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FRANCISCO BOLOGNESI: BICENTENARIO DEL HÉROE DE ARICA

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 986

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Este 4 de noviembre se conmemora el bicentenario de uno de los máximos referentes de la peruanidad, don Francisco Bolognesi, coronel del Ejército del Perú y comandante de la plaza de Arica, donde batalló en defensa del honor nacional “hasta quemar el último cartucho”. Sin embargo, una de las últimas ineptitudes del pasado gobierno fue negar el nombre del año al coronel Bolognesi, paradigma del cumplimiento del deber hasta el sacrificio. Solo una torpeza inaudita puede hacernos justificar esta omisión tremenda, y nos hace recordar que de la trilogía heroica de la infausta Guerra del Salitre, es Bolognesi el que menos atención ha recibido por parte de la historiografía. Basta mencionar las burlas que sobre su coraje hizo una directora de teatro, las dificultades que encontró el director Juan Carlos Oganes para filmar una película sobre la epopeya del Morro, y la poca difusión que esta fecha tiene en la prensa, preocupada de ridiculeces y obscenidades.

 

EL RECORRIDO DE BOLOGNESI

Francisco Bolognesi Cervantes tenía 61 años y cinco meses de vida cuando Chile declaró la guerra al Perú. Era limeño, hijo de un músico italiano y de una dama arequipeña. Habiendo nacido en los últimos años virreinales, el pequeño Francisco tenía cuatro años, cuando vio en brazos de su padre, al generalísimo San Martín proclamando la independencia en la Plaza Mayor de Lima. Y sin duda, ese momento marcó al niño, y definiría el patriotismo que siempre mostró y que le haría rendir la vida en defensa de la Patria. Incluso, fue Bolognesi quien, al retorno de una de sus comisiones en Europa, en 1862, fue el portador del Estandarte Real de Lima, obsequiado al Libertador San Martín con la errónea denominación de "Estandarte de Pizarro", reliquia perdida a manos del populacho en medio de los alborotos de noviembre de 1865.   

 

Bolognesi fue comerciante de coca y cascarilla en las montañas de Carabaya, hasta que se incorporó al ejército ante el peligro de guerra con Bolivia en 1853. De allí, no abandonaría el ejército. Amigo del mariscal Ramón Castilla, Bolognesi se especializó en la artillería, siendo enviado en tres oportunidades a Europa, donde adquirió abundante material bélico, destacando su preocupación por conseguir lo mejor para el ejército. Entre los materiales adquiridos se encontraban los cañones que defendieron al Callao en el Dos de Mayo. Envuelto en una polémica periodística sobre la calidad de los cañones comprados, Bolognesi organizó una demostración de los mismos, acudiendo con el revólver cargado, para dispararse si alguna de las armas compradas fallaba.

 

Habiendo sido Comandante General de Artillería y Comandante General de las Baterías del Callao, al retorno de su tercera comisión en Europa, don Francisco no se reincorporó a la vida activa del Ejército. Había tenido choques con funcionarios influyentes que querían obtener comisiones por las adquisiciones de armamento. En 1871, el coronel Bolognesi pasó a situación de "indefinido", esto es, que no se había retirado del todo, sino que podía retornar en el momento que lo necesitase. Fue en tal situación, cuando lo sorprendió el estallido de la crisis internacional de febrero de 1879 entre Chile y Bolivia, que arrastró al Perú a la guerra en abril.

 

Inicialmente el coronel Bolognesi partió como un voluntario más, sin puesto fijo en la defensa nacional. Su viejo amigo, el coronel Gastelú, imposibilitado de acudir por su edad, le pidió llevase su espada a la lucha. La accidental muerte del coronel Alejo Bezada, atropellado por un coche del ferrocarril de Iquique, condujo al nombramiento de Bolognesi como comandante de la Tercera División en junio de 1879, al frente de la cual, participó en la campaña de Tarapacá. En el desastre de San Francisco, junto con la Segunda División de Cáceres, la Tercera División de Bolognesi se mantuvo en orden en medio del desbande general. En la victoria de Tarapacá, un enfermo don Francisco se levantó del lecho para dirigir a su División. Luego de Tarapacá, el ejército peruano debió continuar su retirada a lo largo de la inclemente pampa del Tamarugal y los contrafuertes de la Cordillera hasta llegar a Arica el 18 de diciembre de 1879.

