Que en cuanto llega se va, define Leo Dan, felizmente vigente. José José no dudó en diferenciarlo del querer. Que uno era sufrir y el otro, gozar. En tiempos no tan recientes, Tito El Bambino decía que es una magia, una simple fantasía. Y así iba creciendo y creciendo, como nubes en el cielo. Y así es el amor.
El inicio de esta semana coincidió con un nuevo Día de San Valentín. Si sigue siendo una celebración o ya solo resulta una efeméride, si las flores son reales o artificiales, si debe priorizarse a uno mismo o al otro: ¿qué podemos decir de la experiencia del amor? A poco de cumplirse dos años de pandemia mundial, ¿qué pudo haber cambiado en nuestras subjetividades afectivas? La incertidumbre ante lo que pueda ocurrir desencadenó una sensación añeja, pero que de pronto se reveló como una epifanía: la angustia existencial. El verbo amar, sin embargo, sigue conjugándose en tiempo futuro.
La herencia freudiana
A pesar de ser más certeros, los cantantes no han sido los únicos en buscarle explicaciones al amor. La socióloga franco-israelí Eva Illouz sostiene el predominio de una “cultura freudiana”. Es probable que el fuerte influjo del denominado “padre del psicoanálisis” haya terminado por naturalizar los tormentos del amor, interpretándolos como experiencias inevitables e incluso autoinfligidas.
Nuestra educación amorosa se ha construido sobre muchos de estos estereotipos. Socializamos con ellos, los medios de comunicación los convierten en agenda y las redes sociales no han dejado de reproducirlos. La cultura freudiana, señala Illouz, atribuye las razones del sufrimiento amoroso a una estructura familiar previa, la relación con nuestros padres. Este vínculo, a la larga, terminaría justificando muchos de nuestros fracasos, focalizando la responsabilidad en el individuo. La descontrolada oferta de terapias de pareja, la vigencia de pseudociencias como la astrología o las novedosas constelaciones astrales, hablan de la consolidación de dicha tendencia.
Desde una mirada interdisciplinaria, y con sólida evidencia, podemos sostener que ninguno de los sufrimientos del amor está predeterminado por la historia psíquica de los sujetos. Es probable que al recriminarnos a nosotros mismos por un fracaso amoroso se naturalicen las estructuras socioeconómicas que perpetúan la desigualdad. Sobre ellas han transcurrido y transcurren todas nuestras historias de amor. No es lo que vivimos de niños o lo que hicieron nuestros padres, sino la precariedad del entorno institucional que legitima la violencia, la intolerancia y el odio en todas sus formas.
Acción antes que celebración
No existe consenso sobre quién fue realmente el tal san Valentín. Muchas referencias hablan de su origen romano; infaltable es la leyenda que lo asocia con España; y hay hasta quien encontró su antecesor africano. Si existiera una versión chiclayana de su historia, nuestro querido grupo de oro la narraría a ritmo de cumbia, con eso que dice que ‘a la Valentina, a la Valentina le coge el día por enamorada’.
De donde sea que haya venido este santo, hoy estaría dispuesto a dejar los hábitos. Y no nos referimos precisamente al atuendo. Hablamos de los hábitos del amor romántico como lo conocemos. Esos que fosilizaron en nosotros mandatos que nunca cuestionamos a pesar de conocer su trasfondo machista. Esos que una ciudad como la nuestra, conservadora como es, preserva con recelo.
No es obra de san Valentín, pero está ocurriendo que los mitos del amor romántico se cuestionan en todo el mundo. Que nuevas voces, nuevas sensibilidades, nos plantean posibilidades para el amor que, más que entender, solo corresponde mirar con la fascinación y el respeto de los buenos amores.
El escritor japonés Yukio Mishima dijo, al respecto: “También hay una cosa llamada el corazón humano, y nadie sabe qué lo hace latir”.
(*) Sociólogo y docente universitario.
Sobre los carnavales de Chiclayo, el recordado profesional el insigne chiclayano Miguel García Puémape solía recordar que “Era tradicional la elección de ´reinas de las carnestolendas´ como soberanas por los días del calendario (sábado, domingo, lunes y martes) que cumplían actividades sociales programadas por el Concejo Provincial, con acento festivo. Su mandato se expresaba en el Corso Carnavalesco estructurado para disfrute visual de la población, con la participación de pintorescos y simpáticos carros alegóricos participantes de un desfile muy animado cumplido en el circuito Calle Real - Calle San José - Palacio Municipal - Calle San José -Calle Real. Las reinas, sus cortes y lacayos derrochaban simpatía y jugaban carnaval con el público, uno de ellos el lanzamiento de serpentinas de colores. Creo recordar que el Desfile Carnavalesco se efectuaba los martes, porque el día siguiente era el Miércoles de Ceniza”.
