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CENTRO DE LA SOCIEDAD: El enfoque de familia en las políticas públicas

Escribe: Luis Estela Sánchez (*)
Edición N° 1271

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Recuerdo que cuando estuve en Roma escuché al papa Francisco advertir a los presentes en la Plaza de San Pedro se anule pronto toda doctrina que excluye, discrimina y divide. Primero, sugería educarse en el aprendizaje de no olvidar ser siempre agradecidos. Olvidarlo dividiría el mundo en dos mundos: uno con aquellos que no dan las gracias, y, otro, con los que sí las dan. La persona ingrata asume todo como si se le debiera. Sin embargo, solo quien acoge la vida como don, la asume como pura gracia. En segundo lugar, el Papa les invitaba a crecer en la misericordia para constituirse como personas más cercanas. Y hacía saber que (01) ser gratos y (02) ser misericordiosos se vive o se aprende solo en familia, aquella institución social que no se cierra en sí misma ni encapsula las puertas a ninguno. Escucharlo ese día me recordaba lo leído en su penúltimo documento pontificio sobre la alegría del amor.

Sobre el valor de la familia en Amoris Laetitia: la alegría del amor fraterno

Es la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia escrita por el Papa Francisco una clara invitación a todos los católicos para que re-piensen su modo de ser Iglesia; incluso esta exhortación ha sido el motivo del X Encuentro Mundial de Familias que se realizó en Roma en junio del año 2021. Si bien alguno de sus capítulos ha causado cierta controversia, de su lectura reposada no emana contradicción alguna sino un buen sentir sinodal. Su único interés, creo yo, es mostrarle al mundo la preocupación por la crisis del amor en la sociedad. Se evidencia un claro interés por revivir el mensaje evangélico de la familia porque sabe que sólo desde allí se aprende a integrar socialmente al otro como hermano de una única familia sin distinciones ni ingratitud.

Hoy en día, esa fraternidad es la que se debería forjar. Es una invitación conocida, ha sido dicha incluso en otros tiempos y otros espacios (Concilio Vaticano II, 1962), pero que, siendo vieja esta invitación, en la voz de Francisco, se percibe su novedad no forjada aún. La riqueza de la cristiandad ha sido siempre esa disposición de acoger al otro sin discriminación, sin distinción de nación, sin excepción de raza ni condición social, sin miramientos del color de la piel, ni cálculos de género. Su enfoque primordial es el bien común que la familia porta en toda relación. Es esa fuerza espiritual pública capaz de avivar las redes de una civilización filial. A su santidad le interesa tal fuerza relacional que percibe venida a menos. La ingratitud más la impiedad metaliza las relaciones, materializándose así, por ejemplo, el cierre de la frontera a los migrantes asumidos como “enemigos”. Niños, mujeres, ancianos más un sinnúmero de familias enfermas, hambrientas y vulnerables, sufren las consecuencias de las aberrantes decisiones de los gobernantes. El sufrimiento lacera la esperanza. Ser ingratos dilata esa cruda e insensible indiferencia gubernamental que se gesta por la presencia de la soberbia social.

Para Francisco es clarísimo que el espacio crucial donde nace la fraternidad es la familia. Es allí donde se aprende a ser socialmente fraterno. En casa nacen las futuras políticas públicas. Si en casa no soy grato ni perdono ni comparto jamás será posible agradecer ni siquiera al vecino. La institución que se define como sociedad sale de esa construcción social abstracta sólo por la presencia real de la familia. Es una gran matriz social que existe gracias al mundo de la vida del tejido familiar. Francisco sabe que, sin la esencia de esa empresa llamada familia, la sociedad será una simple idea abstracta. Y es en Amoris Laetitia donde él afirma que la familia es el principal sujeto social que entreteje los diversos estratos de la sociedad: familia de familias. Y lo más valioso de su esencia es el bien común que porta. Es un ethos (un amor ético) que toda familia naturalmente irradia en todas las redes sociales. Su testimonio originario es la vivencia de aprender a diario en casa el valor del amor relacional pero sin cálculos ni intereses egoístas.

¡Familia, sé lo que eres! en Familiaris Consortio

En Familiaris Consortio, San Juan Pablo II acuñó bella y contundentemente la frase: ¡familia, sé lo que eres! ¿Cuál es ese ser de la familia?, ¿qué es lo esencial o cuál su sustrato? Su esencia es el amor. Pero, ¿y qué es el amor? Es ser gratos. Ser compasivos. Es entrega, donación, amistad. No es egoísmo. Ni soberbia. No ingratitud, sino alteridad: alter es pensar más en el otro que en uno mismo. No es promocionarse así mismo. No es pensar en “mis” derechos sino en “los” del otro. Es fijarse no en el bien propio. No es convivir amenazado. El otro no es un rival, ni un estorbo. El amor invita a la persona que ama a trascender en cualquier espacio irradiando de sí toda la bondad humana posible. Amar es, finalmente, fijar la mirada en el próximo pesando o deseando su bien más no el del que mira voraz o celosamente.

