solvencia y seguridad a su equipo técnico, mostró sus flaquezas y de esas no ha logrado sacudirse hasta hoy. La prueba es que a la fecha suma 50 ministros en cuatro gabinetes, con personajes cuestionados, impresentables, incompetentes o improductivos.

Otra característica ha sido la victimización constante y la incongruencia entre dicho y hecho. Los mayores siempre decían que el hombre de honor es aquel que cumple su palabra. Castillo se olvidó de su repetida “palabra de maestro”.

Cada vez que ha hablado de consensos, tender puentes o dialogar, a las pocas horas ha ido a una plaza para gritarle a la gente las diferencias de clase y fustigar contra sus opositores o culpar a otros de lo que no podía resolver como gobernante. El discurso de “200 años de desigualdad” ha terminado de caer en el hartazgo.

En este punto es responsable hacer una acotación. Castillo no se ha equivocado al numerar las brechas que tiene el país. Desde luego que existen y gran responsabilidad de ellas recae sobre los gobiernos pasados que no supieron distribuir la riqueza del país, acercar los servicios del Estado a la gente o frenar a los monopolios y oligopolios.

Sin embargo, parece que Castillo no ha tenido capacidad para ir más allá de la reflexión en voz alta y en lo que va de su gobierno es poco o nada lo que ha hecho para avanzar en la reducción de esas brechas. Como ejemplo citaré a dos sectores: Salud, con la designación de un ministro inoperante e inexperto como Hernán Condori solo para cubrir la cuota de poder de Vladimir Cerrón y frenar el proceso de vacunación que estaba avanzando bien, y Educación, declarada en emergencia desde agosto del 2021 y sobre la cual no se mejorado casi nada. Tres ministros van en el sector y de estos el único que se salva es Juan Cadillo, al que despidió por WhatsApp.

De ahí vienen otros sectores como Interior, Defensa, Justicia o Agricultura, también con serios cuestionamientos  Transportes por la condición de los personajes convocados como ministros y ahí es donde nace el problema más reciente:

Al carecer de operadores preparados, con capacidad de manejo político, respuesta y consenso, los ministerios han estado en constante movimiento pero no para sentar las bases del acercamiento del Ejecutivo con el pueblo. Esa desconexión ha llevado a que Castillo, como presidente, tenga una lectura errada de la realidad nacional y no sea capaz de prevenir los conflictos y el malestar ciudadano, y de atender la crisis.

Lo que hemos visto en la última semana resulta ser el corolario de un gobierno que en ocho meses ya está desgastado. Sin aliados, sin base social, sin consensos y entrampado en sus propias torpezas, el Ejecutivo, con Castillo a la cabeza, no tiene rumbo.

En ese escenario y con el país haciendo ebullición por todos lados, la renuncia del presidente y la convocatoria a elecciones generales pareciera ser la salida más razonable. Sin embargo, para que esto último suceda se necesita del consenso del otro protagonista de la trama: el cada vez más rechazado Congreso de la República. En ese punto, la situación se hace aún más complicada.

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Directora / Fundadora.

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