El día en que el mundo se enteró que el papa era peruano o nacionalizado peruano nadie podía creerlo, las fotos a su lado invadieron viralmente en las redes sociales y los memes hicieron lo propio para demostrar no solo el cariño papal, sino que La “Ciudad de la Amistad” estuvo en el inaugural mensaje en el Vaticano. Se contaron historias e historias sobre las formas de vivir, en fe, en cualquier rinconcito peruano, el énfasis sobre el desarrollo de la identidad y cómo se ha construido se define de este modo, es decir, en la histórica ventana del Vaticano tuvo que decir la palabra Chiclayo y, con ello, todo lo que comió el papa. La sobredosis de propaganda de todo tipo y medio mundo no tuvo control para decir todo lo que había comido León XIV, no sé si fue buena o mala estrategia de marketing, lo único que sé es que vivir la identidad desde un ángulo del lado humano solo fue coyuntural y emocional para un lugarcito como Chiclayo y sus problemas.
Resulta que el frito chiclayano ha sido la recurrencia de León XIV en un viejo restaurante, cuya historia de las Américas ha quedado en el paladar de quien visita nuestra ciudad. La identidad desde el significado y la querencia de lo que existe se define como una fuerte dinámica para explicar cómo somos desde cuando disfrutamos un plato típico y cómo somos cuando estamos lejos de la exquisitez. La identidad, entonces, consiste en la reciprocidad con lo experimentado, en este caso, el disfrute del frito tan típico como exquisito. Resulta que la identidad es la resultante de la valoración de las diferencias humanas bajo cualquier distingo.
Nuestras diferencias hacen que tengamos o hayamos desarrollado identidad, nuestros rasgos son tan propios que nos hacen diferentes, por tanto, buscar la igualdad y creer en la identidad sin diferencias es una locura que no se advierte cuando nos distinguimos. Las formas didácticas son, en la actualidad, una serie de recomendaciones para saber respetar o considerar las diferencias de nuestros semejantes. No dudamos que el papa y su cocinera, la afortunada ciudadana tacneña, tengan que investigar cómo se prepara el frito o las tortitas de choclo, puesto que son exigencias papales.
Comida e identidad
La identidad, desde las tortitas de choclo con cebichito —«más que sea» de pota, decía el cholo— y una Inka Kola como a las 11 de la mañana, aunque a solas tiene el mismo arraigo popular en la identidad de cualquier ciudadano que se queda unos días en Chiclayo, de imaginarse el tiempo que se quedó León XIV. La divina comida y el divino paladar se han convertido en el ingreso delicado y sutil de la dosis de identidad humana, porque forma parte de uno, con ello el concepto de individualidad no es el mismo, porque en buena cuenta diríase: el frito de León XIV o León XIV y sus tortitas de choclo. La dualidad entre el ser humano y lo que ha creado como el frito o las tortitas de choclo en cualquier lado y las formas de presentarlo significa una construcción social que puede llamarse identidad.
En la voz de la trujillana Carmencita Lara: sábados era el frito, los domingos era la causa, los lunes el espesado y los martes el cabrito. Luego, en la misma melodía las dualidades: el frito con yuca, la causa con su camote, el espesado con su pescado, el cabrito con su clarito. Salud. A todo esto, no me imagino que León XIV se haya enterado de que el frito es chiclayano en la voz de una trujillana; sin embargo, por sus lares liberteños, también existe el frito con mote, pero es una satisfacción que a León XIV le guste el frito chiclayano y cuando regrese siempre vaya al restaurante tan querido de las Américas. La identidad es la dualidad por naturaleza creada y recreada que busca caracterizarnos en un tiempo y espacio determinados, porque si el frito es el plato preferido de León XIV, no dudamos de que el cabrito lo sea de muchos, o es que la tortita de choclo solo sea de la mañana y que León XIV repita las veces que quiera.
Deja tu Comentario