Si bien estamos influenciados aún por la era del arte, quizá más crítica que contemplativo, creo que la era de la influencia colectiva de las imágenes religiosas aún no ha terminado. Por la fuerza espiritual que se percibe y la de su poder integrador comunitario, incluso social, todas ellas portan aún el derecho originario a seguir tomándose en consideración. De seguro la historia testifica cómo estas han sorteado los abatimientos del discurso acusador, incluso teologal, y no solo del no creyente. Aun así, esa aura de creer en ellas aún subsiste a través del tiempo.
La estética de la imagen religiosa
¿Por qué creer en el poder de una imagen religiosa? Es obvio que es la mediación de la fe aquella condición posible primaria y básica sobre la cual se resuelve o se sustenta todo tipo de experiencia estética que surge ante la presencia de una imagen. Al lado de la fe se une, no una fe ciega de creer por creer, sino el acto experiencial de la relación con una presencia, la que se asume como real, que no necesariamente está presente en la imagen misma. Es como un recuerdo de una presencia no vacía, sino real.
Es el reconocimiento de un tema místico existencial que quizá ha quedado postergado al fijarse solo la forma técnica que habla de la criticidad del arte o quizá por la influencia científica desplegada en todos los ámbitos de la cultura humana. La narrativa de la experiencia mística que se despliega al contemplar una imagen religiosa nos ilumina más con alguna respuesta posible. No una que sea conceptual o científica, sino una experiencia que habla de una forma de conocimiento de un absoluto con el que gracias a una actitud viva se entabla una relación con él.
La imagen religiosa, desde la experiencia de la fe, sería no solo una representación de la realidad absoluta invisible, sino la fuente viva de una relación de la presencia misma. La imagen que se tiene delante -o que se contempla- no solo es vista como un objeto cargado de cualidades estéticas (color, brillo, medidas, texturas, encuadres, etc.) sino que se respeta o se re-conoce que por ella se hace presente la presencia de alguien oculto. Algo o un alguien oculto que es un misterio, que no es lejano, sino presente, al que se trata como alguien que es quizá sagrado pero visible gracias a aquella realidad profana que se desprende de la imagen expuesta.
Experiencia de una presencia real
En Juan Martín Velasco se lee esta perspectiva, muy similar a la de Hans Belting, que la inserta dentro de la experiencia espiritual de aquel sujeto creyente que siente la presencia del imago Dei en constante relación. Por lo que cree y se representa en ella el sujeto trasciende hacia una relación cercana con aquella presencia que la asume como una trascendencia absoluta. Es la percepción de la experiencia de todo un universo narrativo místico. Desde la fe, la imagen que se contempla no solo evoca ni es simplemente una clase de recuerdo, sino la activación de la memoria corpórea afectiva del creyente. Es la experiencia de un íntimo encuentro.
La experiencia mística ayudada de la mediación de la fe que surge a partir de la génesis de la contemplación de la imagen religiosa, que reúne ciertas cualidades estéticas, pone al sujeto creyente en vínculo relacional con quien cree. Lo estético le permite así vivir la experiencia de un encuentro auténticamente íntimo y real. Por tanto, esta experiencia no pasaría por la asimilación de conceptos, ni de estacionarse en lo bello del cuadro o lo bonito de la imagen, sino que es una actitud básica de disponerse al contacto directo con la trascendencia que, gracias obviamente al impacto estético de la imagen, se contempla.
Se denota, pues, cómo el sujeto creyente trasciende a una trascendencia mayor, no experimentando una relación intimista o ensimismada, tampoco es una fusión mística oriental, ni una fundición de negarse a sí mismo, ni mucho menos son escapismos colectivos, ni tampoco una especie de superación ascética de vallas terrenales para el disfrute de un último cielo o de un Olimpo, sino, más bien, es la experiencia viva de una relación personalizante. Es un encuentro personal que se conforma por la experiencia de la confianza absoluta a esa presencia absolutamente trascendente que trasciende el intento contemplativo de toda imagen religiosa, como la del Señor de Los Milagros, por ejemplo. La mediación de la fe es, ´por tanto, la que permite ver (por medio de la imagen religiosa) y es la que genera la experiencia de la presencia de quien lo ve todo. Es una experiencia estética mística que por la fe ve y experimenta una presencia.
