El primer Congreso peruano, llevado por el celo de guardar la soberanía, terminó causando un mal manejo de la guerra emancipadora. La ceguera del Congreso ante las necesidades bélicas, la debilidad de la Junta Gubernativa en la conducción de la guerra, la creciente inquietud del ejército, formaban un complejo cóctel, del que, a través de la amenaza de la fuerza, se impuso en febrero de 1823, el nombramiento de José de la Riva Agüero como primer Presidente de la República. Sin embargo, esta imposición sería también el germen de nuevas alteraciones.
Y es que el número de diputados opuestos al nuevo presidente no dejaba de ser considerable, pese a las actitudes serviles iniciales. El intrigante Luna Pizarro y otros diputados optaron por partir a Chile en señal de protesta. Pero otros diputados, continuaron asistiendo a las sesiones, sin olvidar la imposición de Riva Agüero, esperando el momento para la revancha del Congreso.
El factor bolivariano
Mientras tanto, el presidente Riva Agüero había realizado una intensa actividad para reforzar a las fuerzas patriotas. Necesitando el auxilio exterior, había recibido el refuerzo de seis mil soldados colombianos al mando de Antonio José de Sucre, quien llegaba con instrucciones militares y diplomáticas, que le permitieron moverse en las redes políticas limeñas. Y ese factor sería serio en la crisis por llegar.
Desde el inicio del gobierno rivagüerino, el Congreso intentó contraponer al presidente con Bolívar; al leer los debates del Congreso insistiendo en la necesidad de llamar a Bolívar, se evidencia la poca confianza en Riva Agüero para lograr el triunfo patriota. “En el mismo Congreso se decía que en el Perú no había hombre capaz de dar unidad al plan de campaña ni a la opinión”, apuntaría Paz Soldán. Y así, en mayo de 1823, los diputados Pedemonte, Ferreyros, Mariátegui y Otero, lograron que se aprobase invitar a Bolívar a venir al Perú, saltándose la autoridad presidencial y sin importarle el flamante cargo de gran mariscal que había conferido a Riva Agüero.
Para aquel momento, el presidente (afirmó en sus memorias, publicadas póstumamente bajo el seudónimo de P. Pruvonena en 1858) había preparado un ataque envolvente sobre las fuerzas realistas en el sur peruano, con el respaldo del ejército de reserva organizado en el norte peruano y las guerrillas. Para tal fin, en la segunda quincena de mayo de 1823, envió las tropas del general Santa Cruz, compuestas íntegramente por peruanos, a un nuevo intento en los puertos del sur.
Y fue en esos momentos, que Sucre se dirigió al Congreso, agradeciendo la invitación a Bolívar, ofreciendo “sus armas a la representación nacional por garantía de su libertad”, soslayando una vez más al presidente Riva Agüero. Cierto es que existía la intención de hacer llegar al Libertador caraqueño al Perú, y en tal sentido, Sucre aprovechaba las diferencias entre el presidente y el Congreso. Peor aún, Sucre (como anteriormente Paz del Castillo con la primera expedición a intermedios) se negó a cooperar con Santa Cruz en la campaña del sur. En sus memorias, Riva Agüero denunció tal actitud: “Bolívar y sus agentes, a la sombra del auxilio, hicieron fracasar la campaña”. Y existe aún la polémica historiográfica sobre si existió o no un plan bolivariano para crear inestabilidad en el Perú de 1823.
El ataque realista
La situación política del Perú en 1823, era insostenible entre la discordia y división. No sorprendería en tal coyuntura, la presencia de los agentes realistas: “el virrey tenía avisos seguros por algunos diputados del congreso del 23 de las sesiones secretas […] y de los movimientos que hacían nuestras tropas”, afirmaría una carta de “Patriotas de Trujillo” en 1832.
