En la actualidad, en esta sociedad estructuralmente globalizada e irreversiblemente informatizada, es obvio que no pasa desapercibido el contacto casi instantáneo de esta a través de los medios que se derivan de la imperante tecnología. El reverso y el anverso tecnológico se han configurado como una sola matriz que se encarna en los distintos rostros culturales que componen la comunidad mundial. Es un hecho de que la vida social actual está sujetada irreversible e incontrovertiblemente alrededor de las múltiples bondades que los medios informatizados y las herramientas tecnológicas le ofrecen a diario.
Invasión Tecnológica en espacio y tiempo
Estas ocupan un lugar primordial en la vida diaria del individuo contemporáneo así como en la de las innumerables instituciones públicas o empresas privadas en las que se proyectan implementar. Es incuestionable que son diversas y variables las ventajas que estas ofrecen a la sociedad en su conjunto. Incluso luego de dos años de encierro en pandemia se ha comprobado que todas ellas han conquistado un par de peldaños privilegiados de aquel mundo humano que son su espacio y tiempo. El espíritu de este aire tecnológico en el más amplio sentido de su riqueza conceptual está estructurando masivamente la realidad del mundo político, económico, social y cultural.
La tríada persona, tecnología e información
Según dicha experiencia, se reconoce que esta tríada tan actual integra o subsume la vida corriente de la persona. El individuo hace suya de modo exclusivo las bondades que traen consigo tanto el mundo de la informática como el de la tecnología. Su único fin no es solo comunicarse, sino resguardar o custodiar celosamente aquel dato que él califica como información relevante, reservada y confidencial. He aquí, históricamente, una tríada que desde tiempos muy antiguos siempre han estado íntimamente unidas: (01) persona, (02) tecnología e (03) información.
Observamos que el fin de esta tríada se centra en asegurar (confiar o custodiar) que la información que se almacena en robustos aplicativos no sea ni manipulada ni mucho menos extraída por agentes ajenos o cercanos a uno mismo. El objetivo es proteger en lo más secreto lo más valioso que dentro de ella se almacena y se valora, vale decir, dinero, activos tangibles, propiedades o documentos de alto contenido de poder.
Por tal razón, la información se ha tornado hoy valiosísima para el colectivo en general. Y es la tecnología y los distintos dispositivos de preservación más los procesos de control informático los que hoy en día ofrecen aparentemente múltiples seguridades irrompibles. Sin embargo, en esta sociedad del conocimiento llamada del ‘nanosegundo’, lo que se cree es confiable e inquebrantable se ha tornado desconcertadamente fácil de quebrantar. Un asalto virtual que, sin necesidad de recurrir a sofisticados esfuerzos técnicos ni al desarrollo exhaustivo de artilugios tecnológicos, es maquinado fácilmente.
La mejor contraseña es la virtud ética
Actualmente la implementación de enredados o enmarañados aplicativos o la creación de mecanismos informáticos encriptados que confieren una alta seguridad o una fuerte confianza a los que auditan, controlan o supervisan información, se presumen son insuficientes.
Creo que las futuras propuestas tecnológicas no deberían focalizarse solo en crear programas o claves o contraseñas seguras. No basta la promoción de salvaguardar toda data en cajas negras irrompibles. Creo que se hace insuficiente crear la atmósfera social de que habría que habitar todos en un entorno de redes antirrobos. Pienso más bien que la actitud ciudadana más importante es ejercitarse en la virtud de la ética.
Es crucial se fije la mirada entorno al “daimond socrático”, vale decir, interpretar el sentido de la moralidad de los actos humanos. Sin una ética íntegra cualquier caja negra es franqueable. Sin una moralidad personal que conforma la racionalidad del acto en virtud del bien mas no del daño colectivo, cualquier aplicativo será fácilmente violentado. En cambio, si el desplazamiento de la acción muestra transparencia y honestidad sin doblez, entonces cualquier app hasta sin claves podría configurarse. Imaginarse algo parecido: “vivir sin claves” es probable que resulte irracional o hasta irreal. Si así se concluye quizá lo sea porque todavía reina en la ciudadanía el miedo al robo sin que el deseo de la ética sea una acción normal o cotidiana, no una especie en extinción casi imposible de ver en las redes sociales como una costumbre urbana.
