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SOCIEDAD DE CULTURA FALLIDA – PRIMERA PARTE

Escribe: Martín Cabrejos Fernández (*)
Edición N° 1401

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La sociedad peruana (como no, la lambayecana) ha fracasado. El fracaso social, signo de estupidez colectiva, es un hecho que debe ser estudiado en profundidad. La estupidez es la razón de nuestra falta de cohesión y el motivo de décadas sin soluciones bien pensadas a problemas sociales recurrentes y a la condena de un nuevo tiempo de atraso en medio de un mundo de avances tecnológicos y rapidez en el manejo y la reproducción de la información; un mundo, que no se distingue por la infraestructura, la calidad de la tecnología ni la capacidad para acceder y controlar la información, sino por la cultura y la cohesión de las sociedades. No es más fuerte la sociedad solo más tecnologizada, es más fuerte la sociedad más cohesionada y con mayor capacidad para solucionar sus propios problemas.

José Antonio Marina (2022) afirma que “Cada persona busca una vida satisfactoria para (sí y para) los suyos, pero ese proyecto individual tiene que coexistir con los de los otros porque pueden entrar en colisión. Por eso, la sociedad tiene que marcar unas normas para el sistema de juego; y de ahí surgen en primer lugar las religiones y más tarde los sistemas normativos, morales y jurídicos”.

Añade, que estos sistemas produjeron, primero, la cultura de la obediencia y, luego, la cultura de la crítica a la autoridad, incluyendo aquella que interpreta (según su concepto) la voluntad o deseos de Dios. Así, la búsqueda de la felicidad se ha separado del compromiso con la justicia. La felicidad que hoy se nos propone, psicologizada y mínima, es a la vez egoísta y antisocial. Aunque la felicidad es (efectivamente) una utopía de la inteligencia, la solución de las sociedades a los problemas comunes es la cultura. Por lo tanto, son respetables las sociedades que han sido capaces de solucionar sus problemas y tenemos que aprender a elegir entre emular aquellas sociedades solucionadoras eficaces que nos muestren una luz en el camino del progreso y otras incapaces de solucionar y capaces de ahondar el fracaso de la inteligencia social.

Una cultura se construye y evoluciona en respuesta a las necesidades y los desafíos que enfrenta una sociedad. Si una sociedad es consistentemente incapaz de resolver sus problemas fundamentales (ya sean económicos, políticos, sociales, ambientales, etc.), esto se reflejará en su cultura. Así, sobre la idea del fracaso de nuestra cultura e inteligencia social que ronda con la estupidez colectiva; es posible apreciar (no sin perplejidad y tristeza) el deterioro de las normas y valores, expresado en la incapacidad de resolver problemas que ha erosionado la confianza ciudadana en las instituciones, la pérdida de valores compartidos y el aumento de comportamientos antisociales, pues si la ley no se aplica o la corrupción es rampante, la cultura de respeto a la ley se debilita.

También están, el estancamiento y falta de innovación, al convertirnos con el paso de los años en una sociedad abrumada por sus problemas con muchas dificultades para fomentar la creatividad, la innovación y la adaptación necesarias para el progreso. Nuestra “energía social vital” se centra en la supervivencia inmediata, la inversión personal y material en el arte, la ciencia o la educación ha disminuido y es la evidencia de la reducción personal al tener y la renuncia social del ser. Es cada vez más notoria la fragmentación social que, exacerba las divisiones sociales, genera resentimiento y desconfianza entre diferentes grupos, debilitando la cohesión social que la cultura debería proporcionar. Y, también, la pérdida de identidad y propósito, en una sociedad que no puede ofrecer un futuro prometedor (¿alguna vez pudo intencionalmente?) o un sentido de pertenencia y propósito a sus miembros, pues su cultura se ha vuelto nihilista, desesperanzada y enfocada en la supervivencia individual en lugar del bienestar colectivo. Si una cultura sana es aquella que proporciona las herramientas cognitivas, sociales y prácticas para que una sociedad pueda enfrentar sus desafíos de manera efectiva. Cuando una sociedad falla repetidamente en solucionar sus problemas, la cultura que la sustenta puede volverse disfuncional, errática y vacía, reflejando esa incapacidad a través de la desintegración social, la falta de visión y la pérdida de los mecanismos tradicionales (aunque no toda tradición es positiva) de resolución de conflictos.