La comunidad celebra una presencia
Por tanto, ¿qué tema induce la experiencia de relación íntima con aquella trascendencia que se reconoce en la imagen religiosa? Lo que induce es, por supuesto, la pintura, el color del cuadro, la figura que se representa, las líneas de oro o de plata de la imagen que se contempla, el manto que la cubre y, obviamente es también la escritura que en ella se simboliza. De hecho son las cualidades estéticas inmanentes las generadoras del recuerdo vivo de la experiencia de la relación de una trascendencia. Gracias a la pintura -como la escritura- se induce siempre una cierta remembranza. Es el recuerdo de la experiencia de relación con lo divino en el cual se cree. Y lo que se cree colectivamente conforma la narrativa de la identidad de la comunidad creyente la cual se representa en una imagen que se venera en el tiempo y en un espacio determinado y con un rito y un modo doméstico celebrativo particular.
A raíz de lo que se hace visible ante los ojos de un creyente, el contenido de la narrativa mística activa la veneración de culto de una imagen. Mediados por la imagen, la remembranza inmediata de la experiencia de relación de la presencia de la trascendencia divina en la historia humana es lo que la comunidad testimonia. En comunidad se comparte y se celebra y en común obran un estilo o típico modo de proceder. Por tanto, el poder de la imagen religiosa que hasta aquí expongo no es el resultado de una fenomenología inferior ni el débil recuerdo de la tesis de un sujeto silvestre o salvaje irracional, sin sustento científico. De seguro sí es irremisiblemente compleja y confusa, pero es innegable que bajo la conformación mística de la identidad comunitaria que se configura (religare, que se religan, que conforman una religión) deviene el poder de la experiencia celebrativa de la contemplación espiritual. Es la presentificación de la trascendencia gracias a la inmanencia de la imagen religiosa.
Finalmente, a partir de todo lo expuesto, considero que, probablemente mejor captado o quizá más intuido, será captada esta experiencia si se lee no en modo científico sino en un modo estético teológico. En un modo que, sin la presión del sistema racional de lo claro y distinto cartesiano, sea un modo místico poético espiritual, quizá el más propicio para la aprehensión del poder de la imagen estética no solo religiosa sino incluso la de la más profana. Quizá así solo sea probablemente captada la esencia de una presencia que nuestro gran poeta Antonio Machado, al soñar, entrevió ver o quiso creer existe detrás de las imágenes que él contempló o vio:
Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que una fontana fluía / dentro de mi corazón. / Di, ¿por qué acequia escondida, / agua, vienes hasta mí, / manantial de nueva vida / de donde nunca bebí? / Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que una colmena tenía / dentro de mi corazón; / y las doradas abejas / iban fabricando en él, / con las amarguras viejas / blanca cera y dulce miel. / Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que un ardiente sol lucía / dentro de mi corazón. / Era ardiente porque daba / calores de rojo hogar, / y era sol porque alumbraba / y porque hacía llorar. / Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que era Dios lo que tenía dentro de mi corazón. / (Soledades. LIX).
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(*) Ingeniero y filósofo.
Tras la denuncia constitucional presentada por la fiscal de la Nación ante el Congreso contra el presidente de la República, Pedro Castillo, la situación legal del mandatario se torna incierta y preocupante. La grave acusación de liderar supuestamente una organización criminal para enriquecerse con los recursos del Estado, lo coloca en un escenario muy desfavorable y podría ser la estocada final a su gobierno. La decisión final de destituir, inhabilitar o suspender a Castillo está en manos de un atomizado Congreso que tiene una aprobación de solo 8%, y que ha sido incapaz de ponerse de acuerdo las veces que tuvieron la oportunidad de aprobar la vacancia presidencial. El mandatario en su defensa ha dicho que ello configura un intento de “golpe de Estado”, pero la Fiscalía tendría los medios que probarían que el dignatario y su entorno más cercano habrían incurrido en diversos delitos.