Consciencia consciente de la acción
Finalmente, se comprende entonces que más allá de la tecnología es la mismísima persona quien custodia, protege y brinda confianza. Ella es la que aplica o toma el poder absoluto de todos los recursos que se componen como el know-how de la información. A partir de la ética se tendría que enmarcar la tecnología.
Un “ethos” personal no alineado a una serie de reglas limitantes ni que sometan el accionar, sino la aplicación del imperativo categórico. Es el experto versado en dispositivos tecnológicos quien en libertad responde éticamente lo que custodia. Para no reducir la vida profesional en la sanción de los errores técnicos que se traducen como inmorales, no necesariamente basta la técnica para que lo evite, sino que se sepa categóricamente qué no está bien que no se haga.
Es un tema de vocación de la puesta en acción del bien. Es un tema de consciencia consciente (como afirmaba el filósofo alemán Edmund Husserl), que pasa por aprender lo esencial de ser lo que se es como persona, como profesional o funcionario de la ciencia. Ser íntegro es saber actuar haciendo el bien. Es comprender que el código ético que uno se impone categóricamente no es simplemente una normativa impuesta externamente, sino que, en primera instancia, es la comprensión interior del peso del buen actuar consuetudinario. El objetivo es desear ser humanamente virtuoso, mas no solo un ducho tecnológico. Por tanto, urge no se olvide que lo punible de la seguridad es más de acción humana que tecnológica o informática o virtual. Ésa es la esencia de toda vocación y obviamente del mismísimo mundo de la ciencia y la técnica.
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(*) Ingeniero y filósofo.
Bimestres o semestres, tal vez hasta con uniformes, en la misma distancia o reencontrándose con el aula: a estas alturas del año ya todos volvimos a clases. Básica o superior, el impacto de la digitalización en el sistema educativo no se ha detenido. En tiempos donde se cuestiona como nunca antes la idea del futuro, ¿cómo pensar el “qué quiero ser” educativo?
Imagine, digamos, Chiclayo, nuestro pueblo. Imagínelo hace 200 años, decíamos. No hay radio ni televisión. Periódicos, menos. Algunos panfletos y libelos, apenas. Las bibliotecas públicas hubieran sonado a utopía. La Internet ni siquiera hubiera sonado.
“¿De qué habla, vuestra merced?”, habrían dicho los más cultos, ejerciendo el privilegio de la lectura. Solo ellos podían hacerlo. Eran una élite. Ejercían con convicción sus privilegios.
Si la educación, en nuestro pueblo y en todos los pueblos, surgió como una esperanza, fue por su capacidad de igualar algunas condiciones de vida. La modernidad se construyó bajo la idea de que las escuelas públicas enseñaran a las masas a leer y escribir. No solo aprendimos de historia o lenguaje, sino que escribimos la primera y enriquecimos la segunda.
Nos formamos bajo el mito de la educación. Aquel que decía que el esfuerzo en cultivar la mente y el espíritu podía cambiar nuestra trayectoria de vida. Nos educamos bajo la idea de adquirir un conjunto de conocimientos al cual no teníamos cómo acceder. Eran realmente descubrimientos. La palabra “alumno” denominaba a aquellos jóvenes “sin luz” que encontraban un camino. Construimos una identidad alrededor de una disciplina científica y hasta le pusimos un nombre metafórico: le llamábamos carrera.
En letras o ciencias, lográbamos ser. Vea usted la belleza de esta palabra: ser. Un título profesional nos acreditaba y resultaba una herramienta para combatir la desigualdad estructural. Estuvimos dispuestos a todos los sacrificios con tal de mostrar ese camino a quienes nos seguían. Parecía estable. Una carrera para ejercerla toda una vida. Si dicen que, antiguamente, hasta los puestos se heredaban.