La misión social de la familia es crear una actitud social fraterna; ésa actitud tan natural que porta toda familia. El sociólogo italiano Pierpaolo Donati -en vida- insistía en ser conscientes de aquella matriz teológica que estructura la sociedad, es decir, el legado histórico que la familia ha tejido (y teje) en él: la donación. En ella se aprende lo que es justo y lo que el otro necesita. Es la matriz donde se aprende a compartir lo mucho o lo poco que se tiene con quien convivo a diario. Incluso en medio de tantas controversias cotidianas propias de la limitación humana es en familia como se ejercita con entereza el perdón y la misericordia que comprende el error. En fin, la familia es esa luz “divina” -por ello teológica- que brilla en la oscuridad del egoísmo o en las penumbras de este mundo que insiste en amarse asimismo. La familia no se contrapone a la sociedad sino que la ilumina engrandeciéndola porque es su fuente, su matriz, su génesis, su célula, su fuente de espiritualidad. Es ella -sin lugar a dudas- esa célula básica o unidad viva que estructura a toda relación ciudadana que sobreviene instituyéndose en una u otra nación.

El ethos social de la familia

Francisco, insiste en ese lenguaje siempre nuevo que la familia enseña. Su ley será siempre la del amor que crea más amor. Su poder no radica en la promoción de la muerte (tánatos) de la relación sino en la creación de un mayor vínculo (ágape). La familia conforma ciudadanos con una relación vivaz cargada de espiritualidad familiar cuya cotidianidad social es la gracia de vivir fecundando la comunión diaria. Por tanto, el amor familiar no es un afecto privado ni un mero sentimentalismo sino un ethos social que vigoriza la fragilidad humana. Su deseo es custodiar mas no descartar ni excluir a nadie. Su deseo es que la persona se comprenda así misma sin una actitud instrumentalista sin mirar al otro como un mero objeto. Es, una vez más, el amor casero (el de familia) la revelación de esta verdad: la dignidad de ser personas. Esta dignidad pasa en la convivencia de ser tratados como ciudadanos de una única familia de una misma nación. Por lo tanto, gracias a este ethos se hace posible revertir esa forma clásica de universalizar el juicio negativo de etiquetar al otro como un extraño, un ser peligroso, un rival a superar o un mal social que se proyecta descartar o expulsar e incluso suprimir.

Aquel día en la Plaza de San Pedro cuando Francisco les hablaba a sus fieles así como se hablan los amigos íntimos: de corazón a corazón, deduje haber captado su sueño sinodal. Sueña él con que la familia reviva en la sociedad esa sensibilidad empática hacia el otro: de encuentro, de gratitud, de compasión, de justicia, de solidaridad y fraternidad. Un espíritu familiar que no puede morir jamás. Sueña con que entiendan todos que sin el aporte del valor de la familia las políticas públicas no madurarán en su máxima potencia. Sin la familia, la sociedad, ni tampoco la Iglesia, se descentrará de sí misma. Sin su presencia se debilitará el vínculo fraterno. Ser familia es ser fraternos, y no algunos, sino todos, porque así naturalmente brota la comunión familiar. Si la sociedad necesita transformarse en algo mejor con algo más de esperanza y quizá algo menos de violencia, esto será posible solo si la sociedad acoge la esperanza de ser salvada familiarmente, sin distinción alguna, siendo agradecida por haber sido creada antes de crear.

 

(*) Ingeniero y filósofo.

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LOS INICIOS DEL PARLAMENTARISMO PERUANO: Bicentenario del Congreso de la República

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1271

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Escribe: Freddy Centurión González (*)

Habiendo proclamado la independencia del Perú el 28 de julio de 1821 (aunque en rigor, solo se controlaba los territorios de las antiguas intendencias de Trujillo y Lima, además de Jaén y la comandancia general de Maynas), el general José de San Martín resolvió asumir provisionalmente el mando del nuevo país con el título de Protector el 3 de agosto, estableciendo los primeros ministerios (Gobierno y Relaciones Exteriores, Guerra y Marina, y Hacienda y Comercio).

El 8 de octubre, el Protector promulgó un Estatuto Provisorio para delimitar sus atribuciones y garantizar el desenvolvimiento de las actividades cotidianas, asumiendo las atribuciones ejecutivas y legislativas, absteniéndose de entrometerse en los asuntos judiciales. El Estatuto fijaba su vigencia “hasta que se declare la independencia en todo el territorio del Perú, en cuyo caso se convocará inmediatamente un Congreso general que establezca la Constitución permanente y forma de Gobierno que regirá en el Estado”.