El papel de las emociones

En nuestra sociedad (reitero, peruana y –afirmo– lambayecana) de "cultura fallida" (que no ha logrado proporcionar soluciones prácticas a los problemas y necesidades comunes de sus miembros), las emociones juegan un papel particularmente intenso y a menudo disfuncional en la toma de decisiones a nivel individual y colectivo. La persistente frustración, la inseguridad y la desesperanza moldean un panorama emocional que influye profundamente en cómo se perciben los problemas, se evalúan las opciones y se toman las decisiones. La nuestra es una cultura fallida a la que no califico de superior ni inferior. Mi afirmación resulta de los actos humanos producidos a lo largo de nuestra historia más que de la comparación inter o multi cultural.

Somos una sociedad con predominio de emociones negativas, donde la experiencia continua de problemas no resueltos genera un caldo de cultivo de emociones negativas como la rabia, la frustración, el miedo, la ansiedad y la desesperanza. Estas emociones nublan el juicio, dificultan el análisis racional de las situaciones y llevan a decisiones impulsivas o basadas en la evitación del dolor inmediato en lugar de la búsqueda de soluciones a largo plazo.

Somos una sociedad creadora y recreadora de desconfianza y cinismo, donde la falta de soluciones efectivas erosiona la confianza en las instituciones, los líderes y, en última instancia, en la propia capacidad de la sociedad para mejorar. Esto lleva al cinismo, la apatía y la renuencia a participar en iniciativas colectivas, incluso si estas pudieran ofrecer soluciones. Las decisiones se toman desde una perspectiva de desconfianza, anticipando el fracaso o la manipulación.

Somos una sociedad que busca soluciones inmediatas y simplistas, donde, ante la angustia y la frustración acumuladas, hay una tendencia a buscar soluciones rápidas y fáciles, aunque sean superficiales o incluso contraproducentes a largo plazo. La complejidad de los problemas puede ser ignorada en favor de narrativas simplistas que ofrecen un alivio emocional inmediato, como la búsqueda de chivos expiatorios o la adhesión a ideologías extremistas.

Sociedad manipulada

Somos una sociedad que propicia el aumento de la susceptibilidad a la manipulación, donde las emociones intensas, especialmente el miedo y la desesperanza, hacen que las poblaciones sean más vulnerables a la manipulación por parte de líderes autoritarios o populistas que explotan estas emociones para ganar y/o mantener el poder. Las decisiones pueden basarse en promesas vacías o en la apelación a prejuicios y resentimientos.

Somos una sociedad con grave dificultad para la planificación a largo plazo, donde la incertidumbre constante y la sensación de crisis perpetua dificultan la capacidad de las personas y los grupos para pensar y planificar a largo plazo. Las decisiones se centran en la supervivencia inmediata y la satisfacción de necesidades urgentes, dejando de lado consideraciones estratégicas para el futuro.

Somos una sociedad de polarización y conflicto, donde las emociones negativas exacerbadas por la falta de soluciones pueden intensificar las divisiones sociales y políticas. El resentimiento hacia otros grupos percibidos como responsables de los problemas nos ha llevado a la polarización, la hostilidad y la toma de decisiones basadas en la confrontación en lugar de la colaboración.

Somos la sociedad de la resignación y pasividad, donde, en algunos casos, la frustración crónica nos arrastra a la resignación y la pasividad. Las personas sienten que no tienen el poder de cambiar su situación y dejan de buscar soluciones o de participar en la toma de decisiones, perpetuando así el ciclo de problemas no resueltos.

En la segunda parte, daré a conocer (desde una postura esperanzada) las maneras de superar o, en todo caso, mejorar la actual situación. Ofrezco una disculpa avergonzada si mis palabras suenan como las típicas y soberbias apreciaciones de quienes dicen mucho y hacen poco. Confieso que no es ese el sentido de mis ideas.

(*) Docente, historiador e investigador. 

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