Bien sabemos que todo cambia. Tal vez ahora esta premisa es descomunal. Mucho más rápido, con inclemencia incluso, todo sigue cambiando. Tan rápido que no hay imaginación humana capaz de proyectar qué podría venir después.
Dos años y medio de clases virtuales. La mitad de la carrera ha transcurrido digitalmente para toda una generación. Antes de ellos, de hecho, muchos han egresado educados sentimentalmente alrededor de los teléfonos “inteligentes”. Era el conflicto de cada mañana lograr que se alejaran de ellos en clase. Hoy simplemente se subsumieron. Hemos vuelto al espacio físico del salón, pero convivimos aún con algunos estragos de este tiempo: mantener la distancia, utilizar la tecnología para comunicarnos a pesar de estar ahí. Dicen que hay que adaptarnos a esos nuevos entornos.
Y es probable que haya que adaptarnos. Tal vez sea bueno, tal vez hay mucho por aprender ahí. El problema es que permanecen intactos muchos otros paradigmas que tal vez pudieron suprimirse.
Aquel, por ejemplo, que hizo de la universidad un servicio por el cual el consumidor paga de acuerdo a su estatus. Cuando el estudiante se convierte en consumidor prescinde de su componente crítico y creativo para exigir el producto por el cual ha pagado: acceder a un mercado laboral cada día más exigente, cada día más competitivo.
El problema es que en toda competencia hay perdedores. Estadísticamente, mucho más perdedores que ganadores.
Educar para el cambio
La psicopedagoga argentina Mariela Cordero acuñó una frase contundente. Decía que somos profesores del siglo XX educados con modelos del siglo XIX enseñándoles a alumnos del siglo XXI.
María Montessori, importantísima pedagoga italiana, decía lo siguiente: “Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”.
¿Qué hemos aprendido en este tiempo? ¿Cuánto estamos dispuestos a cambiar? ¿Podemos realmente cambiar con la tremenda angustia de la estabilidad laboral? Seguramente hoy compartimos la emoción del retorno físico, del contacto, de volver a recorrer el camino de la utopía pedagógica. Pero al volver, hemos vuelto a comprobar cuánto más podemos, necesitamos, debemos cambiar.
Preparar para el cambio es todo lo que podemos hacer los y las docentes. Inspirar valores que permitan procesar la ingente cantidad de información es mucho mejor que la pretenciosa convicción que seguimos siendo los únicos transmisores de la misma. Fomentar la capacidad de reinventarse es una enseñanza que debemos aplicar a nosotros mismos antes de prepararla como clase.
“¿Qué quieres ser?”, era la pregunta esencial para la orientación vocacional. En tiempos donde la inteligencia artificial asoma como el protagonista de un nuevo orden social, tal vez haya que cambiarla por la humana capacidad de ser.
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(*) Sociólogo y docente universitario.
La campaña electoral con miras al 2 de octubre se ha intensificado en los últimos días, los candidatos realizan caminatas y caravanas llevando sus propuestas a la población para ganar adeptos a su causa. A la par, las empresas encuestadoras no pierden el tiempo y vienen publicando sondeos de opinión que dejan más dudas que certezas, generando incertidumbre en electorado. Una pregunta que cae de madura es saber si ¿Los resultados de estos trabajos estadísticos reflejan el verdadero sentir ciudadano o simplemente se acomodan al mejor postor, al candidato que paga más por aparecer en los primeros lugares? Muchas veces los resultados son tendenciosos y hasta manipulados, buscando inclinar la balanza en favor de alguno de los candidatos.