¿Se le viene la noche al presidente Pedro Castillo, tras la denuncia constitucional que presentó la fiscal de la Nación ante el Congreso de la República?, ¿Estos son los últimos días del gobernante de Perú Libre en Palacio de Gobierno?, ¿Se puede o no denunciar al presidente de la República? Estas son solo algunas interrogantes que se hace la ciudadanía sobre la situación jurídica del mandatario, respecto de la grave acusación de liderar una supuesta organización criminal en Palacio de Gobierno. Junto a Castillo han sido incluidos en la investigación los exministros de Transportes, Juan Silva (prófugo de la justicia); y de Vivienda, Geiner Alvarado. Pero la cosa no queda allí. En este día negro para el jefe de Estado (martes 11 de octubre), el Equipo Especial contra la Corrupción del Poder detuvo a seis miembros de la organización denominada los “Asesores en la sombra”, que lideraría Castillo, para quienes solicitarán 36 meses de prisión preventiva. También se intervinieron las oficinas y residencias de seis congresistas de Acción Popular, investigados por el presunto delito de organización criminal. Los acusan de intercambiar votos a favor del Poder Ejecutivo por obras en las regiones u otros tipos de beneficios personales. Y para colmo de males, la primera dama Lilia Paredes podría recibir entre 8 y 10 años de cárcel por el presunto delito de organización criminal. A solo un año y tres meses de gestión, se produce una nueva crisis política en el gobierno de Castillo, tal vez de mayor dimensión que cuando el Congreso buscó vacarlo infructuosamente en dos oportunidades.
¿Y el artículo 117?
Con estas incriminaciones de grueso calibre el futuro del presidente es bastante incierto y peliagudo, al parecer no habría esa luz al final del túnel que lo ha acompañado hasta ahora. Su suerte estaría echada si las bancadas congresales actúan con responsabilidad y ejercen el control político que les corresponde, y dan luz verde a la acusación constitucional en marcha. Aunque ello implicará que se abra un debate legal en relación con la capacidad de la fiscal de la Nación de iniciar una denuncia constitucional contra Castillo, apelando a un tratado internacional de las Naciones Unidas contra la corrupción. Esto no tiene precedentes en la historia del Perú, porque el artículo 117 de la Carta Magna precisa que el presidente de la República solo puede ser acusado durante su mandato por traición a la patria; por impedir las elecciones presidenciales, parlamentarias, regionales o municipales; por disolver el Congreso, salvo en los casos previstos en el artículo 134 de la Constitución, y por impedir su reunión o funcionamiento. Pero ninguna de esas motivaciones son actos de corrupción. Sin embargo, para la Fiscalía existirían suficientes pruebas para afirmar que Pedro Castillo y su entorno más íntimo está envuelto en delitos de corrupción. La Subcomisión de Acusaciones Constitucionales sesionará este viernes para evaluar la denuncia presentada por la fiscal de la Nación, y luego de ello tendrá 10 días hábiles para interpretar, calificar y decidir si procede o no esta prerrogativa contra Pedro Castillo. Se viene un debate constitucional intenso que permitirá dilucidar este espinoso tema, para que se cumplan todos los pasos del debido proceso.
El escenario es distinto
Como señalo líneas arriba, la decisión última de destituir, inhabilitar o suspender a Castillo está en manos de un Congreso fragmentado que ha sido incapaz de ponerse de acuerdo las veces que tuvieron la oportunidad de aprobar la vacancia presidencial, nunca reunieron los 87 votos que se necesitaban para ello y terminaron por mandar al archivo estas pretensiones promovidas por las bancadas ultraderechistas de Renovación Popular, Avanza País y Fuerza Popular. La responsabilidad de determinar el curso de esta denuncia constitucional queda en manos de este cuestionado poder del Estado, que apenas tiene un dígito de aprobación ciudadana. Ante esta incapacidad, la Comisión de Constitución ha debatido un proyecto de ley que busca reducir a 78 los votos para aprobar esta medida. El escenario para una vacancia ha cambiado hoy, si bien las dos anteriores estaban circunscritas a un presunto fraude electoral de junio de 2021, que los partidos de la derecha y el empresariado argumentaron ante la derrota de su candidata, ahora las cosas son muy distintas porque hay de por medio una denuncia constitucional y más medios que probarían que Castillo lideraría una organización criminal. La fiscal Patricia Benavides ha dicho que han “hallado muy graves y reveladores indicios de la existencia de una presunta organización criminal enquistada en el gobierno, con la finalidad de copar, controlar y direccionar los procesos de contrataciones en los diferentes estamentos del Estado para obtener ganancias ilícitas”.
