En el mundo de los negocios se están presentando actualmente dos situaciones extremas. La primera, es la competencia que existe a nivel global. Lo que origina prepararse al máximo y no descuidarse de nada, pues automáticamente pierdes participación en el mercado, quedando rezagado en las preferencias de compra.
Lo segundo, es la alta exigencia que tienen los clientes con los productos, servicios y la atención recibida. Seguramente están influenciados por la globalización, el entorno cambiante en el que vivimos, la pandemia y, por supuesto, las redes sociales, lo que conlleva a que cada vez sea más difícil fidelizarlos. Personalmente considero que ya es casi imposible lograrlo, pues por diferentes motivos, terminan comprando en la competencia directa e indirecta.
Competir
Las empresas deben lograr competir en el día a día y no perder compradores, que implica una disminución de ingresos y no alcanzar los resultados esperados. Por ello, muchos directivos están contratando a una persona capacitada que ocupe un cargo gerencial denominado Controller, para lidiar con estos inconvenientes y pueda sacarlos adelante.
El puesto de controller lo ocupa un profesional altamente capacitado en las áreas de planeamiento, finanzas, contabilidad, costos, marketing, recursos humanos, operaciones y logística; es decir, conoce todos los aspectos de la gestión empresarial. Una de sus principales funciones, es vincular al personal de los distintos niveles jerárquicos. Por ejemplo, los directivos deben trabajar de la mano con los operarios para alcanzar los objetivos institucionales.
Otra de sus funciones es lograr el crecimiento de la organización, lo cual no es fácil, pues involucra articular con todos los departamentos. Para ello, necesita tener un plan de acción aterrizado, según la capacidad operativa y renovarlo permanentemente a la realidad, considerando las actividades a desempeñar, responsables, fechas de ejecución, y un presupuesto asignado.
Plan estratégico
Por lo tanto, es el encargado de elaborar el plan estratégico y actualizarlo cada año, teniendo en cuenta los aportes de los colaboradores, las políticas, visión, misión y valores. El documento debe contener los objetivos utilizando la técnica de gestión SMART, es decir, tendrán que ser específicos, medibles, alcanzables, relevantes y contemplados en una línea de tiempo. Asimismo, indica qué estrategias aplicarán para lograr cada objetivo.
Otra tarea importante que debe cumplir, es tener la información actualizada para tomar las mejores decisiones. En este sentido, hay que invertir en buenos sistemas contables y de gestión, que le muestren los resultados del día y resúmenes mediante ratios financieros. Así sabrá si dispone de efectivo, cuándo debe exigir el cobro a los clientes con líneas de crédito, la fecha de pago a los proveedores, el endeudamiento que posee, la rotación de existencias, el tiempo de producción, el porcentaje de mermas, el valor de los activos, si hubo o no crecimiento del patrimonio, el nivel de las ventas, entre otros indicadores.
Amigos emprendedores, los invito a realizar un análisis integral de su organización, y determinar si es adecuado la contratación de un controller que les ayude a lograr los objetivos planteados.
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(*) MBA, consultor, mentor y catedrático, especialista en Gestión Empresarial e Innovación
Desde el inicio de funciones del Congreso de la República, las bancadas de oposición siempre tuvieron en la mira al presidente Pedro Castillo, por su incapacidad para gobernar el país y por sus decisiones erráticas y vergonzosas que lo han llevado contra las cuerdas. Hasta en dos oportunidades se ha promovido su vacancia; pero esta pretensión no tuvo el éxito esperado por claros divisionismos y ambiciones. Con una oposición débil y mezquina, Castillo se siente muy cómodo, pese a todas las tropelías y desaciertos que viene cometiendo en su gobierno. Los partidos siguen sumidos en una crisis moral e institucional de la cual no pueden salir hace mucho tiempo.
