Desde sus años de formación como biólogo en la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo - UNPRG, Jorge Luis Chanamé Céspedes ha recorrido las playas y ecosistemas costeros de Lambayeque y el Perú con una preocupación constante: entender cómo las actividades humanas están transformando el mar peruano y qué consecuencias tendrá ello para las generaciones futuras. En diálogo con Expresión, el investigador y docente universitario cuestiona cómo las decisiones de las autoridades, el crecimiento urbano y la expansión agrícola han afectado al medioambiente.
Pero, además, cuenta un hecho importante que marcó su vida y cuya vivencia la traslada hoy a las aulas universitarias: haber participado como expedicionario en la Antártida a inicios del nuevo mileno.
Aguas servidas y la contaminación
En el plano de la contaminación, Chanamé Céspedes señala que los drenes y canales que fueron diseñados para controlar la napa freática e irrigar los campos agrícolas hoy funcionan como colectores de aguas residuales domésticas, agrícolas e industriales. Todo ese flujo termina desembocando en el mar, afectando directamente la franja costera y la calidad de las playas.
“Desde que era estudiante he recorrido todo el litoral y la preocupación más grande que existe actualmente son las aguas servidas. Estudios de la ANA determinan que hay casi 300 puntos a lo largo de la cuenca del río Chancay y todo eso llega a Boró, a Tinajones, y de allí tomamos nuestra agua”, advierte el especialista, quien agrega que la mayoría de playas no está en buenas condiciones, lo cual se refleja en la presencia de coliformes (restos fecales).
“Si uno transita de Pimentel hasta San José encuentra salidas de aguas servidas con olores terribles que afectan al mar y su línea costera”, señala.
Jorge Chanamé explica que, aunque las corrientes marinas ayudan a dispersar parte de la contaminación, el incremento de la población y la falta de mantenimiento de las pozas de oxidación hacen que el problema se agrave. A ello se suma la presencia de metales pesados provenientes de talleres informales, así como residuos químicos de la agricultura intensiva.
“Todo va llegando al mar: insecticidas, herbicidas, metales pesados. Al final tenemos un basurero en el mar, y eso afecta las zonas de reproducción de peces juveniles y estados larvarios”, afirma.
Microplásticos: la contaminación invisible
Más allá de los desechos visibles, Chanamé alerta sobre una amenaza menos perceptible, pero más persistente: los microplásticos. Estas diminutas partículas, producto de la degradación de plásticos y fibras sintéticas, ya forman parte del interior de los organismos marinos y se acumulan a lo largo de la cadena alimenticia.
“Cada vez que hacemos estudios y abrimos la cavidad visceral de los organismos encontramos partículas de plástico. El gran agente de daño es el microplástico, porque las especies marinas juveniles lo confunden con el plancton y lo ingieren”, explica.
El investigador pone como ejemplo la ropa de uso cotidiano. Hoy, gran parte de las prendas están hechas de fibras sintéticas que desprenden pelusas en cada lavado. Estas terminan en los desagües y, finalmente, en el mar, donde son ingeridas por organismos microscópicos.
“Ese espécimen pequeño, durante todo su desarrollo, va acumulando plástico. Luego viene un depredador, se lo come, y así se va magnificando el microplástico. Eso incrementa la mortalidad de las especies”, advierte.
Indica que la gravedad del problema se confirma con estudios recientes que han detectado microplásticos incluso en organismos de la Antártida, lo que demuestra que se trata de una contaminación global asociada directamente a los hábitos de consumo humano.
Ecosistemas fragmentados
Pero el impacto ambiental no se limita al mar. El investigador describe cómo el crecimiento agrícola y urbano ha fragmentado ecosistemas terrestres, reduciendo los espacios naturales de aves, insectos y otros animales que cumplen funciones clave como la polinización y el control biológico.
“Hace unos años fui a Motupe a ver a unos familiares y me dijeron que estaban en el campo con los trabajadores que estaban polinizando. Yo me quedé muy sorprendido. ¿Y las abejitas? ¿Y los insectos? Me pregunté. Hoy hay cultivos donde ya no hay abejas ni aves y se tiene que polinizar flor por flor. Eso muestra el impacto enorme que tiene la pérdida de ecosistemas”, relata.
En el ámbito marino, menciona el caso del tiburón martillo, especie catalogada en peligro de extinción, cuya captura incidental sigue generando conflictos entre pescadores y autoridades. La falta de articulación entre regulación, fiscalización y los pescadores alimenta prácticas ilegales y comercio informal.
“Hay especies que no se quieren capturar, pero caen en las redes. El pescador entra en conflicto, vienen las multas, pero no se soluciona el problema de fondo”, explica Chanamé, quien cita como ejemplo el caso de Ecuador, donde está prohibida la pesca de este ejemplar, pero lo traen como contrabando al Perú.
El especialista destaca también el trabajo realizado desde la academia y organizaciones civiles para promover áreas protegidas, corredores biológicos y una mayor conciencia sobre la conservación de especies, especialmente en zonas marinas y costeras del norte del país.
La experiencia Antártida
De otro lado, cuenta que la experiencia de viajar a la Antártida marcó un antes y un después en su formación científica. Participó en la XI Expedición Científica Peruana a la Antártida, en el año 2000, siendo uno de los primeros egresados de la UNPRG en integrar una misión de ese nivel. Estar en ese entorno extremo le permitió comprender de manera integral el funcionamiento del planeta.
“Estar en la Antártida te hace entender cómo funciona la Tierra, cómo se conectan los ecosistemas. Es una experiencia que marca”, recuerda.
Hoy observa con orgullo que varios de los egresados de su casa de estudios también han participado en expediciones científicas y ocupan cargos importantes en áreas naturales protegidas del país. Destaca, además, que los nuevos planes curriculares incorporen de manera obligatoria asignaturas vinculadas al ambiente y al desarrollo sostenible.
Para el biólogo, el desafío ahora es lograr que ese conocimiento se traduzca en decisiones políticas, presupuestos adecuados y acciones concretas. El cuidado del medioambiente, señala, no es un tema accesorio, sino la base sobre la cual se sostiene la vida y el desarrollo.
“Cualquier político, cualquier gobernante, debe pensar en la parte ambiental. Es nuestra casa. No podemos negarnos al desarrollo, pero sí buscar un equilibrio”, enfatiza.
Finalmente, exhorta a los jóvenes y futuros profesionales a incorporar la variable ambiental en cada proyecto, emprendimiento o decisión. Para él, detener el avance del deterioro ambiental es una tarea colectiva que empieza con la conciencia y se consolida con la acción informada.
“Que la palabra ambiente esté siempre en sus neuronas. Esa es la tarea de nuestros jóvenes: cómo hacer que nuestra tierra no se pierda tan rápido”, concluye.
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