El Protectorado sanmartiniano fue importante por iniciar el debate sobre la forma de gobierno (entre las ideas monárquicas y las ideas republicanas), por asegurar una cierta seguridad jurídica (al mantener vigentes las leyes españolas que no se opusiesen a la independencia, hasta que el Perú pudiera dar sus propios códigos), y por sentar las instituciones sobre las cuales se construiría el Estado Peruano (ejército y marina, escuela normal, biblioteca nacional).

El contexto de la elección

El 27 de diciembre de 1821, el Protector San Martín convocó a elecciones para un Congreso Constituyente, encargado de establecer la forma de gobierno del naciente Estado Peruano y de elaborar la Constitución “que mejor convenga al Perú según las circunstancias en que se hallan su territorio y población”, mismo que se reuniría el 1° de mayo de 1822. El decreto aclaraba que los poderes dados por los pueblos a los diputados, “se contraerán exclusivamente á estos objetos y serán nulos los que se excedan de ellos”. El decreto estableció, además, que se crearía una comisión para presentar un adecuado plan de elecciones y un proyecto de Constitución.

Sin embargo, como la comisión no logró presentar los proyectos esperados, el Supremo Delegado José Bernardo de Tagle, por decreto del 27 de abril de 1822, postergó la reunión del Congreso para el 28 de julio. Tampoco se pudo instalar el Congreso esa fecha, debido al retraso surgido por la entrevista de Guayaquil entre el Protector San Martín y el general Simón Bolívar, presidente de Colombia. El 19 de agosto, el Protector desembarcó en el Callao, enterándose de los sucesos acontecidos en su ausencia, especialmente la caída de su autoritario ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, Bernardo Monteagudo. San Martín, que venía decidido a retirarse del Perú tras su conversación con Bolívar, ratificó su decisión, y por decreto del 18 de septiembre, fijó la reunión del Congreso para el 20 de septiembre.

Con anterioridad, el Supremo Delegado, por decreto del 15 de junio de 1822, y hasta que se construyese un edificio a propósito para las labores del Congreso, destinó a tal función el edificio de la Universidad de San Marcos, institución que se trasladaría provisionalmente al colegio de San Pedro.

Al final, sobre la base de los datos poblacionales de 1797, se estableció que habría un diputado por cada 15 mil personas. La elección fue indirecta, y en el caso de las provincias aún dominadas por las fuerzas realistas, se optó por elegir diputados suplentes entre los nativos de esas provincias residentes en Lima. Fueron elegidos 79 congresistas propietarios y 38 suplentes. De los diputados electos, 14 eran extranjeros: nueve grancolombianos, tres rioplatenses, un chileno y un altoperuano. La mayor parte de representantes fueron abogados y eclesiásticos, con reducido número de militares.

Por el departamento de Trujillo, fueron elegidos 15 diputados titulares y 7 suplentes. Representaron al partido de Lambayeque, los abogados Justo Figuerola y Estrada, Mariano Quesada y Valiente, y Pedro Antonio López Vidaurre; los dos primeros como titulares, el último como suplente. Ninguno estuvo presente en la sesión inaugural del 20 de septiembre de 1822, incorporándose al Congreso en los siguientes días: Figuerola el 17 de octubre y Quesada el 15 de noviembre.

La instalación del Congreso

El viernes 20 de septiembre de 1822, los 51 diputados que se encontraban en Lima, se dirigieron al antiguo Palacio virreinal. Luego, acompañados por el Protector, se dirigieron a la Catedral donde escucharon la misa de acción de gracias a cargo del deán Francisco Javier de Echagüe, quien exhortó a los diputados sobre el rol de la fe y el juramento que prestarían. Tras el sermón, el ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, Francisco Valdivieso, leyó la fórmula del juramento: “¿Juráis conservar la santa religión católica, apostólica, romana, como propia del Estado; mantener en su integridad el Perú; no omitir medio para libertarlo de sus opresores; desempeñar, fiel y legalmente, los poderes que os han confiado los pueblos; y llenar los altos fines para que habéis sido convocados?”. Los diputados juraron, después de lo cual, pasaron de dos en dos a tocar las Sagradas Escrituras. Para finalizar el acto, el Protector San Martín añadió: “Si cumpliereis lo que habéis jurado, Dios os premie; y, si no, Él y la Patria os lo demanden”.

A continuación se entonó el tedeum, mientras en la plaza mayor, la artillería saludó con una salva de 22 cañonazos, repetidos en el Callao por los cañones de la fortaleza del Real Felipe y los buques de la escuadra. Culminada la ceremonia en la Catedral, la comitiva se dirigió al local de la Universidad de San Marcos, situada en la plaza de la Inquisición, en medio del repicar de las campanas de la ciudad y de la lluvia de flores desde los balcones. La tropa apostada en el trayecto presentó armas a los representantes.