Del gobierno del presidente Pedro Castillo se ha dicho de todo. Desde su incapacidad e incompetencia para conducir los destinos de nuestra compleja nación, hasta su presunta vinculación con una organización criminal que él mismo lideraría, según acusa el Ministerio Público. Castillo es, a no dudarlo, el peor mandatario de nuestra historia reciente, porque en once meses de gestión no ha mostrado un ápice de estadista para enfrentar circunstancias difíciles. No hay nada bueno que rescatar en este corto periodo en beneficio del país, sobre todo para aquellas poblaciones del interior que creyeron ciegamente en su palabra -muy devaluada por los graves errores en que ha incurrido- y en sus promesas populistas, las cuales se han ido desvaneciendo producto de su vergonzosa ineptitud para llevar por el camino correcto a nuestra nación, marcada por una fuerte incertidumbre política y económica, y con un panorama poco promisor de cara al futuro. El gobierno hace agua por todos lados, como decía Manuel Gonzáles Prada: “donde se pone el dedo, salta la pus”. Castillo es el responsable directo de toda esta hecatombe, de esta desilusión generalizada, por los clamorosos desaciertos y torpezas que ha tenido desde el comienzo de su régimen, mostrándose como una persona errática y falto de criterio para tomar decisiones firmes en temas fundamentales de su administración. Castillo ha sido abrumado por los distintos problemas que ha encontrado a su paso, y no ha tenido la inteligencia ni la sabiduría para encararlos.
Cuando Castillo asumió el Gobierno sabía que el derrotero sería bastante difícil y requeriría de mucha personalidad y carácter, para enfrentar con resolución las secuelas producto de la crisis política desatada luego de la segunda vuelta electoral del 6 de junio de 2021. Pero nada de ello ha ocurrido hasta el momento, y más bien persiste la sensación de que hay un aparente desgobierno, con un dignatario que aún no encuentra la brújula para conducir esta nave de 33 millones de habitantes por la senda del progreso y el desarrollo. Se evidencia la ausencia de un liderazgo fuerte y sostenido para tomar el control y evitar que esta nave termine por descarrilarse. Hay un problema estructural de corrupción en diversas instancias del Estado que golpea la moral pública. Esta situación se torna muy lamentable y preocupante, porque no hay la voluntad política para luchar contra este flagelo que viene causando estragos en el mismo Ejecutivo, y donde el propio presidente es investigado por la Fiscalía por supuestamente dirigir una organización criminal para enriquecerse con los recursos del Estado. Desde el inicio de su gestión Castillo ha transitado por un hilo muy delgado, el Congreso ha impulsado dos veces su vacancia; pero por divisionismos y ambiciones ello no se ha consumado. Incluso las bancadas opositoras le han pedido su renuncia por no estar capacitado para gobernar; pero él ni se ha inmutado, porque sabe que hay una oposición poco fortalecida, cuyos líderes piensan más en sus intereses particulares y políticos que en los del país.
Partidos débiles
Hasta aquí vamos hablar de la mediocridad y la ignorancia supina del presidente Castillo. ¿Pero qué tenemos del otro lado?, una clase política en crisis, seriamente desprestigiada, con liderazgos muy cuestionados en el campo ético y moral, y con caudillos que no transmiten confianza ni seguridad a la población, justamente por el descrédito que tienen ante la opinión pública por sus vínculos con graves hechos de corrupción. Ningún líder político se salva de este señalamiento, y la mejor evidencia de que la telaraña de esta putrefacción terminó por envolverlos es que los últimos cinco presidentes de la República, y la lideresa del principal partido de oposición, han estado estrechamente relacionados con el escándalo que desató el caso Odebrecht. Esa oposición débil y con poco poder de convocatoria, que actúa casi siempre por conveniencias políticas y económicas, es la que ha buscado todo este tiempo -sin el éxito que esperaban- traerse abajo al gobierno de Perú Libre. Las mociones de vacancia promovidas desde el Congreso se cayeron como un castillo de naipes, por intereses subalternos y por ambiciones políticas de las distintas bancadas que no lograron reunir los 87 votos que necesitaban para cantar victoria. Por ello, Castillo se siente muy tranquilo, como un pez en el agua, porque sabe que con esta oposición endeble y casi desfalleciente él seguirá gobernando, aunque sea a sobresaltos. Solo si se confirma la tesis de la Fiscalía de que el presidente lideraría una mafia criminal para hacer negociados con las licitaciones, podría conllevar al final que tanto anhela la oposición y que hasta hoy no ha podido conseguirlo por sus propios méritos.
