Durante la pandemia de Covid-19, el mundo vivió un experimento social sin precedentes: una infancia encerrada. Si bien el objetivo era evitar la propagación del virus, las consecuencias para los más pequeños han sido profundas. Hoy, múltiples investigaciones señalan que ese encierro no fue inofensivo, sobre todo en el desarrollo neurológico, cognitivo, emocional y social de los niños. Estar en casa, lejos de los parques, sin escuela ni contacto con otros niños, no es solo un recuerdo curioso: es un episodio con efectos medibles en una generación que aprendió a caminar sin explorar el mundo y a hablar sin ver bocas.
Estudios globales han revelado que los niños nacidos durante la pandemia presentan puntuaciones más bajas en pruebas de desarrollo neurológico a los seis meses, independientemente de si estuvieron expuestos al virus. Esto sugiere que el entorno psicosocial –confinamiento, estrés parental, falta de estimulación– afectó su desarrollo cerebral. La neurociencia ya había advertido que el estrés materno durante el embarazo tiene impactos directos en el desarrollo infantil, y la pandemia trajo consigo una carga emocional intensa para muchas madres gestantes, con ansiedad, aislamiento y temor al contagio. Todo eso formó parte del “ambiente prenatal” de miles de bebés que nacieron en plena emergencia sanitaria.
Desarrollo del lenguaje
Una de las áreas más sensibles ha sido el desarrollo del lenguaje. Durante el confinamiento, los niños pequeños interactuaron menos con personas ajenas al núcleo familiar. Además, el uso extendido de mascarillas dificultó la observación de gestos faciales y movimientos labiales, esenciales para aprender a hablar. Aprender a hablar no solo se trata de escuchar palabras, sino de ver cómo se articulan, de leer rostros, de imitar expresiones. En países como España, se ha reportado un incremento en los diagnósticos de retraso del lenguaje en niños nacidos entre 2020 y 2021. Muchos profesionales señalan que los niños que hoy tienen tres o cuatro años pronuncian menos palabras, estructuran frases más simples o tienen más dificultades para expresarse emocionalmente que los niños de generaciones anteriores.
El cuerpo también se vio afectado. La restricción de movilidad redujo el tiempo que los niños dedicaban al juego activo, especialmente en contextos urbanos. La ausencia de actividad física al aire libre, combinada con un aumento del tiempo frente a pantallas, ha tenido un impacto negativo en el desarrollo motor. Trepar, correr, lanzarse, ensuciarse: todo eso estuvo prohibido. Niños que deberían haber estado explorando su entorno, desarrollando el equilibrio, la coordinación y la fuerza muscular, pasaron meses encerrados en casas muchas veces pequeñas, sin espacio suficiente para moverse libremente. Un estudio en Aragón, España, comparó niños nacidos antes y durante la pandemia, y encontró más casos de retrasos psicomotores en los segundos.
Salud emocional
La salud emocional de los niños también se vio alterada. En China, un estudio reportó que más del 20 % de los escolares presentó síntomas de depresión y ansiedad después de dos meses de confinamiento. Este patrón se repite en varios países. El aislamiento, el temor al contagio y la pérdida de rutina generaron un entorno emocional desfavorable para el desarrollo de la regulación emocional, la empatía y la resiliencia. El encierro no fue simplemente físico, también fue emocional: los niños perdieron vínculos, actividades, expresiones de afecto, y enfrentaron el malestar de los adultos sin muchas herramientas para entenderlo.
Aprender a compartir, negociar, pedir permiso, consolar o pedir perdón: todo eso se aprende en la interacción con los demás. Pero durante meses, los niños se vieron privados de esa práctica cotidiana. El encierro redujo drásticamente las oportunidades de socialización. Psicólogos han advertido sobre el deterioro de habilidades sociales, especialmente en niños con ansiedad social, quienes perdieron la escasa práctica que tenían. Incluso aquellos niños que inicialmente se sintieron más cómodos al no ir a la escuela, al no enfrentar situaciones sociales difíciles, hoy enfrentan un regreso complejo, donde su inseguridad se ha agudizado.