El adiós de San Martín

Dentro de la capilla de la Universidad, el Protector se sentó bajo el dosel central, en compañía del coronel Guido, ministro de Guerra, y del doctor Valdivieso, ministro de Gobierno, y aguardó a que los 51 diputados ocupasen sus asientos. Solemnemente, el Protector se desprendió de la banda bicolor que cruzaba su pecho, y la depositó en la mesa: “Al deponer la insignia que caracteriza al Jefe Supremo del Perú, no hago sino cumplir con mis deberes y con los votos de mi corazón. Si algo tienen que agradecerme los peruanos, es el ejercicio del supremo poder, que el imperio de las circunstancias me hizo obtener. Hoy, que, felizmente, lo dimito, yo pido al Ser Supremo el acierto, las luces y el tino que esta asamblea necesita para hacer la felicidad de sus representados”, y añadió con voz potente: “¡Peruanos: desde este momento queda instalado el Congreso Soberano, y el pueblo reasume el poder supremo en todas sus partes!”.

Tras unos instantes de silencio, desde las galerías se escuchó un “¡Viva el Libertador del Perú!”, grito coreado por la concurrencia, mientras el general San Martín depositaba seis pliegos lacrados en la mesa, y salía de la sala, acompañado por sus exministros y seis diputados. En la calesa palaciega, San Martín se dirigió a Palacio de Gobierno por última ocasión, recogió sus papeles y objetos personales, y se dirigió al pueblo de la Magdalena.

La primera sesión del Congreso

Mientras San Martín se alejaba de la plaza de la Inquisición, el Congreso procedió, a propuesta del doctor Francisco Javier Mariátegui, a instalar una mesa momentánea para presidir el Congreso hasta elegir la mesa definitiva. Por aclamación, se designó al viejo maestro de San Carlos, Toribio Rodríguez de Mendoza, y al vehemente “solitario de Sayán”, José Faustino Sánchez Carrión, como presidente y secretario, respectivamente. Por 48 votos, se eligió presidente del Congreso al sacerdote Francisco Javier de Luna Pizarro, vicepresidente al conde de Vistaflorida, Manuel Salazar y Baquíjano, y como secretarios a Sánchez Carrión y a Mariátegui.

Ya en la curul de la presidencia, Luna Pizarro se puso de pie y proclamó: “El Congreso Constituyente del Perú queda solemnemente constituido e instalado; la soberanía reside en la Nación, y su ejercicio, en el Congreso, que legítimamente la representa”. A continuación, se abrieron los pliegos dejados por el Protector, y tras su lectura, impuestos de su retiro, se propuso (y se aprobó) declarar al general San Martín generalísimo de las armas del Perú, al mando de las fuerzas militares, además de brindársele un voto de gracias por sus eminentes servicios a la Nación.

Finalmente, a propuesta del poeta José Joaquín de Olmedo, se ratificó la declaración de independencia. Los diputados, en medio de una lluvia de aplausos, renovaron el juramento de hacer que el Perú fuese libre, y quedase emancipado de la dominación española, así como de la de cualquier otra nación extranjera. A las cinco de la tarde, Luna Pizarro levantó la sesión, citando a los diputados para otra sesión a las siete de la noche, ese mismo día; en esa sesión, impuestos los diputados de la respuesta del general San Martín agradeciendo el título de Generalísimo, pero renunciando al mando de las fuerzas militares, se insistió en un nuevo oficio que saldría tarde, pues a las diez de la noche, el ex Protector abordaba el bergantín Belgrano. Se alejaba del Perú para siempre.

Con la salida de San Martín, concluía una administración que buscó garantizar la institucionalidad necesaria para construir un nuevo estado en medio de una situación inestable; la construcción aún era frágil, y el Protector lo intuía al invocar a la unión en su proclama de despedida. Sin embargo, los congresistas de 1822, animados por las ideas liberales opuestas a la concentración del poder, optaron (en palabras del diputado Mariano José de Arce) por considerar que “el Congreso debe retener cuanta autoridad sea dable, para hacer cumplir sus determinaciones y corriendo el riesgo de que un ejecutivo extraño aislado y separado de él, aunque hechura suya, le pueda formar un partido de oposición, como lo hizo una de las Regencias con las cortes de Cádiz”. Tal decisión tendría consecuencias en una equivoca aplicación de la división de poderes, y daría pie a golpes de Estado que darían más atribuciones al gobierno.

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(*) Abogado, investigador y docente universitario.

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ELECCIONES 2022: Reflexiones en la cola

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1271

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Es curioso lo que ocurre. Es, por lo menos, paradójico. Una minoría parece tener más poder que todas las mayorías juntas. Se ha pasado más de un año reclamando, casi pataleando, que se convoque a “nuevas elecciones”. Y resulta que las que se llevarán a cabo este domingo no serán nuevas, serán las de siempre. Las mismas (malas) elecciones de siempre.