El próximo 2 de octubre la ciudadanía tiene un nuevo compromiso con su conciencia y su futuro, cuando acudan a las urnas a elegir a sus nuevas autoridades de los gobiernos municipales y regionales, que tomarán posesión en enero de 2023. El festival electoral ha ingresado a una etapa de mayor intensidad, los candidatos realizan caravanas, caminatas, visitan mercados y todo lugar concurrido, con el propósito de ganar adeptos a su causa. A la par con el fragor de la campaña, han comenzado a tener presencia las empresas encuestadoras, que también juegan su partido a parte por los resultados “convenientes y sospechosos” que dan a conocer en cada estudio. Desarrollar una encuesta que mida la intención de voto del electorado, con el rigor profesional del caso, tiene un alto costo y demanda tiempo, pues se tiene que seleccionar el recurso humano para efectuar el trabajo de campo y los expertos estadísticos para la interpretación y análisis de los hallazgos. En toda esta etapa es de suma importancia contar con los recursos económicos necesarios que permitan culminar esa tarea sin sobresaltos. Por lo menos eso es lo que hacen las compañías limeñas que tienen un largo tiempo haciendo sondeos de opinión en el marco de un proceso electoral. Por lo general, estas empresas son contratadas por medios de comunicación importantes, con respaldo económico, que pagan para que realicen las encuestas, que luego serán publicadas en periódicos y en programas dominicales de televisión.
En los últimos 35 años las encuestas se han vuelto casi imprescindibles en los comicios de carácter presidencial, su presencia se ha vuelto fundamental cuando se ha tenido que definir al triunfador en segunda vuelta. Pasó así entre Alan García y Alfonso Barrantes (1985), entre Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa (1990), entre Fujimori y Alejandro Toledo (2000), luego entre Toledo y García (2001), entre García y Ollanta Humala (2006), entre Humala y Keiko Fujimori (2011), entre Pedro Pablo Kuczynski y Fujimori (2016), y la más reciente, la definición encarnizada y violenta entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo (2021). Todas fueron finales de película, excepto la victoria anticipada de García en 1985 ante la renuncia de Barrantes de ir a la segunda vuelta, considerando el amplio porcentaje que le llevaba el exlíder aprista. En todos estos eventos las encuestas han marcado la pauta y el devenir en una elección, al mostrar a veces resultados tendenciosos y hasta manipulados, buscando inclinar la balanza en favor de alguno de los candidatos. Por lo general, los porcentajes que arrojan las encuestadoras en los tradicionales a boca de urna han sido infalibles, con márgenes de error mínimos, de allí que el postulante que era mencionado como posible ganador podía sentirse tranquilo, porque con el paso de las horas y el conteo oficial de los organismos electorales, ese resultado coincidía en más del 98% con el dado por la encuestadora.
Pagos a encuestadoras
Sin embargo, en la década del 90, en plena dictadura, algunas empresas encuestadoras fueron cuestionadas por alterar los resultados de estos sondeos en beneficio de Fujimori, que iba por su tercera reelección. Aunque inicialmente solo eran rumores y especulaciones, luego tras la caída de ese régimen saldría a la luz la verdad. En una audiencia judicial, el asesor Vladimiro Montesinos reveló que el gobierno pagaba mensualmente a las encuestadoras Datum y CPI para que los resultados de sus estudios favorecieran al exdictador. “A Datum le pagábamos 30 mil dólares y a CPI 20 mil dólares por cada encuesta. El presidente veía la encuesta que se iba a publicar y pedía que a uno u otro candidato le resten puntos para que él se vea beneficiado”, dijo suelto de huesos Montesinos a los jueces. Con esta declaración se cayó la careta de estas compañías que con encuestas amañadas pretendían influir en la intención de voto del ciudadano. En muchos casos seguramente tuvieron éxito, avalados por medios de comunicación que les hacían comparsa y permitían que este tipo de anomalías parecieran normales, y que la ciudadanía menos ilustrada e informada sea manipulada con más facilidad. La Fiscalía luego de varios años de investigación, solicitó ocho años de prisión para los representantes de Datum y CPI, Manuel Torrado y Manuel Saavedra, respectivamente. Tras la recuperación de la democracia, estas empresas han continuado con sus tareas estadísticas, pero con una credibilidad y reputación muy afectada por la revelación de Montesinos.
