Iniciar una empresa es el sueño de muchas personas y hay quienes han invertido todo su capital para lograrlo. Incluso se endeudan con las instituciones financieras porque están convencidos de que les irá bien y lograrán los resultados, trayendo consigo una mejora en la calidad de vida para ellos y sus familiares.
Lastimosamente en la mayoría de los casos no ocurre eso. En nuestro país, dos de cada tres emprendimientos cierran operaciones antes de los 24 meses de creados, lo que trae consigo tres principales problemas, los cuales detallo a continuación, en orden de menor a mayor impacto.
Perder la inversión
Lo primero es perder dinero. Hay personas que cumplieron su anhelo después de haber trabajado 20, 30 o 40 años de sus vidas. Ahorraron todo ese tiempo para invertirlo, sin saber que, en unos pocos meses, lo perderían. El segundo problema está enmarcado en el tiempo desaprovechado. Imaginemos dedicarle dos años o más a algo que no genera los resultados esperados.
El tercer punto, y el más difícil de todos, es la generación de conflictos familiares. En el Perú, aproximadamente el 90% de los negocios son creados entre parientes, ya sean entre hermanos, padres-hijos, primos, tíos-sobrinos, etcétera, lo que origina una ruptura en el hogar que, en muchos casos, nunca se subsana, pues el tema de dinero es muy sensible.
Por lo tanto, empezar un proyecto es cosa seria y no hay que tomarlo a la ligera, más ahora que existe tanta competencia, y no solo de la misma zona o región, sino que abarca el ámbito nacional e internacional fruto de la globalización, de la apertura de mercados y del incremento de la tecnología en distintos países.
En este sentido, un asesor especialista orienta en gestión a los potenciales socios para lograr que la idea de negocio se convierta en algo tangible. Es decir, se descarta totalmente la improvisación y se busca disminuir en lo máximo posible el riesgo de inversión con el propósito de dar mayor tranquilidad a las partes interesadas.
Lluvia de ideas
Si ustedes están pensando en iniciar una corporación, pero aún no lo tienen claro cuál sería el rubro económico y giro, les recomiendo utilizar una técnica denominada lluvia de ideas o brainstorming. Su finalidad, por medio de un taller práctico, es generar todas las posibles opciones de industrias en un tiempo determinado. Posteriormente, se eligen las mejores alternativas considerando tres criterios: lo que sabes hacer (experiencia), qué te gusta hacer, y, por último, la demanda en el mercado (aceptación por potenciales clientes).
Después de tener clara cuál es la idea, se debe aterrizar todo lo pensando en un documento, el cual lleva por nombre Business Model Canvas. Esta herramienta ayudará a que todos los socios den sus aportes. El siguiente paso es elaborar el plan de negocio, que revelará si la idea es o no viable, dicho de otra manera, si será o no rentable a futuro.
Por último, solo quedaría tomar la decisión de iniciar el proyecto o no, tomando en cuenta los resultados de las herramientas empleadas.
(*) MBA, y especialista en Gestión Empresarial y Desarrollo Negocios Innovadores.
“Andy da el golpe”, titula socarronamente el diario de mayor circulación a nivel nacional. El jugador en cuestión ha sido denunciado por violencia física y psicológica precisamente por la madre de sus hijos. El club Portland Timbers no dudó en expulsarlo apenas tomó conocimiento de los hechos. Un mes después, sin embargo, consigue un beneficioso contrato en nuestra, cada vez más violenta, Liga 1.
“Queremos volver a nuestras raíces”, afirmaban en el club que acaba de anunciar al mencionado jugador como flamante jale. Deben haber estado muy en el fondo esas raíces. Tan arraigadas como la postura de cientos de hinchas que legitiman la violencia por “no tener pruebas contundentes” o porque solo “priorizan lo futbolístico”. Con discursos similares se ha justificado (y se justifican) otras tantas bajezas de cuando en cuando.