Camino al centro de votación, usted podría llegar a la conclusión de que las encuestas no mienten. Tamaña revelación lo sorprendería. Ninguna encuesta pudo incluir a quienes terminaron ganando las elecciones. Todas tienen un margen de error bastante flexible, al parecer, porque quien anuncian como puntero termina relegado al rubro “Otros”. Igual hay que reconocerlo: las encuestas no mienten.

No mienten porque, cada cierto tiempo, vemos que el “No Sabe / No Opina” es el gran ganador de cada elección. Unido al partido independiente “Blanco / Viciado” forman la plancha ciudadana “No voto por nadie”, que ha ganado limpiamente todas las elecciones organizadas recientemente en nuestro país.

Quizá ya sabe dónde queda, pero igual busca su mesa de votación. Entonces se percata de que aquellos que están decidiendo por quién votar, suelen pensar en quién podría ganar. Ojalá fuera un anhelo legítimo de triunfar. Pero no. Queremos ganar nosotros para que no ganen los otros. Algunas veces aparecen candidaturas que cumplen con mínimos estándares de trayectoria honesta. Pero no van a ganar. Pero están abajo. Pero no la hacen. Pero no.

Ya en la cola, con la experiencia como argumento, usted tal vez recuerda que en nuestro país ganan las elecciones los que pierden las elecciones.

Antes del flash

 No hay nostalgia en reconocer que, antes, las campañas electorales duraban meses. Las plazas podían llenarse de personas dispuestas a escuchar, a conversar. No hay ninguna nostalgia, ciertamente, porque todos sabemos qué nivel de desprestigio pudo generar aquella clase política. Si no la vivimos, podemos leerla en los libros.

¿Sentiremos nostalgia algún día, por ejemplo, de las campañas actuales? Ellas parecen empezar apenas dos semanas antes, con calles atiborradas de paneles y con los canales de televisión entrevistando muñecos de campaña. Manteniendo una tradición casi colonial, sus programas dominicales solo analizan a los candidatos a la alcaldía de Lima. Ni siquiera a todos, sino a algunos. Como si no se eligieran gobernantes regionales en el norte, centro, sur y oriente. Como si no hubiera decisiones fundamentales para el devenir político a partir de lo que está en juego en costa, sierra y selva. En su día D, el cuarto poder nos ofrece el mismo panorama centralista que no conoce de punto final.

Extrañamente efusivos, los candidatos aprovechan la generosidad mediática para presentar sus “propuestas”. Fulano anuncia un mega by pass para solucionar el tráfico que generó el mini by pass. Mengano afirma que en los primeros 50 días hará lo que el alcalde anterior no pudo hacer en 1460. En su festival de ofrecimientos prometen hasta lo que está fuera de sus competencias como autoridad. Pareciera que alucinaran. “Delincuencia cero”, “seremos potencia mundial”. ¿Cómo se aplican en la realidad semejantes abstracciones?

La cola se ha estancado. La del costado es más prometedora. Uno se pregunta si podría votar en esa mesa ya que no hay nadie. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si reemplazamos los debates por una rendición de cuentas de las actuales gestiones? ¿No sería más útil que todos los candidatos elaboren una agenda única para por fin salvar a las ciudades? Imagine: el gobernante actual respondiendo a la ciudadanía por lo que hizo y sobre todo por lo que no hizo. Los candidatos de oyentes. Elaborando una agenda de consenso a partir del estado real de las cuentas. ¿Cuál es la lógica de que en cada elección tengamos que depender de la imaginación expuesta en uno o dos minutos de debate televisivo?

La cola avanza. Volvemos a la realidad. La misma donde los puestos a regidores se ofrecen al mejor postor. La de los cierres de campaña donde se reparten billetes convenientemente ocultos en cajitas de fósforo. La realidad duele y ofende. Es la ciudad de Chiclayo resignada a un entorno urbano destruido, lleno de basura. Con más de una de sus ex autoridades en prisión. O tan solo esperando su turno.

El sociólogo alemán Niklas Luhman planteaba que la desviación de las normas es el camino a la individualidad. Tal vez por ello seguimos creyendo que una sola persona será capaz de salvarnos. Un pensamiento mesiánico que fija la mirada en personas, mas no en los partidos. Evaluamos simpatías y antipatías. Queremos que gane “nuestro” candidato. Queremos ganar para que “los otros” no ganen. Y esa bendita otredad se ha ido segmentado de tal manera que cada día nos convertimos en un conjunto de tribus, todas enfrentadas entre sí. Ninguna capaz de dialogar.