El expresidente Alan García cuando fue candidato a la presidencia en 2016 por Alianza Popular, señaló que el director de la empresa Datum, Manuel Torrado, le pidió 800,000 dólares durante su campaña del 2006 para asegurar su primer lugar en los sondeos de intención de voto. Lo mismo pasó con el prófugo expresidente Alejandro Toledo, quien afirmó en una entrevista que también había recibido la propuesta de una encuestadora nacional que le pidió 150,000 dólares para posicionarlo en los primeros puestos. Es vox pópuli que las encuestadoras nacionales ganan millonarias sumas de dinero por hacer estos trabajos, lo malo es cuando sus directivos caen en el subjetivismo, en la parcialización, y en algunos casos manipulan los datos -por intereses de terceros o de los contrincantes, previo acuerdo soterrado- para hacer aparecer a alguno de los aspirantes en los primeros lugares y así posicionarlo en la mente de los electores. Si bien los resultados de una encuesta no son determinantes en la decisión final del votante, sí pueden influir directamente para que la persona cambie su percepción sobre determinado candidato (se pierde la objetividad y la transparencia). La encuesta es una especie de termómetro que toma la temperatura de la gente en un momento determinado en su intención de voto, finalmente si hay una influencia positiva o negativa se verá el día de la elección.
¿Y cómo lo hacen?
Y qué pasa con las encuestadoras regionales, aquellas empresas que solo aparecen cada cuatro años para las elecciones regionales y municipales. También juegan su propio partido, a su estilo, y si bien no cuentan con el financiamiento económico de las encuestadoras limeñas, se dan maña para que cada semana o quincenalmente den a conocer sus trabajos exploratorios. Lo que llama poderosamente la atención es que estas entidades locales, a diferencia de lo que sucede con las encuestadoras nacionales, no son contratadas por medios de comunicación regionales o locales para hacer estos trabajos, pero se ingenian y ponen en marcha su “maquinaria” para cumplir con acuerdos supuestamente pactados con candidatos que participan en la contienda, a quienes buscan ubicarlos en lugares expectantes para que el elector los vaya interiorizando en su mente. Es un secreto a voces que estas empresas piden jugosas sumas de dinero a los aspirantes para ubicarlos en los primeros lugares de los sondeos. Esto puede ser verosímil si consideramos que para realizar el trabajo de campo se necesitan recursos económicos y logística que lo respalden, a no ser que el propietario asuma el costo integral del mismo; lo que también es poco probable. Si no cómo se explica que en una semana un postulante aparezca en primer lugar, y luego en el próximo sondeo ya no figura ni su sombre y quien estaba como último ahora es ubicado primero. Si bien las opiniones pueden cambiar de un sondeo a otro por circunstancias de la campaña, pero los resultados tampoco pueden ser tan abismales. Hay una evidente manipulación.
Con todos estos antecedentes vale preguntarnos: ¿Las encuestas son decisivas y concluyentes en una elección?, ¿Cuánta validez debemos darle a un trabajo de este tipo en una coyuntura electoral donde están en juego muchos intereses?, ¿Sus resultados reflejan el verdadero sentir ciudadano o simplemente éstos se acomodan al mejor postor? Es evidente que actualmente existe mucha incertidumbre y desconfianza alrededor de las encuestas, porque éstas muchas veces distorsionan la realidad y se acomodan al gusto del cliente de turno, conllevando a que el ciudadano sea el gran perjudicado, porque ello podría acarrear a que elija mal a sus autoridades. En provincias y regiones las encuestadoras no inspiran confianza, por el contrario siembran dudas, generan escepticismo y dejan muchas sospechas. Ante este panorama es fundamental que los electores se informen debidamente sobre los planes de gobierno, las propuestas de los candidatos, conocer si tienen antecedentes penales e investigaciones pendientes por corrupción, y sobre sus cualidades personales. No se dejen engañar por la perorata barata de aquellos que buscan llegar a una alcaldía o el gobierno regional. Tampoco se dejen llevar por lo que digan las encuestas, porque además de no dar confianza, perturban el ambiente electoral.
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(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.