Mientras un nuevo titular misógino se suma a la interminable lista de contenidos machistas que caracteriza a la gran prensa, los estadios de fútbol siguen siendo el escenario del maltrato normalizado. Ninguna “previa” lo va a mostrar porque no da risa. Desde hace décadas, la experiencia de asistir a un estadio de fútbol en el Perú se ha convertido en un atentado. Una expresión del abuso de autoridad en todas las formas posibles.
Los varazos a mansalva, los hostigamientos verbales, los tocamientos indebidos: todo se ha naturalizado a tal extremo que dejó de ser noticia. Llamamos “aguante” a la firmeza y devoción de nuestro hinchaje aun en las peores circunstancias. El término, sin embargo, pareciera encajar mejor con todo lo que toleramos al asistir a una cancha. El costo de las entradas no incluye derechos ni como consumidores, menos como ciudadanos. No podemos ni protegernos del sol con una gorra. ¡Ni a comprar agua tenemos derecho!
Es importante hablar de todo esto cuando retomamos el tema de la violencia en el fútbol. La barbarie que contemplamos este fin de semana en el estadio La Corregidora de Querétaro, México, es mucho más que una advertencia. Para nosotros resulta una premonición, casi un recordatorio.
Más allá de reduccionismos
La violencia en el fútbol no es el resultado de pasiones que se “desatan”, de grupos de “desadaptados” que “manchan la pelota”. No es un hecho aislado, mucho menos monocausal. Empecemos por reconocer los múltiples factores que la generan y sobre todo comencemos a reconocernos dentro de esos mismos factores.
Porque existe una estructura que construye, legitima y difunde la violencia de tal forma que ya no la reconocemos como tal. Los mecanismos de poder actúan con más sofisticación cuando son invisibles. ¿No es violento, por ejemplo, el centralismo? El fútbol peruano se ha desarrollado bajo una lógica de “equipos grandes” cuyos privilegios no son precisamente correlativos con esa pretenciosa grandeza. Quienes piensen que exageramos, tal vez deban acordarse de cierto conductor televisivo que se refirió a los dirigentes de las ligas departamentales como “cholitos que no saben defenderse”, “malaspectosos”, “gente sin clase que, si puede, te roba”, entre otras perlas.
Porque la prensa se atribuye el título de deportiva, cuando apenas es futbolera, y encima copando la cobertura con las angustias de los mismos equipos limeños hegemónicos. ¿No es esta estructura igual de violenta? Si hasta cuando vimos a uno de ellos descender a la segunda división, resulta que nunca bajaron. Que “nunca se fueron”. Los que sí tuvieron que irse fueron los futbolistas chiclayanos que perdieron todo lo que ganado legítimamente en la cancha.
Nuestro fútbol, motivo de alegrías y relatos de identidad, se ha construido también bajo la lógica de muchas formas de violencia. Duele reconocerse como parte de ellas, pero dolerá mucho más el conteo de vidas humanas que se pierden ante la irracionalidad de las estructuras de la violencia funcionando como engranajes de un entorno que beneficia a pocos y perjudica a millones.
Centralismo, discriminación clasista, masculinidades tóxicas, violencia institucional, discursos de odio, violencia de género. Conozcamos bien estos términos e incorporémoslos al debate, porque tal vez con ellos se puede propiciar algún proceso de deconstrucción. Hagámoslo con la esperanza de recuperar el deporte que tantas alegrías nos brindó alguna vez.
(*) Sociólogo y docente universitario.
Líderes de agrupaciones siguen sin mostrar empatía con el clamor ciudadano que exige cambios sustanciales en la forma de hacer política, con honestidad y transparencia. Los grandes grupos económicos y los partidos no quieren perder el statu quo y todas las gollerías que les ha dado el modelo económico neoliberal en los últimos 30 años. Partidos de la derecha conservadora a toda costa buscan la vacancia presidencial, aunque no lograrán reunir los 87 votos que exige el reglamento. Presidenta del Congreso, María del Carmen Alva, no es ninguna garantía democrática si accediera al cargo.