¿Y qué otra cosa pueden ser las elecciones si no la oportunidad para dialogar? Esta es una virtud más que política, humana. Es la posibilidad de lograr un entendimiento que garantice la vida en común.

La cola avanzó. Estamos a punto de entrar. Tal vez la única reflexión es que podamos hablar de todo esto. Hacer catarsis, debatir si es necesario. Se empieza a hacer política cuando dialogamos. Y quizá las cosas cambien cuando seamos nosotros los que hagamos política. Cuando de verdad se vayan todos.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

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LAS PARADOJAS DE LA VIDA: Hay los que nos eligen para robarnos y los que elegimos para que nos roben

Escribe: Jorge Chávez Pita (*)
Edición N° 1271

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Sin duda, en el discurrir de nuestras vidas, fundamentalmente en el país en que vivimos, hay dos actores que sobreviven apropiándose de lo ajeno. El primero es el ladrón que pulula por las calles eligiendo a su víctima para arrebatarle su dinero, el reloj, celular y lo que pueda tener a la mano. El segundo, es el ladrón “político”, que miente y ofrece para que lo elijan para robar el bienestar, la dignidad y el futuro de las personas de su comunidad. En conclusión, el primer ladrón elige, y el segundo busca que lo elijan – en ambos casos – para robar.

Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra ironía es una expresión que da a entender algo contrario o diferente a lo que hacemos o decimos, en ese contexto, lo irónico del hecho es que mientras al ladrón callejero la policía lo persigue y la justicia lo juzga para encarcelarlo, al “político” ladrón, sus compinches y prole familiar lo esconden, protegen y lo desaparecen fácilmente al más mínimo descuido.

Lo anecdótico de esta contradictoria actuación se da en cuanto al ladrón que roba por las calles lo que encuentra, se le encarcela y libera para que siga cometiendo sus fechorías, mientras tanto, al político que roba los dineros del Estado con codicia facilista, si bien en algunos casos va preso por unos meses, en otros, es guardado en su morada bajo el manto del confortable mandato del “arresto domiciliario” que, al final, termina siendo una sanción preventiva plagada de confort, para luego de ser cumplida,  volver a cometer sus tropelías tan igual que el choro callejero.

Reflexiones subyacentes

Leía hace un tiempo una reflexión a la medida de del quehacer político. Al respecto dicha reflexión como tal nos quiere decir que “La política no es una profesión para hacer plata; el que quiera enriquecerse que se vaya al comercio o a la industria”. Bajo este concepto, se podría agregar que el que quiere ser rico no debe meterle la mano al bolsillo de los más pobres como un vil carterista, cobarde y despiadado.

En ese mismo sentido, el discurso reflexivo continúa asintiendo que, quitarle lo poco apreciable de sus vidas que les queda a los humanos como un rezago de un engaño sistemático – hoy electorero - para arrebatarle su precario bienestar, es como quitarle el balón de oxígeno al ser humano que está agonizando y luchando por sobrevivir. En esa misma línea, es digno citar a George Orwell quien decía que “El pueblo que elige ladrones no es víctima, es cómplice”, por eso es que tenemos en estos tiempos, ha personajes que buscan denodadamente ser autoridad.

La verdad no es igual a la credibilidad

Los discursos proselitistas en época electoral, podrían ser verdad cuando los candidatos de ocasión comparan la degradante situación en la que encuentra el lugar donde pretenden ser autoridad, más no es creíble cuando con engaños y malas mañas,  pretenden cautivar al elector haciéndole creer que su gestión no será corrupta, sino honesta a plenitud, cuando bien se sabe que a pesar que su pregón podría ser verdad, pero no es certero para determinar su credibilidad, máxime si es sabido que la corrupción es la cultura de ganar plata informalmente y con facilidad, y que este mal endémico está arraigado y legalizado en el aparato político y en la mayoría de los estamentos gubernamentales del país donde ellos buscan ser autoridad cueste lo que cueste.

En este punto es digno de resaltar una reflexión viviente dicha por Carlos Gaviria Díaz, quien sabiamente señaló: “El que para llegar paga, llega para robar”, manifestándose a reglón seguido, “Cuando un candidato invierte millones y millones en su campaña: No es candidato, es un empresario y como empresario cuando sea autoridad solo pensará en sacar lucro, provecho y en lo que menos pensará… será en la gente”. Razón tenía Carlos.

El vil engaño electorero

La inverosímil campaña electoral está por culminar, los pregones, los desvelos  imparables son cada vez más fuertes y marcados, aunado a ello, el compulsivo deseo de adquirir poder de hoy para mañana con el alma en estado de descomposición, impulsa a los candidatos a ofrecer lo que no deben como una película repetida y aburrida, que al final  a uno de ellos les permitirá ser elegido autoridad, sabiendo que el cargo logrado será su útil herramienta para desfalcar los dineros y seguir traicionando la ilusión de aquellos que incluso votaron por él.              