Con el Congreso dividido, una expedición en la que se jugaba políticamente su gobierno, la presencia de Sucre, la amenaza realista y la inquietud ante la figura de Bolívar, Riva Agüero buscó apuntalar su gobierno, recurriendo al miedo a los españoles, afirmando en varias ocasiones un inminente ataque realista, que terminaba por no ocurrir.
Ante tal coyuntura, Riva Agüero preparó su renuncia a la Presidencia el 11 de junio de 1823. No llegaría a presentarla: al día siguiente, luego de tantos avances y retrocesos, las fuerzas realistas de Canterac avanzaban hacia Lima, aprovechando que la capital estaba desguarnecida al haber partido los elementos militares al sur. Riva Agüero decidió mantenerse en el poder, e invocó al Congreso (presidido por el doctor Carlos Pedemonte) a la unión nacional, lo que en principio fue aceptado en sesión secreta con 49 diputados. En una junta de guerra, se resolvió que Sucre asumiese el mando del ejército, y el Congreso declaró la nulidad de “cuanto hicieran los diputados que permanecieran en Lima estando allí los enemigos”, y considerando además que el ataque realista podría impedir el quorum del Congreso, resolvió que bastarían 28 diputados para sesionar y resolver válidamente.
Mientras tanto, Riva Agüero preparaba la retirada a los castillos del Callao, hasta recibir el 14 de junio, la confirmación del avance realista, procediendo a ordenar la evacuación de forma discreta, redactando una proclama al pueblo para hacer creer que la finalidad de la marcha del ejército era rechazar a los realistas. El presidente, una parte del Congreso y la guarnición de la capital se trasladaron al Callao, el presidente del Congreso y algunos diputados se quedaron en Lima, y otros diputados partieron hacia el norte. La salida secreta respecto al pueblo (no así ante el Congreso y los altos mandos), exacerbó los ánimos contra Riva Agüero.
El 16 de junio, Canterac ingresó a Lima. Riva Agüero le envió un oficio para que considerase a la ciudad como un territorio neutral. Fue en vano, los realistas impusieron cupos a la población civil, por un monto entre tres y cuatro millones de pesos, según calculó Salvador Iglesias en carta al general San Martín.
El Congreso en el Callao
En el Callao, bajo la protección de las fuerzas colombianas y los batallones cívicos, el Congreso retomó sus sesiones. Las críticas a Riva Agüero fueron en aumento; incluso llegaron a culpar al presidente por la incomodidad de sus alojamientos. Las arcas nacionales estaban vacías, y en un gesto digno de mención por su rareza en la historia parlamentaria peruana, el diputado Domingo de Orúe y Mirones ofreció entregar su hacienda de Huaito para sede del Congreso, y la entrega de 300 bueyes, 15 mil pesos, y 3 mil arrobas de azúcar para la causa patriota, además de la contratación de un buque para alojar a los diputados; sólo se aceptó el último ofrecimiento, y aunque Orué pidió que su donativo no constase en acta, se lo insertó de todas formas.
El 19 de junio, los diputados votaron por trasladar el gobierno, los tribunales y el Congreso, a la brevedad posible, a la ciudad de Trujillo. No se puede negar la lógica de la medida, pero el decreto estableció también, a propuesta de Sánchez Carrión, un amplio poder militar a cargo del general en jefe del ejército unido, es decir, el general Antonio José de Sucre. De esta forma, se dejaba sin ningún poder al presidente de la República. Riva Agüero observó al Congreso que se debía resistir en el Callao, pero fue en vano. Lo peor para el primer presidente, aún estaba por llegar.
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(*) Abogados, docente universitario e historiador.