 

EL DRAMA DE ARICA

El 3 de abril de 1880, con los chilenos ya en Moquegua y el ejército peruano-boliviano concentrado en Tacna, el coronel Bolognesi fue designado jefe militar de la plaza de Arica, el principal puerto del sur peruano. Contaba para su defensa con dos divisiones de voluntarios ("nacionales" como se decía en la época): la Séptima al mando del veterano coronel José Joaquín Inclán, y la Octava al mando del coronel Alfonso Ugarte, mil 650 hombres en total. Desde inicios de la guerra se habían construido varias defensas, principalmente orientadas hacia el lado del mar, donde la flota enemiga bloqueaba el puerto… pero el ataque principal vendría desde tierra, y Bolognesi lo sabía.

 

Desplegando gran actividad y entusiasmo, Bolognesi se esmeró en reforzar la defensa de Arica desde tierra. Contando únicamente con medios materiales rudimentarios y con grandes cantidades de dinamita, se proyectó minar Arica para así impedir el paso al invasor. Al final, los 19 cañones de distintos calibres con que se contaba fueron distribuidos en siete fortines distintos: San José, Santa Rosa y Dos de Mayo en el norte de la bahía; Ciudadela y Este en los cerros en la retaguardia del Morro; y Alta y Baja en la cumbre del Morro.

 

El 26 de mayo, con el corazón encogido, los defensores de Arica escucharon el frenético cañoneo de la batalla que se libraba a la distancia, en el Alto de la Alianza, sellando la derrota de los aliados, los cuales se retiraron hacia Pachía. El rumbo que peruanos y bolivianos siguieron, los alejaba de la débil plaza de Arica. Solo el cable telegráfico les permitía conectarse con Arequipa, pero no podían enviar o recibir mensajeros que les dijese que debían hacer ante tamaño desastre. Lo único que sabían era que su deber era defender la posición que la Patria les había confiado. Leer las dramáticas cartas y telegramas cursadas por los defensores de Arica, nos hace comprender la honda soledad en la que quedaban tras el desastre del Alto de la Alianza. La esperanza del refuerzo del Segundo Ejército del Sur, al mando del indeciso Segundo Leiva, fue en vano: el reiterado “Apure Leiva” fue desoído, y Leiva retornó a Arequipa.

 

Desde los primeros días de junio, los chilenos acamparon al norte de Arica, desplegando varios reconocimientos en la zona, en uno de los cuales, fue capturado el ingeniero Teodoro Elmore, encargado de la construcción de las minas de Arica. Las referencias de Elmore exagerando el poder de las minas, para así ganar tiempo, llevaron al alto mando chileno a intentar otra salida. Muy de mañana el sábado 5 de junio de 1880, el mayor Salvo acudió como parlamentario y recibió, primero de don Francisco, y luego de sus oficiales, la respuesta que pasó a la historia.

“’Pelearemos hasta quemar el último cartucho’, provocación o reto a muerte, soberbia frase de varón, con digno juramento de soldado, que no concibe la vida sin el honor, ni el corazón sin el altruismo, ni la palabra sin el hecho que la confirma y la ilumina, para grabarla en el bronce o en el poema, como la graba y la consagra la inspiración nacional. Y el juramento se cumplió por el jefe y por el último de sus soldados, porque el bicolor nacional no fue arriado por la mano del vencido, sino despedazado por el plomo del vencedor” recordaría en 1905 el ilustre estadista argentino Roque Sáenz Peña, voluntario en la defensa de Arica.