¿Pero quiénes lideran las marchas de la oposición que exige la renuncia de Castillo? Son las mismas caras que hemos visto en los últimos treinta años, son viejos conocidos de los llamados partidos tradicionales, a los que se han sumado rostros nuevos, pero que no tienen esa empatía ni ese feeling para congregar a toda una masa humana que se una a su causa. ¿Ustedes creen que los apristas Jorge del Castillo, Nidia Vílchez o Mauricio Mulder tienen la fuerza convocante para llenar plazas? Por supuesto que no. Ellos dejaron sus cuarteles de invierno luego que la candidata perdedora de las elecciones 2021, Keiko Fujimori, tejió su plan del fraude para justificar su tercera derrota consecutiva; en ese momento estos exdirigentes apristas comenzaron a tener presencia mediática alegando que la democracia estaba en peligro. Nada más falso. Otra política que también estaba en su confinamiento fue Lourdes Flores Nano, la eterna perdedora de procesos electorales, quien desde su expertiz de abogada se sumó a la tesis del fraude y por más argumentos que ofreció para validar ese cuento inventado por Fujimori, nunca demostró nada. ¿Ustedes creen que la excandidata presidencial del PPC -que prácticamente era un cadáver político- hoy tiene el liderazgo para convencer a todo un pueblo de que Castillo está en palacio gracias a un fraude electoral? Rotundamente, no.
Liderazgos magullados
Otra de las caras visibles de esta frágil oposición es el líder de Renovación Popular, Rafael López Aliaga, quien con sus declaraciones contradictorias y sus posiciones extremistas le han restado piso para convertirse en el adalid de la oposición, ante una Fujimori que tras la derrota buscó refugio en su reducto familiar. Con esa oposición dividida, Pedro Castillo se siente muy cómodo, pese a todas las tropelías y desaciertos que viene cometiendo en su gobierno. Según diferentes estudios de opinión, los “líderes políticos” tienen una imagen altamente negativa frente a la ciudadanía. Por ejemplo, César Acuña, Keiko Fujimori y López Aliaga tienen una imagen negativa que bordea el 70%. Estas percepciones negativas también arrastran a otros como Forsyth, Urresti, Verónika Mendoza, Hernando de Soto y Yonhy Lescano, cuya desaprobación supera el 50%. Este rechazo hacia los principales representantes de la clase política nacional no hace más que evidenciar que los partidos siguen sumidos en una crisis que arrastran hace mucho tiempo, que actúan de espaldas a la realidad nacional y no son capaces de sensibilizarse con justas demandas postergadas por años, como mejorar el precario sistema de salud pública o tener acceso a una educación de calidad. Lamentablemente esta es la clase política que hoy nos gobierna desde el Ejecutivo y el Legislativo, y que con el pretexto de representar al pueblo aprueban leyes intrascendentes, con nombre propio, para favorecer a grupos de poder.
También es indiscutible que hay un sector del Congreso que no soporta la presencia del profesor en Palacio de Gobierno (hubieran preferido a Keiko para seguir usufructuando del establishment), la cual es liderada por la déspota y prepotente presidenta del Parlamento, María del Carmen Alva, quien no es ninguna garantía de tolerancia, ecuanimidad y ponderación para ceñirse la banda presidencial si Castillo es vacado (aunque ambiciones no le faltan). Por una cuestión de decoro, y en aras de la honestidad y la transparencia, Alva y Castillo deben dar un paso al costado y convocar a nuevas elecciones, porque el pueblo está hastiado de esta clase de políticos que solo piensa en cómo seguir usufructuando del poder y de las gollerías que les da el representar a estos poderes del Estado. Esta decadente clase política sigue activa y vigente porque la propia ciudadanía se lo permite en cada proceso electoral, al elegir a tanto impresentable que sin tener los pergaminos ni la honestidad debida, acceden a un escaño solo por el hecho de llevar el logo de un partido.
Sin proponérselo, Nano Guerra García, congresista y vocero de la bancada de Fuerza Popular, podría haber escrito el obituario perfecto para la clase política que representa: “Lamentablemente, he tenido que trabajar”. Hasta el momento no sabemos si aquello fue una flagrante confesión, un acto reflejo del inconsciente o simplemente el legado de un decidido candelejón.