Desastroso mandato
Es innegable que el régimen de Castillo es un fiasco y una estafa para millones de peruanos que creyeron en su palabra y en sus promesas electorales, pues hasta hoy todavía no encuentra el norte de su administración, sigue sumido en su alarmante ineptitud, y en su falta de criterio e inteligencia para gobernar este país con problemas políticos y socioeconómicos complejos. Las consecuencias de su desastroso mandato lo estamos pagando todos, especialmente las clases económicas más vulnerables, porque el presidente no da muestras de liderazgo, no tiene capacidad de reacción y no asume decisiones directas para enfrentar situaciones delicadas, para evitar que la crisis política y la ingobernabilidad sigan afectando nuestra precaria economía y por ende a los que menos tienen. Castillo ha incurrido en graves desatinos políticos desde el primer día de su gobierno que hoy le están pasando la factura de la peor manera, como el no haber elegido a las personas más idóneas y calificadas (ministros, funcionarios de confianza) que lo ayuden a gestionar un país con tantas dificultades, sobre todo tras el ambiente convulsionado que dejaron las elecciones de segunda vuelta. En este corto tiempo, Castillo ha demostrado no tener una pizca de estadista ni la locuacidad de un político; por el contrario, ha tomado decisiones controversiales que en lugar de generar estabilidad a su gestión le han provocado duras críticas; de allí su reticencia con la prensa local todo este tiempo. Todas esas debilidades personales han sumado para que su gobierno sea muy frágil y endeble.
Congreso sin calidad moral
Pedro Castillo seguramente sí merece ser vacado por todos estos antecedentes que lo sitúan como uno de los peores presidentes de los últimos tiempos. ¿Pero qué tenemos del otro lado? Un Congreso con un desprestigio pavoroso y carente de toda credibilidad que no sintoniza con las principales demandas ciudadanas, que aprueba leyes “convenientes” que favorecen a grupos de poder económico o a líderes políticos que están bajo la lupa de la justicia. La ciudadanía no se siente representada por la actual clase política personificada en el Parlamento, porque las distintas bancadas legislan de espaldas a ese pueblo que dicen representar y aprueban normas controvertidas, con nombre propio. En los últimos 40 años hemos elegido legisladores que han terminado siendo una total decepción, la mayoría no ha dado la talla para el cargo; pero sí sacaron provecho de su estadía en ese poder del Estado para obtener réditos económicos, colisionando muchas veces con la ley. Ese ha sido un estilo de trabajo y de vida para muchos congresistas, que siempre se han creído los intocables aprovechándose de su controvertida inmunidad. Un Congreso con esas características y con una aprobación de solo 8% no tiene la calidad moral para vacar o destituir al presidente Castillo. La salida más sensata ante esta miseria política a la que nos han arrastrado el poder Ejecutivo y Legislativo es el adelanto de elecciones generales; es decir, se recorta el mandato del presidente de la República y de los congresistas. Pero la cosa no es tan fácil, porque nuevamente estaríamos hablando de una reforma constitucional que lleva su tiempo y exige voluntad política para plasmarlo. Por ahora nada de ello se avizora en el horizonte. Que Dios ilumine las mentes de nuestra clase política, para salir bien librados de este atolladero lleno de inmundicia.
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(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.
Sin duda, de no mediar ningún inconveniente, a lo largo y ancho del Perú ya se habría elegido a 196 alcaldes provinciales y 694 distritales, todos ellos pertenecientes a diferentes partidos políticos y movimientos regionales, estos últimos con mayor presencia en los gobiernos subnacionales, que al fin del cabo, demuestran la indignación y el hartazgo por parte de los electores, de la clase política cada vez más empobrecida en la moral y sus carencias obvias del quehacer gubernamental.
Habiendo terminado ya la campaña electoral y un proceso eleccionario triste y desesperanzador, las cifras paupérrimas de votantes alcanzadas por varios candidatos para ser elegidos, nos muestran, en muchos casos, su debilidad intrinsica y el poco arraigo popular con el que contaban, tal es así que, muchos de ellos, si bien obtuvieron su elección voto a voto, algunos lo hicieron con diferencias mínimamente inferiores a la de su más cercano competidor. Al final todo vale, si se trata de elegir a su autoridad.
