Ciertamente, a mi paso furtivo y muy breve por la vieja Manhattan tuve la oportunidad de cruzar una de las tantas avenidas llenas de latinos vendiendo limones mexicanos, que más parecen naranjas que otra cosa. Sin embargo, al cruzar la calle, sientes que los fierros crujen desmedidamente, pareciera que son ráfagas del viento en tiempos de pistoleros en el viejo oeste.
Miramos hacia el cielo y una telaraña de fierros colmados de óxido que han perdido la forma de los acerados pernos que sostienen semejantes estructuras metálicas para que dé pase a los trenes en tan concurrida calle americana. Pareciera que se trata de los nostálgicos trenes vintage que aparecen en Navidad con destino a Houston. Con esta breve paranoia ferroviaria, me queda claro que la vejez de los fierros vagones es sinónimo de historia y del cuidado y por ello y no tan lejano lo que un día pude ver en el metro principal de México, igual de viejo, pero con orgullo se visibiliza el «hecho en México» como si fuera una respuesta categórica al poder americano que siempre ha buscado un relleno sanitario para sus vagones que nos traen historias o locaciones de notables películas como el tren fantasma.
De piscinas a trenes
Sin lirismo ni el odiado sarcasmo, persiste el mito de los vagones del vago que quiere ser presidente, cuando no puede con una piscina ni con sus drones —que podrían explotarle en la cara—. Aún queda un poco de pudor para contrarrestar ideas nada superlativas, como la de pretender que unos vagones viejos en un país tan desordenado tengan utilidad solo porque se le ocurre a un vago que intenta renovar en lugar de recordar que pronto seremos «potencia mundial». Mientras tanto, esos vagones guardados serán finos lienzos para creativos grafitis.
En política, todo es útil porque la condición humana presenta colores peyorativos. Para un político, no somos ciudadanos, no somos pensantes. Si se levanta la voz, podemos ser zurdos o caviares. Suena feo que nos digan que somos de la derecha bruta y achorada y suena explosivamente que nos digan que somos de izquierda. Como dicen algunos, «más mejor» que seamos el espacio para la chatarra que un día tuvo auge a costa de miles y miles de chinos construyendo los primeros trenes americanos; sin embargo, ellos mismos nos han una lección de modernidad, pues lo chinos cuentan con altísima tecnología que bien quisiéramos nos den por «regalado» un tren que se mueve un poquito menos que un avión. No obstante, para el vago, seremos potencia mundial con hambre cero.
Política y juego
En política, todo se necesita, nos parecemos a niños que, con juguete nuevo, no creemos en nadie y nos parece bien que se gaste el dinero entre donaciones que no lo son, negocios con olorcillo a ignorancia, tratos comerciales que nos califican como receptores de fierros viejos que pone en vilo a los expertos en trenes donde no hay trenes, excepto el tren macho que «sale cuando quiere [de Lima] y llega como puede [a Huancavelica]», o viajar entre camélidos hasta Aguas Calientes (Cuzco) y no sentirse peruano porque los servicios dentro del tren nos discrimina. Entre vagos, vagones y vagonetas la política es el juego estratégico que nos ha desnaturalizado para solo ser el voto ansioso y paranoico. Para el político que ansía el poder, solo se evidencia que su personalidad no está lo suficientemente consolidada. Sin poder, no existe, porque padece el síndrome popular que convierte los intereses en interesados. Así, un vago disfruta «el baile de los que sobran» dentro de sus vagones de adorno metálico.
En política, cualquier ruido se acepta, cualquier acuerdo siniestro se valida por cuanto todo suma y lo que resta es de origen caviar que no posee racionalidad. El voto paranoico se vuelve lesivo, pero al mismo tiempo actúa como concubino de la democracia, cuyo hijastro es el poder destinado a ejercer otro poder. Aunque el candidato sea vago, en el tren de su laberinto disfruta, porque la necesidad se capitaliza incluso con mitos. Ser potencia mundial sería que los chinos nos regalen unos vagoncitos en lugar lucecitas de Navidad, aunque el memero se adelantó para negociar con Huawei sin pensar que podemos ser potencia mundial.
(*) Docente e investigador Renacyt. Palmas Magisteriales 2016.
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