Arropado por la brisa y el calor, a juzgar por la imagen tal vez desde la playa Conchán, Nano se prepara para formar parte de la Comisión de Producción, Micro y Pequeña Empresa y Cooperativas. El sombrero que lleva no es chotano, qué va a ser, pero logra resguardar su palidez de un sol inclemente. Inimaginable con este frío de locos. Al momento de ser descubierto usa lentes oscuros, no sabemos si para protegerse de los rayos UV o solo del brillo de la pantalla. Un propicio equipo con audífonos y micrófono incorporado revela que este será un día más de lo que algunos llaman “home office”.
“La imagen dice otra cosa, yo lo lamento, pero esta es mi versión”, dice ahora, revolcado tal vez por las olas de la vergüenza pública.
Pero la imagen no miente. Nano es el mismo “experto” que, para justificar su supina ignorancia sobre el sueldo mínimo en el Perú, afirmó que “930 es un montón de dinero para mucha gente”. Es el mismo que, muy orondo, hablaba de “incapacidad moral” para justificar la vacancia presidencial y que vociferaba que el Perú “necesitaba chamba de lunes a domingo, no horarios de burocracia”.
Sin mayor oficio que contemplar el paisaje playero, Nano hizo clic para dar su voto de aprobación al blindaje político que el Congreso otorgó a Manuel Merino de Lama, presidente de facto, investigado por los heridos y muertos durante las protestas de noviembre de 2020.
Resulta que Nano no había pedido licencia, él mismo ha declarado que ahora tendrá que pedirla a sus colegas congresistas. Tal vez el infame Merino no será el único en gozar de impunidad.
Un desprestigio irreversible
El cinismo de Nano es el mismo del partido que ahora representa. Una desfachatez que ha llegado a tal extremo que es capaz de negar lo que todos estamos viendo. ¿Alguien recuerda la reacción de Martha Chávez cuando aparecieron los vladivideos? Recordemos sus declaraciones: “Se debe someter el video a una pericia para verificar su autenticidad, porque hay que considerar todos los adelantos que se ven en las filmaciones, donde pueden aparecer actores dándoles la mano a presidentes fallecidos. De comprobarse su autenticidad, el presidente Fujimori sabrá qué responder”.
Ya lo han hecho antes, y ahora parecen haberlo extendido a toda la clase política. “Yo no me he ido de vacaciones, yo he buscado salir”, se excusa Nano. El nivel de su argumentación es tan contundente como “El puente no se cayó, se desplomó”, “La tesis no es plagio, es copia”. Los ejemplos abundan y se caracterizan por ser uno más infame que el anterior.
“Usted puede no creerme, pero yo he estado desde las 8 de la mañana hasta las 12:40”, se empecina Nano. Hay que reconocer su sinceridad: acaba de descubrir el horario laboral (y eso que se salió antes de la hora de almuerzo). Afirma que no es la primera vez que lo hace. La lenidad de sus entrevistadores es oportuna, casi solidaria. “Me han puesto trabajo en los momentos que quería descansar”, arguye, con incomprensible temor a un jurado periodístico que pareciera no recriminarle el hecho, sino solo haberse dejado descubrir.
El rol de la prensa
Porque si no hubiera sido Nano, ¿habría sido igual la reacción? Legítimo cuestionamiento a un periodismo que, solo esta semana, fue capaz de poner en titulares que Lima amanecería sin alimentos. Que ni un solo camión ingresaría. Mientras hace sus compras con normalidad, la gente comenta que ya no les cree. Que el domingo vieron en la tele un reportaje que decía “Castillo y Sagasti: reunión secreta”, pero que luego mostraba cómo la conversación contaba con sello oficial de entrada y salida.
La gente cada vez les cree menos. Los jóvenes se preguntan cómo es posible que se ningún medio haya hablado de la multitudinaria Marcha del Orgullo, una manifestación que por todos los rincones del Perú proclama el derecho a la igualdad, a la tolerancia con todas las diversidades existentes. Y sin embargo, cada vez que se junta el mismo grupo violento y profascista para sabotear libros o simplemente pararse en alguna plaza, hasta transmisión en vivo le hacen.
La gente sería capaz hasta de reconocer la dignidad de disculparse. La nobleza de reconocer el error y buscar compensarlo. Pero qué va. Nano Guerra García, mirando el crepúsculo, apenas lamenta que “se haya prendido la cámara en ese momento”. No hay remordimiento. Es como si lo único que aprenderá de todo esto es a usar la cámara del Zoom para la próxima temporada playera.
