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Lambayeque, en el tercer lugar de la vergüenza

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1225

Lo dicho por el contralor Nelson Shack, durante su estadía en Chiclayo, es esa bofetada de realidad que de cuando en cuando nos cae en el rostro a los lambayecanos: vivimos en la tercera región más corrupta del país.

Si se tratase de una competencia, hace rato nos hubiéramos llevado, con una larga lista de (de)méritos, la presea de bronce.

Los hechos que la Contraloría General de la República ha detectado en los últimos años en las dependencias estatales que funcionan en el departamento, los casos que investiga el Ministerio Público ya sea a través de las Fiscalía Especializada en Corrupción de Funcionarios o la de Crimen Organizado, y los procesos que sigue el Poder Judicial, resultan los insumos que le han dado a Lambayeque tan deshonrosa ubicación en la escala de la corrupción nacional.

Pero, ¿qué nos ha hecho llegar a ese nivel? Según Shack, en los últimos años el departamento ha perdido más de 677 millones de soles, la mayoría destinados a obras públicas, por la práctica corrupta de muchos pillos que vieron en las arcas estatales su medio sencillo para mejorar su estatus económico.

Alfonso Quiroz, en ‘Historia de la corrupción en el Perú”, nos dice con crudo realismo que “La corrupción constituye, en realidad, un fenómeno amplio y variado, que comprende actividades públicas y privadas”.

“No se trata tan solo del tosco saqueo de los fondos públicos por parte de unos funcionarios corruptos como usualmente se asume. La corruptela comprende el ofrecimiento y la recepción de sobornos, la mal versación y la mala asignación de fondos y gastos públicos, la interesada aplicación errado de programas y políticas, los escándalos financieros y políticos, el fraude electoral y otras trasgresiones administrativas (como el financiamiento ilegal de partidos políticos en busca de extraer favores indebidos) que despiertan una percepción reactiva en el público”, señala.

Y es que es eso lo que en hemos vivido a diario en Lambayeque, y como muestra tenemos los millonarios recursos asignados a obras para resolver la brecha de servicios básicos en las zonas urbanas y rurales, que han sido negociados y entregados a dedo a malas empresas, cuyo accionar delictivo ha terminado postergando la satisfacción de las necesidades de los más pobres.

Ahí tenemos a los gobernadores, alcaldes, regidores y funcionarios de confianza que no duraron en echar mano del dinero público para beneficiarse, coludiéndose, orquestando amarres, traficando contrataciones o sobrevalorando presupuestos.

Ahí están los que hoy en mandato preventivo o con escuetas sentencias guardan sus vergüenzas públicas en los penales y los que hacen mil y un esfuerzos por librarse de la acción de la ley en los procesos que se les ha iniciado.

La realidad no solo es preocupante, es sobre todo triste, porque con esos dineros que unos pocos se han guardado o se guardan se ha perjudicado a miles de familias, no existiendo sanción y condena que permita reparar el enorme daño causado, principalmente a ese valor llamado institucionalidad, en el que siempre hemos estado bajos como región.

“El Perú es un caso clásico de un país profundamente afectado por una corrupción administrativa, política y sistemática, tanto en su pasado lejano como en el más reciente. No obstante, sus efectos recurrentes y cíclicos, es sorprendente lo poco que sabemos acerca de las causas específicas de la corrupción y sus costos económicos e institucionales en el largo plazo”, nos refiere Quiroz.

En un año, exactamente, los lambayecanos iremos otra vez a las urnas para elegir a las nuevas autoridades regionales y municipales, y nuevamente nos enfrentaremos al pesado dilema de entre quiénes elegir y por qué hacerlo.

Ojalá que, de cara al nuevo proceso, los partidos políticos y movimientos regionales tengan capacidad suficiente de sopesar el impacto negativo que genera ese vergonzoso tercer lugar como región corrupta, y se ocupen en buscar a los cuadros más idóneos, mejor preparados y de probada conducta ética y honesta para ponerlos como sus representantes.

Desde luego, corresponde a los ciudadanos de a pie informarse bien, con verdadera responsabilidad cívica y no dejarse tentar por el regalo, por la sonrisa, por la canción campañera más pegajosa o el discurso más florido, para elegir con inteligencia y real amor por esta nuestra tierra. Recordemos, hermanos, que por cada sol que la corrupción se lleva, se posterga cada vez más el ansiado desarrollo. ¡Es momento de reaccionar!

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