El periódico “La Provincia”, fechado en Chiclayo el 2 de marzo de 1895, muestra en la página 4 una noticia curiosa dando cuenta que “a pesar de haberse prohibido por bando el juego de carnaval por las calles y a caballo... se han dejado ver... algunos jugadores en las calles y en los techos arrojando agua a los transeúntes” , luego, comenta un incidente: “El señor prefecto recorrió la población y se nos dice que al pasar por una calle recibió buena cantidad de agua” ... ¡Vaya chapuzón!
Respuesta contundente
El periódico "Germinal", de la ciudad de Lambayeque del 16 de febrero de 1927, registra una anécdota que bien podría tomarse como un grandioso acto de rebeldía feminista. En Chiclayo, la señorita Violeta Rospigliosi fue nombrada por las instituciones de nuestra ciudad como Violeta I, Reina de los Carnavales de Chiclayo 1927. Ella, con singular aplomo, rechaza tal elección y responde: "La designación de una señorita para el reinado de las fiestas carnavalescas es un derecho exclusivo de las mujeres nacidas en las ciudades donde se lleva a cabo ese esfuerzo de cultura social y comunal, la elegida debe ser chiclayana donde sobran las mujeres cultas y bellas". En una sociedad machista como la nuestra se imaginarán las reacciones; aquí una de ellas, de carácter machista, referida por el autor de la noticia: "... por la resolución adoptada por la señorita Rospigliosi (nos veremos) privados de admirar en los días de dios momo la negra más linda que á parío madre".
En 1934, el periódico “Ahora”, de Chiclayo, del 7 de febrero de 1934, anuncia la realización de un baile por carnaval en el Hotel Mercedes de Chiclayo. Además, refieren la gran fiesta de carnavales a llevarse a cabo en el Teatro Olimpo y se anuncia a la orquesta Jazz Band Álvarez en dos bailes los días 10 y 11 de febrero, en los cuales se expendieron platos criollos como tamales, seviche (sic) y arroz con pato "para recibir la madrugada". El mismo medio informativo señala que la Liga de Defensa de los Fueros Sociales organizó un baile popular de carnaval como una actividad pro fondos. La institución organizadora fue de corte político (probablemente de influencia aprista) en pleno tiempo de persecución y proscripción del aprismo.
Las reinas
La Revista “El Centinela”, editada en Pacasmayo, Trujillo y Chiclayo; muestra una fotografía de la niña Berta Barragán Cooper Muro, Reina Infantil del Carnaval de Chiclayo de ese año y, en su edición de 1941, una fotografía de un agasajo y mensaje de Martha Zoeger Dall Orso, reina del carnaval de Chiclayo de 1941.
Una información aparecida en el Semanario “Trayectoria” de Lambayeque, del 3 de marzo de 1943, nos muestra las graves consecuencias del Fenómeno "El Niño" (moderado) que se produjo ese año y anuncia la acertada decisión de la Prefectura Departamental de suspender las celebraciones de carnaval de ese año.
El Semanario “Carteles” de Chiclayo, del 9 de marzo de 1946, informó que en los Carnavales Populares se usó aguas sucias y anilina. Además, la municipalidad no otorgó recursos para la organización de actividades sociales por los carnavales de dicho año. Hubo celebraciones en el Círculo Departamental de Empleados, barrio El Porvenir y Club Unión y Patriotismo. La Reina del Barrio El Porvenir fue Pepita I (Pepita Chirinos), quien fue coronada en el Club de Tiro 77.
Ya he referido que desde antiguo han sido muchos los historiadores, tradicionalistas y viajeros extranjeros (Middendorff, Mellet, entre otros) que han destacado el carácter alegre de nuestra ciudad. Alguien se animó a calificarla diciendo “vive de noche y duerme de día”. Lo cierto es que, si el sello distintivo del chiclayano es la amistad, sus valores relacionados: alegría, afecto y camaradería estuvieron y están presentes en nuestras actitudes sociales.
Bien haríamos en rescatar la belleza, vistosidad e integración de estas celebraciones. Pues cuando se celebra el pueblo se hermana y se une. ¡Cuánta unidad nos falta en procura de los objetivos comunes!
(*) Historiador y docente.