El día 7 de diciembre de 1921, a bordo del vapor “Urubamba”, llegó al puerto de Pimentel el brillante poeta peruano José Santos Chocano; siendo recibido únicamente por dos periodistas, el reconocido poeta César Ferreyros, representante y enviado por la “Revista Mundial” de Lima y Eliseo Abelardo Pita, representante del diario “El Tiempo” de Chiclayo. Chocano retornaba al país después de 17 años. Radicado en Guatemala fue expulsado por razones políticas (debido a su amistad con Estrada Cabrera que ocasionó su reclusión por espacio de 6 meses) y desde Panamá, lugar en el que se le diagnosticó un mal estomacal de serias consecuencias, regresaba al país. El periplo por nuestra tierra fue, ciertamente, un paso rápido que, aunque ligero, mereció mayor atención de nuestras autoridades y poetas locales (que no eran pocos ni malos).
Causó mucha sorpresa entre los hombres de prensa el poco interés que suscitó la presencia del bardo en Lambayeque. En su reporte del 8 de diciembre, Ferreyros, periodista del medio limeño, indicó el único “hijo del departamento de Lambayeque que saludó a nuestra gloria nacional ¡Ah si hubiera sido un posible candidato a la presidencia de la república! Entonces el puerto embanderado, banda de cachimbos a granel, cohetes de arranque a troche y moche, todas las embarcaciones también embanderadas y repletas de aspirantes a diputados, alcaldes, prefectos, subprefectos y todo lo que necesita el presupuesto del país para ser confortablemente distribuido…”. Eliseo Abelardo Pita, por su parte afirmó en su reportaje publicado en el medio local el día 9 de diciembre de 1921 sobre el reconocimiento que mereció el poeta “los pueblos de nuestra región debían apersonarse a rendir un homenaje al famoso poeta, gloria de la patria y honor del continente, don José Santos Chocano, que regresa después de muchos años…”.
Chocano vino a Perú, según dijo, a reencontrarse con su familia, a ofrecer algunos recitales de su poemario “Oro de indias” y “Olor de selvas”, solicitar el apoyo del gobierno peruano para recuperar sus no pocos bienes en Guatemala y a merecer del Congreso de la República la gracia de contar con los ingresos que le fueron asignados cuando fue representante diplomático en Centroamérica pues, afirmó, “me permitirá entregarme a una curación radical, dentro de un ambiente de reposo, y entonces dedicarme por completo a mi arte…”.
Según Eliseo A. Pita, “Chocano viene enfermo. Si su aspecto nos lo había dicho ya desde el primer momento en que lo vimos, las declaraciones que nos hace lo confirman”. Además, el poeta da a conocer con profundo dolor que los sucesos de Guatemala le han hecho perder un tesoro fabuloso, diez veces mayor de su anterior producción. “… tengo en la actualidad de las setecientas cuarenta, apenas ciento veinte reconstruidas”.
Sus aspiraciones
Entre Pimentel y Eten, las declaraciones de Chocano ante Eliseo Abelardo Pita, primero, y César Ferreyros, después, muestran una variedad de temas que conviene tocar: habló sobre su deseo antiguo de conocer Cajamarca y Cuzco; resaltó la pieza oratoria del Sr. Germán Leguía y Martínez, titulada “Oración a Bolívar”, que a su entender hizo justicia a la obra del libertador venezolano; refirió el error ecuatoriano sobre su postura con respecto a la frontera y límites con Perú, recordando aquel antiguo verso que generó molestia en el país del norte “Si no es el Ecuador un pordiosero / Ecuador ha muerto con Montalvo”; además, confirma su deseo de la conformación de una comisión de propaganda ante el incumplimiento de Chile de los compromisos adquiridos en el Tratado de Ancón que dio fin a la Guerra de 1879.
Al medio limeño, Revista Mundial, afirmaría su deseo de ser nombrado embajador en México, pueblo por el que guardaba cariño y respeto profundo y, agrega una sentencia sobre su esperanza de vida: “Le juro que, si todo el país se levantara como un solo hombre y reconstituyera el imperio para hacerme el Inca emperador, renunciaría tanto por la felicidad suprema de poder dedicarme completamente a mi arte”.
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(*) Historiador y docente universitario.