Lo que está por venir
La normatividad electoral, prevé que luego de los resultados alcanzados, los alcaldes elegidos tengan que ser proclamados y recibir una credencial que los convierta, oficialmente, en la primera autoridad política gubernamental que dirigirá los destinos del lugar donde fueron elegidos como tal. En el caso de la región Lambayeque, asumirán la autoridad conferida tres alcaldes provinciales y 35 distritales, todos ellos representando casi en su totalidad a diferentes partidos políticos, algunos de ellos tradicionales y otros nuevos en el espectro electoral. A partir de ahí, se inicia la protocolar trasferencia documental y los resultados de cada gestión – muchas de ellas disfrazadas -, para luego hacer la entrega del cargo el último día de los cuatro años de mandato por parte de la autoridad saliente, elegida por voto popular.
El inicio de la nueva gestión municipal
De seguro que, el día uno de enero del 2023, muchos alcaldes elegidos ocuparán el sillón municipal acompañados de su elenco no estable, pero al fin de “su confianza”, es decir, estos sujetos palaciegos siempre serán de la partida.
En este punto, la pregunta se cae de madura es por qué y para qué de su confianza. El historial gubernamental municipal, en la mayoría de los casos, nos muestra que las autoridades, desde antes de ser elegidas, ya caminan con su parafernalia constituida por estos seudos personajes conectados fácticamente para conformar y diseñar el tinglado que les permita desde “el saque” y soterradamente - luego de ser elegidos -, empezar a cometer su fechorías para apropiarse de lo ajeno con el fin de recuperar lo invertido en su campaña ganadora y, a partir de ahí, empezar a hacer el vil negoció de su vida. Sin duda, con total impunidad.
La mirada ciudadana es importante
Sin duda, cuando se mira, se descubre, cuando se descubre se delata. Es lo que la sociedad civil debería y tendría que hacer, cuando perciba que la ratería empieza a socavar su calidad de vida y su alicaído bienestar producto del accionar corrupto de algunas autoridades elegidas, quienes haciendo uso y abuso del poder conferido, arguyen que pueden hacer con el mismo, lo que este les permite y, eso, no hay que permitírselo a ninguna autoridad que utiliza su oportunidad para robar y el poder que no pueden sostener decentemente, para desfalcar los dineros asignados para la comunidad a la que son dirigidos, los cuales, con frecuencia desmedida y el engaño sistemático, pasan de una mano a otra hasta recalar en el bolsillo de la farsante autoridad.
Para reflexionar
El periodista, escritor y novelista ecuatoriano Juan María Montalvo Fiallos, precisa mediante su reflexión lógica respecto a lo que significa “Robar a la Nación” que robarle a una nación, es robar a todos; “el que roba es dos, cuatro y diez veces ladrón; roba al que ara y siembra, roba al que empina el hacha, al que acomete el yunque, roba al que se une al trabajo común con el alma puesta en su pincel, roba al agricultor, al artesano al artista; roba al padre de familia, roba al profesor, roba al grande, roba al chico”.
Continúa diciendo: “Todos son contribuyentes del Estado, el que roba al Estado a todos roba, y todos deben perseguirlo por derecho propio y por derecho público”. Por lo tanto, sostiene Montalvo Fiallos, que la frase execrable del “Roba pero hace” es una frase que todos debemos condenar y borrar de nuestras mentes.
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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.
Pasaron 730 días. Los dos años que nunca vamos a olvidar. Cómo podríamos, si todavía duele recordar. Si nadie sabe muy bien cuándo será el final. Si realmente llegará el final. Todo este tiempo ha tenido que pasar para que la venerada imagen del Señor de los Milagros vuelva a salir en procesión. La respuesta popular ha sido multitudinaria, conmovedora. Ella misma ya es un milagro.
Como si fuera una metáfora del país que somos, el Cristo Moreno ha vuelto a las calles al amanecer de un 8 de octubre. Usted sabe lo que de verdad conmemoramos ese día. Y no es la fecha de ninguna desprestigiada institución castrense. Es el día de la dignidad con que un marino piurano, el almirante Grau, defendió el ideal aquel que hablaba de la patria. Con generosidad, con valerosidad, con coraje.
Las personas que vienen a elevar una oración sostienen estos valores como si fueran la verdadera bandera nacional.
