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LA INDECENCIA DESBORDADA EN LAMBAYEQUE

Escribe: Jorge Chávez Pita (*)
Edición N° 1412

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Los parámetros de la honestidad y probidad en la región Lambayeque se encuentran desbordados. Hay una olla pestilente donde se cocina inmoralidad, impureza, deshonestidad, desvergüenza, obscenidad, procacidad, grosería, porquería, canallada y cuantos más elementos constitutivos que conforman un alimento venenoso para la población lambayecana, que ve cómo sus autoridades y el aparato operador de una gestión perversa se enriquecen con total impunidad.

La percepción que tiene la ciudadanía sobre el actuar de sus autoridades y los funcionarios que las acompañan, es que estos principalmente son corruptos y, por decir lo menos, ineptos e ineficientes para manejar los destinos de la circunscripción que les corresponde. Es por ello que cada vez que estos personajes, seudo moralistas, son identificados, son repudiados y mirados con un desdén absoluto como si fueran ladrones de cuatro esquinas o delincuentes comunes, que lo mejor que hacen es desfalcar los dineros del erario nacional.

Cada vez son más

Pareciera que en el Perú los indecentes cada vez son más. Esta gavilla de insanos personajes se va enquistando principalmente en el aparato estatal, multiplicándose como un virus letal que daña conciencias, mata ilusiones y arrebata lo más preciado de un ser humano, que es su dignidad. Estos sujetos, enfermos con el síndrome de enriquecerse de esta manera vil, no hacen sino atornillarse en los lugares mal olientes donde la podredumbre impera y la indecencia es su mejor carta de presentación.

Sus justificaciones sin sustento

Normalmente cuando la autoridad es sometida al escrutinio público o en el mejor de los casos emplazada por el aparato encargado de impartir justicia, lo primero que proclama es su inocencia a carta cabal, manifestando que corruptos no son, desmarcándose del hecho delincuencial advertido, con la trillada justificación que no tienen responsabilidad y, si las hay, son sus funcionarios encargados de cometer el hecho corrupto, porque, según estos sujetos, ellos no son los encargados de contratar ni supervisar las tropelías que sus funcionarios de confianza cometen, por lo tanto, ellos son inocentes y nada tienen que ver. ¡Gran mentira universa!

Real dimensión

Hoy en día, la miserabiliddad a la que han llegado los indecentes, supera fácilmente a la obstinación inconsecuente de robar cuánto dinero encuentren en las arcas del Estado, tal es así que las formas indebidas para lograrlo se van perfeccionando para sacarle la vuelta a la ley, que muy bien calza con el refrán “hecha la ley, hecha la trampa”. Qué duda cabe, si esta acepción plagada de indecencia pura, no es nada más ni nada menos que un insulto a la inteligencia de las personas y una afrenta a la dignidad humana.

En primer orden debo pedir disculpas a los lectores, por el contenido quizás altisonante y exacerbado de este artículo, lo cual, sin ser una justificación irrebatible, me genera indignación por la forma indebida como los valores se trastocan y la moralidad se soslaya sin reparo alguno, llegando incluso a la denigración de nuestra condición humana, cuando percibo estando en las entrañas de la inmoralidad y la corrupción que impera en nuestra región - claro está por la labor que realizo -, percibo cómo el robo sistemático se desboca arrasando con todo lo que encuentra a su paso, producto del accionar de gente indecente que lo único que sabe es robar. Mil disculpas.

(*) Consultor en Contrataciones del Estado.

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