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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.

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ELECCIONES MUNICIPALES Y REGIONALES: La hora de las definiciones

Escribe: Juan Vejarano Vergara (*)
Edición N° 1271

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  • Este 2 de octubre la ciudadanía renovará a las autoridades de los gobiernos subnacionales.

Más de 24 millones de ciudadanos asistirán a las urnas este domingo 2 de octubre para elegir a sus nuevos alcaldes y gobernadores regionales. La campaña electoral ha sido fría, con escaso involucramiento de la mayoría de la población, que ha estado pensando más en conseguir el sustento diario para sus familias que en las elecciones. La ciudadanía debe estar alerta, porque los doce partidos nacionales que participan llevan en sus listas a candidatos con investigaciones fiscales por casos de corrupción o tienen expedientes abiertos en el sistema de justicia. Ante estos escenarios tan deprimentes y pesimistas, la madurez y sensatez del elector será trascendental, por ello es obligación ineludible emitir un voto reflexivo, bien pensado y con criterio de conciencia para que no haya arrepentimientos futuros.

El cierre de campaña de los candidatos que postulan a las elecciones regionales y municipales terminó siendo sido un tanto fría, como el tiempo que nos ha acompañado en este duro invierno. Después de cuatro meses de labores proselitistas ha llegado la hora de la verdad, la hora de las definiciones. Este domingo 02 de octubre más de 24 millones de ciudadanos elegirán a sus nuevas autoridades municipales y regionales en todo el país, para los próximos cuatro años. En el rush final los aspirantes hicieron sus máximos despliegues para llegar con sus propuestas al mayor número de electores, para ello no escatimaron esfuerzos en recorrer plazas y mercados, realizar caravanas y mítines con grupos musicales para captar a esos potenciales votantes. No se sabe si al final estas estrategias de campaña les rindan los réditos que esperan, pero de lo que sí pueden estar seguros es que el apoyo que reciban en las urnas los comprometerá a asumir con altura y gran responsabilidad el cargo que desempeñarán a partir de enero de 2023. Todo hace prever que habrá segundas vueltas en varios gobiernos regionales y municipales (no superan el 30%), y allí empezará una nueva campaña -de corto aliento-, donde seguramente prevalecerán las alianzas electorales, bajo acuerdos políticos “convenientes” para ambas partes. Lo importante en esta instancia es llegar al poder cueste lo que cueste, no importa si en ese propósito hacen un pacto hasta con el diablo.

Ausencia peligrosa

Un eslabón de suma relevancia en toda campaña política es el electorado, que es finalmente quien elige con su voto a sus autoridades. Sin embargo, en este cometido el gran ausente ha sido el ciudadano de a pie, esa población mayoritaria que no ha estado enchufada con la campaña, y que está pensando más en cómo conseguir el sustento diario para sus familias y hacer frente a la crisis económica antes que en las elecciones. Incluso, hay un inmenso bolsón de pobladores que hasta hoy no sabe quiénes son los candidatos; y lo más probable es que ellos decidan su voto el mismo domingo formando la cola en su local de sufragio. Pero esta apatía al final puede resultar muy dañina para la sociedad, porque si el protagonista principal de este proceso -es decir, el elector- no ha mostrado interés por conocer el pasado y el presente de los postulantes de su jurisdicción, si éstos tienen cuentas pendientes con la justicia (investigaciones en curso), o por lo menos saber a qué partido representan y cuál es su doctrina ideológica, lo más probable es que el día del plebiscito endosen su voto al candidato menos adecuado, al menos malo, o aquellos oportunistas que solo esperan el momento para trepar a la esfera del poder político. Y eso es lo que se debe evitar, porque ese tipo de escenarios ya lo venimos padeciendo hace muchísimo tiempo, y hasta hoy no aprendemos la lección. Por ello, es un deber moral y cívico votar con criterio de conciencia y con una elevada cuota de responsabilidad.

