Las recientes elecciones en nuestro país han evidenciado más las brechas económicas, sociales y políticas, incluso una escisión geopolítica del Perú andino y amazónico con el Perú costero, además del agravante de acusaciones de corrupción de uno y otro candidato que sacó a relucir lo endeble de las instituciones que en principio deben velar por la democracia, la justicia y el bienestar común. Situaciones contextuales que han sido utilizadas por extremismos ideologizados de izquierda y de derecha, que no han hecho sino desangrar aún más las lacerantes heridas nacionales: pobreza y corrupción por doquier.
Al parecer los políticos han olvidado que deben estar al servicio del pueblo y no servirse de él, o tal vez más que olvido es cínica desconsideración de un actuar que desconcierta y envilece la labor del funcionario político como servidor público. Si bien es cierto que idílicamente en el sistema democrático el “pueblo” es quien gobierna, muchos lo asumen como una denominación o etiqueta utilizada por los poderes de turno para “estratégicamente cubrir” e invisibilizar al verdadero responsable del gobierno: el poder ejecutivo en pleno o incluso los poderes que lo secundan en la sombra, de tal manera que puedan hacer y deshacer a espaldas del pueblo en nombre de quien dicen gobernar.
Sin embargo, podemos reafirmar que el Perú es más grande que sus problemas, que sus gobernantes, que periodo tras periodo se han enriquecido miserablemente, y, lo que es peor aún, destrozado conciencias institucionales y ciudadanas que los secundan sin criterio o tras el interés de una dádiva. El Perú es más grande que sus problemas y lo es en tanto que somos más quienes trabajamos honestamente desde nuestros ámbitos de acción para el bien personal, familiar y comunitario, que – sin embargo- necesitamos un marco de institucionalidad donde el ejercicio de nuestras funciones y sus frutos alcancen a las grandes mayorías. Esto es lo que se debe procurar para el Perú desde el Bicentenario para adelante, sin voltear la página sino aprendiendo de la propia y otras historias, promoviendo la política y la ciudadanía responsable.
El Perú y la pandemia
La situación del Perú tras la pandemia, que agrava los ya existentes problemas de falta de auténtica inclusión ciudadana de los sectores poblacionales vulnerables y la corrupción institucionalizada, y demás problemáticas que venimos arrastrando como país, deben cesar con un gobierno más allá de las ideologías.
El Perú no está para ensayos o pruebas de desfase. Quien asume el poder debe entender que se encuentra al servicio de la ciudadanía, que los modos de hacer política deben estar en función de lo objetivamente realizable atendiendo las justas demandas sociales: Salud, vivienda digna, educación, trabajo y servicios básicos, todo bajo un marco de institucionalidad democrática. La ciudadanía demanda de paz social, y esta es posible con el respeto a las personas y a sus instituciones, no se puede doblegar el valor de la persona y su ciudadanía al peso de lo ideológico.
El Perú del bicentenario debe de dejar de ser un Leviatán apedreado o podrido por dentro, debe de ser un país de todas las sangres como diría Arguedas. El Perú del bicentenario exige trabajo en conjunto, con criterio objetivo, estratégico para el bien común y no para intereses subalternos. Esto en un reto, un compromiso que todo compatriota debe asumir para el bien actual y de las generaciones venideras.
(*) Filósofo y docente investigador.