Que si todo ha subido, que si la crisis económica, que si la política por aquí y la guerra por allá. El mercado popular en que se convierten las calles alrededor de la procesión expresa que todo lo anterior no es novedad para nosotros. Que todas las adversidades las hemos afrontado desde una ética del esfuerzo colectivo. Trabajando duramente. Trabajando nomás.
Los turroneros que, por ahora, racionaron la degustación. El higadito con yuca, una delicia que usted debe conocer. Los detentes y los hábitos que solo podrán usarse después de ser bendecidos. Póster, llaveros, rosarios, algodones de caramelo y cualquier dulce que recuerde eso de limeños mazamorreros. Todos hacen honor a su nombre de vendedores ambulantes porque han seguido realmente el recorrido a pie. Completo. Trabajando como toda la vida.
Hace poco terminó la campaña municipal. Los mismos de siempre les prometieron el mentado paso a la formalidad. Son los mismos que luego enviarán a los camiones de serenazgo a arrebatarles su mercadería. Los mismos que han tenido la desdicha de interpretar la multitudinaria procesión como un acto de militancia política. “Lloren, progres”, dicen en Twitter. “Esta es una muestra de que el comunismo y su ateísmo no pasará, rojetes”, celebran hasta en televisión. “El Perú no quiere ideologías”, afirman con carteles y altavoces.
Contestarles implicaría aceptar su lógica. Significaría aceptar que la fe es un asunto excluyente, que la religiosidad es un asunto de buenos que irán al cielo y malos que irán al infierno. El dogma autoritario que hace de toda diferencia el sustento de la discriminación.
Todos los dogmas, sin embargo, sucumben ante la mejor enseñanza de la fe católica. Está en la Biblia. En los catecismos, seguramente. Tal vez la hemos leído en forma de sticker en la ventana de alguna vieja combi.
Aquella que nos recuerda que Dios es amor. Solamente eso.
Amor en el aire
Con todo lo que la ciencia ha sido capaz de hacer o establecer, poco o nada nos puede decir sobre la consciencia. Eso que llamamos alma no lo ha visto ningún microscopio. No hay evidencia empírica. Y sin embargo, todos sabemos que en ella nacen todas nuestras oraciones. Rogar por salud, por paz, por oportunidades. Por ese anhelo tan humano que es simplemente decir “todo va a estar bien”.
Ahí van los que cumplen su promesa de quedarse las horas que sean necesarias. Los que, signos de este tiempo, buscarán alguna fotografía. Hasta los pueriles Tik Tok se vuelven respetuosos. Los que cantan música criolla desde los estrados. Los homenajes con que cada negocio, grande o pequeño, adorna su fachada. El sonido de la campanilla nos recuerda que la procesión podría también definir al amor: amar es acompañar.
Quien haya pisado la calle conoce muy bien los matices que puede tener la fe. Sabe que ella no excluye. Que siempre es posibilidad para estar unidos. Que es mucho más que la sumisión acrítica a una institución eclesiástica. Que es mucho más que ella misma.
Dos años pasaron. Algún día contaremos la historia del tiempo en que creímos que respirar podría ser morir. Los días que pasamos en casa comprobando, como en la procesión, que amar es acompañar. Y que así sobrevivimos.
Muchos niños y niñas nacieron entonces. A pesar del miedo y de toda la adversidad, llegaron. Su valentía fue la esperanza de seguir. Entre sonrisas, la gente comentaba que la pandemia había elevado la tasa de nacimientos. De hecho, usaban otras palabras. Irreproducibles para una columna sobre religiosidad popular.
Para que la fuerza del amor acompañe el camino de esos seres humanos, actores sociales del siglo XXI. Para que su mirada transparente descubra un país que les brinde oportunidades, identidad, sentido de comunidad nacional. Para que construyan una perspectiva de la vida con mucha más amplitud y responsabilidad afectiva que la de sus ancestros. Para que vivan libremente la fe que decidan abrazar y que el diálogo permita construir un horizonte en común de progreso, equilibrio ecológico y desarrollo humano. Por su salud y educación, sobre todo, que deben ser derechos universales y nunca negocios. Para que sean siempre la alegría de la casa.
Por todo eso, roguemos al Señor.
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(*) Sociólogo y docente universitario.