Cuotas de poder

Los grandes causantes para que el común de los peruanos mire a la política como algo nauseabundo y repugnante, recae fundamentalmente en la decrépita clase política que tenemos, con partidos sumidos en una crisis de orden ético, moral e ideológico, cuyos líderes han perdido todo tipo de credibilidad y confianza por sus actos de deshonestidad y sus ambiciones desmedidas por ganar cuotas de poder, porque saben que así tendrán dominio sobre las personas, instituciones y las conciencias. Esta situación se ha vuelto endémica en los últimos cuarenta años, los caudillos-propietarios de los partidos son incapaces de cambiar esta mala percepción ciudadana sobre la política y han dejado que la crisis se siga agudizando y los siga debilitando como organización. Los caudillos no tienen la calidad moral, ni la voluntad y el compromiso para emprender un cambio radical en la forma de hacer política, con decencia y dignidad, anteponiendo el bien común a intereses particulares o de grupo. Desde el Congreso, donde está representada la partidocracia, se ponen trabas a la reforma política y prefieren seguir con las mismas taras, porque a los líderes de esos partidos les conviene que todo continúe igual, que la impunidad y los actos deshonestos sean moneda corriente para ellos. Una reciente encuesta del Instituto de Estudios Peruanos sobre qué líder político representa mejor a los peruanos, reveló que el 50% de entrevistados dijo que ninguno, un 18% no sabe/ no opina, mientras que el 6% votó por Pedro Castillo, 4% por Antauro Humala, empatados con 3% figuran Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y Martín Vizcarra. Con 1% y menos de ese porcentaje están Aníbal Torres, Daniel Urresti, Hernando de Soto, Francisco Sagasti, George Forsyth, Verónica Mendoza, César Acuña, etc. Esto ratifica el rechazo de la gente hacia los políticos y la carencia de un liderazgo sostenido.

A estar alertas

No es un dato menor que para estos comicios regionales y municipales los doce partidos nacionales que participan llevan en sus listas a candidatos con investigaciones fiscales por casos de corrupción o tienen expedientes abiertos en el sistema de justicia. La desesperanza y el pesimismo se instala en el colectivo ciudadano cuando se advierte que excongresistas, exalcaldes, exgobernadores, insisten con volver al Estado reciclados por organizaciones políticas que actúan como vientres de alquiler y acogen en sus filas a tanto impresentable. Ello demuestra que la clase política sigue sin aprender de los errores del pasado y persiste con esta vieja práctica del borrón y cuenta nueva. Prefieren alojar en su seno a los dinosaurios de la política antes que dar oportunidad a nuevas generaciones, a nuevas ideas. Estos escenarios son indignantes y provocan desazón en la ciudadanía. ¿Qué pasó con los filtros que supuestamente tienen los partidos para evitar que gente prontuariada sea considerada en sus listas?, ¿O como de costumbre, ha primado el tema económico antes que colocar a gente calificada y competente para estos cargos? Así ha funcionado la política todos estos años, ubicando en las listas electorales al mejor postor, sin importar si el candidato reúne el perfil deseado. Los partidos no hacen un mea culpa con sinceridad para rectificar rumbos y dejar atrás prácticas retrógradas, porque todos (dirigentes) tienen rabo de paja, todos cargan una pesada cruz.

Responsabilidades

Ser elegido alcalde o gobernador demanda una enorme responsabilidad y compromiso consigo mismo y con sus electores, pues se convierten en las primeras autoridades de un territorio por el cual deben velar siempre, trabajando con honestidad y transparencia para desterrar cualquier signo de corrupción. Estas autoridades de los gobiernos subnacionales tienen que ser gestores por excelencia, para obtener presupuestos del Estado y ejecutar las obras vitales que exigen sus ciudades para encaminarlos hacia su desarrollo. Pero no solo se requiere ser un buen administrador de los recursos públicos, sino que las gestiones sean totalmente diáfanas, que los tentáculos de la corrupción no los atrapen a medio camino, y muestren apertura a los órganos de fiscalización, porque solo así un gobierno se transparentará. Es indispensable que las nuevas autoridades se rodeen de funcionarios probos, capaces y proactivos que coadyuven a mejorar y a fortalecer la administración municipal o regional, porque ello les garantizará éxito. Las nuevas autoridades tienen que defender su honor y dignidad siempre, que su nombre no se mancille con dinero mal habido, y no terminen presos como tantos alcaldes y gobernadores por enriquecerse ilegalmente con los recursos del Estado. No envilezcan la política más de lo que ya está, hay que procurar enaltecerla con acciones positivas, porque ello reconfortará más a nuestra amenazada democracia.

Voto meditado

Ante estos escenarios tan deprimentes y sombríos, la madurez y la sensatez del elector es trascendental en estos procesos, pues su voto es de suma importancia para cambiar estas realidades complejas y dolorosas, porque los aventureros de la política solo esperan una oportunidad para llegar al poder. Si no queremos tener como autoridades a personajes improvisados e incompetentes, que no reúnen el perfil técnico para ser alcalde o gobernador, entonces estamos en la obligación ineludible de emitir un voto reflexivo, meditado, con criterio de conciencia y sin apasionamientos, para no arrepentirnos más adelante. Ejercer el derecho al voto de manera libre y voluntaria es crucial para mantener una democracia justa, por ello este 02 de octubre hay que asistir masivamente a las urnas para renovar nuestro espíritu democrático y ser parte de los cambios que necesita nuestra sociedad con autoridades renovadas y calificadas.

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(*) Licenciado en Ciencias de La Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.

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