La clase política nacional, representada en el Congreso de la República, sigue disparándose a los pies. Los caudillos de los partidos no asimilan, o no quieren entender, la lectura sobre el complicado momento que vive el país y desde sus escritorios, encasillados en las cuatro paredes de sus oficinas, digitan a sus bancadas para que actúen en determinado sentido, de acuerdo a la conveniencia de cada grupo político o para proteger los intereses de sus líderes o de grupos económicos. Ellos siguen sin mostrar empatía con el clamor ciudadano que exige cambios sustanciales en la forma de hacer política, con honestidad, transparencia, solidaridad y pensando siempre en el bien común, aprobando leyes que beneficien a la población, sobre todo a aquella que ha sido postergada históricamente, brindándole mayores oportunidades y acceso a la salud y la educación. Se necesita una clase política más reflexiva y pensante que priorice el bienestar colectivo y deponga posiciones subalternas irrelevantes, que no ayudan en nada a mantener la calma y a dar mensajes tranquilizadores en un ambiente tan polarizado que hasta hoy no ha podido ser superado, tras la segunda vuelta electoral presidencial del 6 de junio de 2021. Esta clase política es tan torpe y actúa con revanchismo, que el año pasado se formó una comisión presidida por el controvertido congresista Jorge Montoya, para investigar el supuesto fraude electoral que armó la derecha, habiendo gastado cerca de 150 mil soles sin exponer resultados contundentes hasta ahora.
Nuestra clase política no ha madurado lo suficiente como para enfrentar los grandes retos que nos depara un presente marcado por la incertidumbre y la intranquilidad, y un futuro poco alentador para generar más confianza a nivel interno y externo, y esperanza en un país golpeado por las incapacidades y la incompetencia de quienes nos gobiernan. La clase política sigue sin aprender de sus propios errores y persiste en mantenerse en tierras pantanosas que cada día lo envuelven y enceguecen, ante la mirada atónita de un pueblo que en cualquier momento puede despertar y perder la paciencia, y ya sabemos de qué son capaces cuando se unen en una sola voz y ganan la calle masivamente. Un mordaz César Hildebrant ha demandado a “lo peor de la clase política peruana, acuevada en el Congreso y en parte de la prensa, a dejar de darnos lecciones de higiene pública”. Y agregó que “urge la necesidad de que dentro de la clase política exista una derecha moderna que busque atender el reclamo de igualdad de oportunidades de la población, así como la construcción de una nación viable e integradora”. Esto es posible, sí; pero los grandes grupos económicos y los partidos que los encarnan en el Congreso, no quieren perder el statu quo y todas las gollerías que les ha dado el modelo económico neoliberal en los últimos 30 años, en desmedro de las grandes mayorías que solo se han contentado con las migajas del sistema.
No hay nada positivo
Tal es el descrédito de la clase política que la última encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) pone en evidencia los altos niveles de desaprobación de las autoridades que manejan los hilos del poder en el Ejecutivo y el Legislativo. Por ejemplo, la aprobación del presidente de la República, Pedro Castillo, llega a solo 28 % y la desaprobación a 63 %. Según Datum, la aprobación del mandatario es de 25 % y su desaprobación de 67 %. De acuerdo a Ipsos, la desaprobación es de 69 % y la aprobación de 25 %. En tanto que la desaprobación del Congreso, según el IEP, alcanzó su punto más crítico desde agosto del año pasado con un 82 %. Mientras que la presidenta del Congreso, María del Carmen Alva, es desaprobada en su desempeño por un 73% de ciudadanos y aprobada por solo el 20% (de cada 5 ciudadanos, apenas uno estaría conforme con su trabajo). Su popularidad se ha visto afectada luego de revelarse una reunión en un hotel de Lima, para encontrar una estrategia a fin de vacar a Castillo. Otro dato relevante según el sondeo del IEP es que un 26% de la población considera que en el Congreso no hay nada positivo, un 36% señala que a este Parlamento no le interesa la gente y solo piensan en ellos, un 25% dice que no tiene gente capacitada y un 21% que no dejan gobernar al Ejecutivo.