Mientras algunos veranean en horario de trabajo, con plata que es de todos, la ola de la indignación popular crece cada día más.
(*) Sociólogo y docente universitario.
Reafirmado. El último sondeo realizado por el Instituto de Estudios Peruanos - IEP, publicado en un medio de circulación nacional, confirma la percepción ciudadana en relación a los actos de corrupción generalizada que se consuman en la parte norte del país, que, como bien sabemos, se suscitan con más arraigo en los gobiernos subnacionales, como son las gobernaciones regionales, los municipios provinciales y distritales, quienes en contubernio con empresas privadas, cometen estos actos delictivos execrables considerados como tales por su condición misma y su total desprecio de la ética, la moral y la dignidad humana.
Los resultados en los municipios
La encuesta realizada del 20 al 23 de junio del 2022, ha involucrado a mil 200 entrevistados en zonas rurales y urbanas y los diferentes niveles socio económicos a nivel nacional. Bajo estas condiciones es que el IEP ha podido disgregar los índices de corrupción en las macro regiones del país, tal es así que las preguntas realizadas en forma aleatoria y asistida en el norte del país, han arrojado resultados premunidos de una precariedad moral, que en cierta forma nos colocan en el socavón de la deshonestidad, en tanto y en cuanto el sondeo arroja que en los municipios provinciales y distritales el 85 % de los ciudadanos encuestados cree y está convencido que existe corrupción, mientras el 14 % considera que este mal endémico sí se da, es poco, o como también no.
La corrupción en los gobiernos regionales
La encuesta realizada bajo los parámetros ya prescritos, pone en evidencia la percepción ciudadana relacionada al flagelo de la corrupción en el ámbito de las gobernaciones regionales de la parte norte de la nación, donde el 86 % de la ciudadanía dice que en estas entidades estatales hay mucha corrupción, mientras que el 13 % de los encuestados creé que hay poco o nada, por decirlo así, lo que en buena cuenta, el sondeo de opinión realizado, cuyos resultados son la muestra de que el aparato estatal está totalmente contaminado por este mal endémico e histórico, crece y se sostiene bajo la impunidad de sus actores y el tibio accionar de los entes que lo persiguen y buscan desterrar.
La percepción sobre el agente corruptor
La corrupción que estando ya en niveles superiores - hoy más empoderada por la post pandemia -, como bien sabemos tiene a un operador preponderante para consumar las tropelías corruptas: se trata de las empresas privadas que se adentran en el aparato estatal y logran el propósito de contaminar a la autoridad de turno y a los funcionarios de su confianza para saquear los dineros del erario nacional, por lo tanto, el sondeo de opinión lo involucra en el nivel de su accionar, tal es así que a la pregunta realizada respecto a su participación en el hecho furtivo de la comisión del acto corrupto en la zona norte del país, el 80 % de los encuestados responde que estas juegan un rol preponderante para consumar el hecho delictivo, mientras el 17 % se manifiesta que es poco o nada la participación de este agente corruptor.
En los niveles socio económicos
El sondeo de opinión, nos muestra en forma global la manifestación expresa de los encuestados a nivel nacional, mediante el cual nos dice que en los niveles socioeconómicos A/B el 94 % percibe la existencia de actos de corrupción en los municipios del ámbito nacional y el 7 % refiere que poco o nada existe. En el nivel C el 88 % de la población encuestada cree que sí hay corrupción en las municipalidades, mientras que en el los niveles D/E el 82 % de los encuestados asume que este mal pernicioso sí existe en los aparatos ediles.
A nivel de los gobiernos regionales, el 94 % de la población de la clase socioeconómica A/B manifiesta que en estos sí hay corrupción, como así también en el nivel C el 94 % percibe que sí hay corrupción. En los niveles más bajos, socioeconómicos D/E, el 81 % de los pobladores preguntados asegura que sí hay corrupción.
Es decir, la población en todos sus niveles percibe y creé que la corrupción en los gobiernos locales tiene una preponderancia elevada proclive a seguir en un ascenso incontenible, sin que nada ni nadie los pueda contener.
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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.