El cierre prolongado de escuelas dejó a millones de niños sin su principal espacio de socialización, estructura y contención emocional. En 2021, más de 600 millones de estudiantes seguían afectados por el cierre total o parcial de sus centros educativos. Esto no solo interrumpió el aprendizaje formal, sino también las rutinas que organizaban su día a día. La escuela es, para muchos, el único espacio donde reciben alimentos, atención médica y afecto estable. Dejar de asistir a clase significó mucho más que dejar de aprender matemáticas.
El juego
Durante la pandemia, el juego –fundamental para el desarrollo infantil– fue relegado por el entretenimiento digital. Si bien los dispositivos electrónicos ofrecieron alternativas de aprendizaje, su uso excesivo ha tenido efectos negativos. Las investigaciones apuntan a una correlación entre el aumento del tiempo de pantalla y la disminución del lenguaje y la atención, sobre todo en niños en etapa preescolar. En muchos hogares, el celular o la tablet se volvieron el recurso fácil para mantener a los niños ocupados mientras los adultos trabajaban desde casa, agotados y desbordados. Pero ese uso no guiado, no supervisado, terminó desplazando otras experiencias esenciales.
La región latinoamericana fue una de las más golpeadas por la pandemia, no solo en términos de contagios, sino también por la duración de los confinamientos. En promedio, los estudiantes perdieron 158 días de clases presenciales solo en 2020. Pero el problema fue más allá: uno de cada tres niños no tuvo acceso a educación virtual. La brecha digital agravó el aislamiento de los más vulnerables. Además, la pobreza infantil aumentó significativamente. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estima que en 2021 más del 51 % de los menores vivía en hogares en situación de pobreza. Esto se traduce en menos estimulación, menos acceso a salud y alimentación inadecuada.
Perú destaca entre los países con confinamiento más prolongado. Las escuelas permanecieron cerradas por casi dos años y, durante los primeros meses de la pandemia, incluso se prohibió que los niños salieran a las calles. Esta situación generó consecuencias visibles: aumento de la ansiedad, retrasos en el lenguaje y desarrollo emocional afectado. Una encuesta de UNICEF reveló que más del 30 % de los niños peruanos presentaban dificultades socioemocionales, cifra que se duplicaba cuando los padres también estaban afectados. Especialistas reportaron un incremento de consultas por regresión conductual, problemas de sueño y dificultades para retomar la interacción social.
En cuanto al lenguaje, pediatras peruanos han observado que muchos niños pequeños expuestos casi exclusivamente a conversaciones adultas o pantallas durante la pandemia hablan menos de lo esperado. Logopedas del sistema público reportan una mayor demanda de terapias de lenguaje para niños de dos y tres años. Y en el aspecto físico, también hubo consecuencias: más sedentarismo, sobrepeso infantil y menos desarrollo de habilidades motrices finas y gruesas.
Posibilidad de cambio
Pero este escenario, aunque preocupante, no es definitivo. El desarrollo infantil tiene una virtud poderosa: su plasticidad. El cerebro de los niños puede recuperarse, reorganizarse y fortalecerse si se le brindan las condiciones adecuadas. Las intervenciones tempranas, el fortalecimiento de redes comunitarias y la priorización de la infancia en políticas públicas son clave. No basta con volver a clases: se requiere detectar, acompañar y crear espacios seguros de juego, contención emocional y aprendizaje.
Este escenario nos deja varias lecciones. El desarrollo infantil es sensible al contexto. Un entorno sin juego, sin pares y con alto estrés impacta negativamente, incluso en ausencia de enfermedad. Las desigualdades estructurales amplifican el daño. Los niños con menos recursos sufren más y tienen menos herramientas para recuperarse. Pero el desarrollo es recuperable. La plasticidad del cerebro infantil permite revertir retrasos si se actúa a tiempo.
No estamos frente a una generación perdida, sino ante una generación distinta, con desafíos particulares. La pandemia dejó huellas, pero también abrió oportunidades para repensar cómo criamos, educamos y acompañamos a los niños. Si logramos poner sus necesidades al centro, aún estamos a tiempo de garantizarles un desarrollo pleno. La generación del confinamiento tendrá cicatrices, pero también tiene futuro. Depende de nosotros ayudarlos a reconstruirse.
(*) Psicólogo, fundador de NeuroNitas.
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