Se avecina un nuevo proceso electoral para elegir a 25 gobernadores y vicegobernadores regionales, 342 consejeros, 196 alcaldes provinciales y mil 714 regidores del mismo ámbito, así como mil 694 alcaldes y nueve mil 36 munícipes distritales. Miles postulan a ser autoridades a nivel nacional integrando partidos políticos y movimientos regionales, formalizados ante los Jurados Especiales Electorales de cada región del país, salvo que antes de los comicios, alguno de ellos sea separado de la contienda electoral.
¿Qué tenemos en Lambayeque?
En la región Lambayeque debemos elegir a un gobernador y su respectivo vicegobernador, 10 consejeros, igualmente tres alcaldes provinciales y 39 regidores, así mismo, el proceso eleccionario nos permitirá elegir a 35 alcaldes distritales y 203 regidores, quienes postulan a dichos cargos públicos integrando listas partidarias u organizaciones regionales en su mayoría debidamente acreditados ante el Jurado Especial de Chiclayo, para participar en los comicios electorales del 2 de octubre del año en curso, donde se elegirá a las autoridades que tendrán a cargo el manejo de la estructura gubernamental subnacional a partir del uno de enero de 2023.
La contienda electoral para la gobernación
Para la gobernación regional, postulan una serie de candidatos, en su mayoría respaldados por partidos políticos reconocidos, como son: Alianza para el Progreso, Fuerza Popular, Juntos por el Perú, Somos Perú entre otros y algunas organizaciones regionales, quienes han iniciado sus campañas proselitistas, muchos de ellos, con demasiado esmero y prospectiva oferta electoral (como siempre suele suceder), prometiendo beneficios inconsistentes que mayormente no son cumplidos por las autoridades elegidas al final de su mandato, los cuales pasan a engrosar gestiones ineficientes y deshonrosas labores gubernamentales del pasado, mayormente invadidas por actos corruptos, cuyos actores terminan casi siempre procesados y privados de su libertad por la comisión de un conjunto de delitos cometidos en contra de sus adeptos y la población en general.
Los comicios en el ámbito provincial y distrital
Tan igual que la campaña hasta hoy medianamente exacerbada para la gobernación regional, los candidatos que pretenden ocupar los sillones municipales de la tres provincias y los 35 distritos de la región, en los últimos días han comenzado a transitar en caravanas multicolores por los sectores populosos de cada una de sus jurisdicciones, propalando arengas altisonantes y esgrimiendo ofrecimientos irónicos que, de ser elegidos, todo cambiara en el ámbito de su autoridad, revelando como una condición imperativa que su gestión municipal será honesta, moral y fundamentalmente apartada de hechos de corrupción, lo cual siendo desde ya una utopía, no deja de ser una farsa evidente plagada de hipocresía y engaño premeditado para lograr su elección, cuando todo lo dicho y lo ofrecido, desde el día uno de su gobierno, mutará de la decencia ofrecida, al hecho real y efectivo de la indecencia para robarse los dineros estatales con suprema alevosía y real efectismo - como suele suceder - cada vez que elegimos a la autoridad que dice ser honesta, cuando no lo es.
Decidamos por la buena gestión y en contra de la corrupción
La debilidad intrinsica de la moralidad en la gestión pública, no es nada más que una verdad absoluta, sin duda, desleal y dañina para la población.
En este contexto, los inmorales y los ladrones disfrazados de autoridades, no deben tener espacio y oportunidad para seguir degradando la calidad de vida de las personas, ni jugar con sus ilusiones, “por ellos indefectiblemente no hay que votar”, por cuanto, al margen de ser tóxicos, son humanos indeseables sin valores y principios de honestidad y moralidad.
Por tales razones, hoy más que nunca, debemos votar concienzudamente para elegir a la autoridad que geste y proponga activas soluciones sin mediar condición alguna para su efectivización, mejor aún si conoce lo que hay que hacer, porque ya lo hizo de la manera correcta o por lo menos, no se encuentra sometido a la persecución de la justicia por hechos inmorales cometidos lindantes con lo delictivo, producto de acciones corruptas y una ineficaz e ineficiente gestión. Aún hay tiempo para pensar y reflexionar.
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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.