 

En efecto, tras dos días de bombardeo, las fuerzas chilenas, en número superior a los seis mil hombres, se lanzaron al asalto de los fuertes al este del Morro. La lucha fue feroz: el polvorín del Ciudadela fue hecho volar por el adolescente Maldonado, y los chilenos, a los gritos de “hoy no hay prisioneros” y “al Morro muchachos”, emprendieron el desordenado asalto final. Las minas no llegaron a funcionar, y Bolognesi encabezó la lucha final, cuerpo a cuerpo, en la cima del Morro, donde cumplió la palabra empeñada, entregando la vida en defensa de la Patria. Y junto a él, 900 valientes, entre ellos, la mayor parte de sus oficiales: Inclán, el patricio tacneño; Ugarte y Zavala, los empresarios que pudiendo alejarse, eligieron pelear por su país; el corajudo Arias Aragüez, al grito de “no me rindo carajo”; Cornejo, salvando el nombre de su batallón; Blondel, al pie del pabellón nacional; O’Donovan, el juicioso ex diputado trujillano; More, el marino que buscaba la muerte para redimir su error al mando de la “Independencia”.

 

“En su desfile postrero, no los ungió la armoniosa música de sus bandas militares. Tuvieron, por el contrario, como compañeros al enfrentarse a la muerte, disparos y bayonetazos y cuchilladas y gritos y groserías. Hubo, así, en este puñado de hombres, un sombrío heroísmo deliberado. De ahí es que su sacrificio consciente tiene una capacidad inextinguible para conmover y para asombrar a través de las sucesivas generaciones” diría con razón el maestro Jorge Basadre.

 

EL EJEMPLO DE BOLOGNESI

Gonzalo Bulnes, quizá el más prolijo historiador chileno sobre la guerra, afirmó que los defensores de Arica “son dignos del respeto del adversario y de la gratitud de sus conciudadanos. Entre ellos merece una mención especial Bolognesi, el jefe de la plaza. Bolognesi fue un gran patriota. Tiene la característica de los hombres superiores. No salen de su boca ni de su pluma palabras destempladas ni baladronadas pueriles. Es culto y atento con el enemigo. Cuando el patriotismo se envuelve en un manto de modestia, el hombre desaparece ante la idea que lo alienta y su sacrificio toma un carácter impersonal. Así le sucedió a Grau y le sucedió a Bolognesi”.

 

Fue la pluma del coronel Manuel E. de la Torre, jefe de Estado Mayor de Arica, quien sobrevivió a la lucha, la que en su parte oficial, da el verdadero sentido del sacrificio de Bolognesi y sus compañeros: “Quiera Dios y la Patria aceptar el sacrificio de tantas víctimas, de tantos patriotas de corazón, como un holocausto ofrecido en aras del honor nacional para la salvación del país, y pluguiera a la Divina Providencia, por tanta sangre vertida generosamente, que nuestro gobierno sea siempre bien inspirado; y retemplado el valor, la fe y el entusiasmo en nuestro pueblo, que, una vez por todas, debe mostrarse unido y viril hasta ver realizados sus nobles propósitos”.

En cierta forma, la memoria colectiva solo se centra en las imágenes tantas veces repetidas que nos legó el pincel de Lepiani: el decidido coronel rehusando la rendición en una sala polvorienta, rodeado de un grupo de oficiales resueltos, y la conmovedora escena del anciano herido y disparando su último cartucho en medio de la furiosa lucha cuerpo a cuerpo. En el camino, se olvida al niño que vio la proclamación de la Independencia, al intrépido comerciante en la selva, al hombre de confianza de Castilla y Pezet, al experto artillero, al hombre honrado y de honor. Toda una vida resumida en tres días. Cuando el Perú atravesaba su peor momento, pudiendo dejar la lucha y seguir la fría lógica de la imposible resistencia de su pequeña guarnición frente a un enemigo abrumador, eligió cumplir con su deber y dar una lección a su generación y a las venideras.

 

Este 4 de noviembre, el Perú entero debe descubrirse ante el recuerdo de Bolognesi. Debemos hacer votos para que el cumplimiento del deber sea constante en nuestra vida cotidiana, para que el ejemplo y el sacrificio de los valientes del Morro no haya sido en vano.

 

Presente, mi coronel.

 

(*) Abogado, historiador y docente universitario. 

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