La encuesta destaca que un 48% de entrevistados refiere que para enfrentar este complicado momento (situación del gobierno) se debe convocar a elecciones generales por ser la medida más adecuada, y un 38% considera que Pedro Castillo debe mantenerse como presidente hasta el 2026. Las cifras no mienten, la percepción de la gente respecto al desempeño de ambas autoridades es clara, y si éstas no enmiendan sus posturas y sus decisiones no tienen una connotación más social e inclusiva, su desaprobación seguirá en aumento, provocando más inestabilidad y desgobierno que podría ser utilizada por las bancadas de la derecha, que a toda costa buscan la vacancia presidencial. La legisladora de Acción Popular tiene que bajar al llano y dejar de lado sus poses de altanería e intolerancia, porque esas actitudes dejan mucho que desear si es que ella está pensando en ceñirse el fajín presidencial llegado el momento.
Sin autoridad moral
Es innegable la falta de capacidad e inteligencia para gobernar de Pedro Castillo (el Perú no puede seguir siendo su escuela), ha tenido fallas clamorosas de gestión desde el comienzo de su mandato (en solo siete meses ya es investigado por la Fiscalía por presuntos actos de corrupción), no ha sabido elegir a las personas más adecuadas y con expertiz en el sector público (desde ministros hasta funcionarios de confianza) que lo ayuden a administrar un país con tantas complejidades con el nuestro, sobre todo por el ambiente convulsionado que dejaron las elecciones de segunda vuelta. Castillo no tiene una pizca de estadista ni la locuacidad de un político, de allí su reticencia para no dar declaraciones a los medios de comunicación; esas debilidades personales le siguen pasando la factura de la peor manera. ¿Pero del otro lado qué tenemos? Un Congreso seriamente desprestigiado y carente de credibilidad que no sintoniza con las principales demandas ciudadanas, y aprueba leyes que generalmente favorecen a grupos de poder económico o a líderes políticos que están bajo la lupa del sistema de justicia (como el caso de poner límites al proceso de la colaboración eficaz o el pretender traerse abajo a la Sunedu). Con legisladores de la derecha conservadora que solo les interesa la vacancia presidencial, como si no hubieran otros temas de trascendencia que abordar. Está bien que el Congreso haga el control político al Ejecutivo, pero tampoco puede ser un ente obstruccionista e intolerante como ocurrió en el gobierno de Pedro Pablo Kuzcynski.
Según la encuesta del IEP, para salir de este atolladero lo más sensato sería convocar a nuevas elecciones; pero mientras ocurre ello se podría recurrir una junta de notables que escoja a una persona que asuma interinamente la Presidencia (María del Carmen Alva no es ninguna garantía democrática si accediera al cargo). No todo político tiene las manos manchadas con dinero mal habido o está vinculado a hechos de corrupción, todavía hay gente cuyo camino de vida es la rectitud, la honradez, la integridad. La clase política se tiene que adecentar con ciudadanos probos que miren a la política como un servicio a los demás y no para servirse de ella, se tiene que involucrar a más jóvenes y profesionales que vean a la política como un medio para construir y consolidar la democracia, para fortalecer la institucionalidad y trabajar partidariamente en proyectos integradores e inclusivos. Se tiene que practicar una política de manos limpias, con ideologías definidas, cosa que no ha ocurrido en las últimas décadas donde ha imperado la informalidad, el transfuguismo, los negociados bajo la mesa para ganar cuotas de poder, lo que ha dado paso a la corrupción que se ha fortalecido y corroído a las instituciones del Estado. La clase política del más alto nivel ha caído en la telaraña de la corrupción, varios expresidentes de la República son investigados por haber recibido millones de dólares a cambio de entregar obras a importantes constructoras (el caso Odebrecht es el emblema). Lo mismo pasa con exministros y gobernadores regionales. Insisto, se tiene que ordenar y limpiar la casa (clase política) desde adentro, y rechazar a los oportunistas y ayayeros que solo buscan llegar al poder para enriquecerse de las arcas del Estado.
(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y primer vicedecano Colegio de Periodistas de La Libertad.