En los últimos cuarenta años, la política peruana ha caído a niveles insospechados por ambiciones y mezquindades de quienes dirigen los partidos. La corrupción enquistada en el Estado ha pasado la factura a todos los presidentes de la república, desde 1985 en adelante. Tres de ellos ya cumplen prisión en el penal de Barbadillo, y otros cinco son investigados por el sistema de justicia por supuestamente recibir millonarias coimas. Los partidos políticos están desacreditados por personajes que ven en la política un medio para enriquecerse del Estado.
La política peruana tocó fondo en los últimos cuarenta años. Los casos más indignantes de corrupción, de actos inmorales y deshonestos, de prácticas serviles llenas de ambiciones y mezquindades por alcanzar el poder, con liderazgos magullados que solo buscan satisfacer intereses políticos y personales, han sucedido en este periodo funesto de nuestra historia contemporánea. Los últimos cuarenta años han sido un lastre para la política en general, para la partidocracia que nunca estuvo a la altura de las circunstancias y de las exigencias ciudadanas, pues cuando accedieron al poder no supieron responder a las expectativas que se cifró en ellos. Desde 1985 en adelante, todos los presidentes de la república que llegaron a Palacio de Gobierno por el voto popular, han terminado presos y otros con investigaciones judiciales que aún están en curso, por estar involucrados en flagrantes hechos de corrupción, acusados de liderar organizaciones criminales. Los partidos políticos ancestrales, de larga data en periodos electorales, sucumbieron ante cúpulas dirigenciales que se negaban a la renovación interna, a la promoción de nuevos líderes y que se enquistaron en los máximos cargos, con el único propósito de tener vigencia política para consumar sus apetitos de poder.
Alan García, la joya más preciada del Partido Aprista desde la década del 80, fue la esperanza de todo un pueblo que esperó por más de 55 años para llegar a la Presidencia de la República. El Apra lo había intentado desde 1930 y no tuvo éxito, su mayor posibilidad se produjo en 1962 cuando Haya de la Torre ganó el proceso (32.97%) por estrecho margen al acciopopulista Fernando Belaúnde (32.12%). Sin embargo, al no superar ningún candidato el tercio electoral requerido para ser proclamado ganador, el Congreso tenía que elegir entre los tres candidatos de más alta votación. Pero ante tanta incertidumbre, el 18 de julio de ese año las Fuerzas Armadas dio un golpe de Estado. Esta frustración aprista sería enmendada por García, quien en 1985 derrotó al candidato de la Izquierda, Alfonso Barrantes. Así como llegó en olor a multitud, se fue sin pena ni gloria, porque dejó al país sumido en graves problemas económicos y sociales. En ese quinquenio, el Apra perdió la oportunidad de consolidar su imagen política; por el contrario, sus dirigentes -embriagados del poder que ostentaban- inundaron el aparato estatal con sus partidarios (clientelismo político) y tiraron por el tacho cualquier atisbo de meritocracia. Alan se fue por la puerta trasera de Palacio, por todo el daño que hizo su régimen al Perú. Aquí comenzó a joderse la política en Perú.
Luego vendría el outsider de moda que le ganó en segunda vuelta al escritor Mario Vargas Llosa, en 1990. El poder le llegó a Alberto Fujimori como un mazazo, no estaba en sus cálculos (su plan era ser senador) si quiera pasar a segunda vuelta. Por eso, no tuvo un plan de gobierno específico y copió el de su oponente en materia económica. Como no tenía mayoría en el Congreso y sus proyectos eran encarpetados, dio un golpe de Estado el 5 de abril de 1992, el cual tuvo un amplio respaldo de la población. Se aprobó una nueva Constitución a la medida de sus ambiciones. Fue un duro golpe para la clase política tradicional de ese entonces. Fujimori pulverizó a los partidos políticos y a sus dirigentes los mandó a sus cuarteles de invierno. Fue un duro crítico de la clase política tradicional y él emergía como una propuesta renovada. El común de la gente esperaba cambios sustanciales en la forma de hacer política; pero con el correr de los años la organización con la cual llegó al gobierno entró en la danza de los grupos tradicionales. En ese periodo, la corrupción hizo mella en la institucionalidad, se saqueó las arcas del Estado y se puso en práctica el clientelismo político del aprismo. Tras su caída en el año 2000, salió a relucir toda la podredumbre de ese régimen, cuya clase política nunca estuvo a la altura de lo que exigía el país. Ese fue el cimiento para que la política peruana se siga jodiendo.
Tras el ominoso periodo dictatorial, el Perú regresó al sistema democrático y el año 2001 eligió a un nuevo presidente. Se trató de Alejandro Toledo, quien llegó cargado de muchas promesas de cambio para el país. El 2006 regresaría Alan García, convertido en un neoliberal; le sucedería Ollanta Humala y el 2016 ganaría el ultraneoliberal, Pedro Pablo Kuczynski, quien renunciaría en marzo de 2018 al vinculársele de haber recibido presuntas coimas de Odebrecht. Luego asumiría el vicepresidente Martín Vizcarra, sin bancada que lo defienda, quien cerró el Parlamento dominado por el fujimorismo el 30 de setiembre de 2019, hasta que fue derrocado el 10 de noviembre de 2020 por el Congreso extraordinario elegido en enero de ese año. El 2021 llegaría al gobierno Pedro Castillo, quien sería vacado por el Congreso el 7 de diciembre de 2022, al pretender dar un golpe de Estado. Desde Toledo hasta Castillo, todos cayeron en desgracia y son investigados por presuntos delitos de corrupción, acusados de haber recibido millonarias coimas de Odebrecht. Tres expresidentes purgan prisión por estos delitos en el penal de Barbadillo. Hay otros cinco que son investigados por la justicia, y uno que prefirió el suicidio. En esta danza también figura la excandidata presidencial y lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, quien es investigada por supuestamente dirigir una organización criminal, y para quien la Fiscalía pide 30 años de cárcel. La política no levanta y sigue jodida como siempre.
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(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.