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LA SEGUNDA CAMPAÑA A PUERTOS INTERMEDIOS: Bicentenario de la batalla de Zepita

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1315

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Atribuyendo el fracaso patriota en Torata, Moquegua e Iquique, a la mala dirección del general Alvarado, olvidando la ausencia de las fuerzas que debían colaborar en el ataque coincidente a los bastiones realistas, el gobierno de Riva Agüero, contando con los fondos del empréstito de Londres, reforzó el ejército peruano al mando de los generales Andrés de Santa Cruz (comandante en jefe) y Agustín Gamarra (jefe de estado mayor).

Las primeras operaciones.

Las instrucciones del “Ejército Expedicionario” indicaban que Santa Cruz debía permanecer en la costa, para ser reforzada por una división auxiliar chilena, permitiéndole avanzar al interior sólo si sus efectivos fuesen lo bastante numerosos para batir con éxito a las unidades realistas. El plan, adecuado a las circunstancias, podría haber sido exitoso, de cumplirse a plenitud. Se esperaba que el “Ejército del Centro” marcharía hacia Jauja para impedir que el mariscal realista Canterac pudiera avanzar contra Santa Cruz; lo mismo haría en el Alto Perú un “ejército argentino”, acosando a las fuerzas del general realista Olañeta.

Y es que los realistas habían distribuido sus fuerzas por la sierra: Canterac (8 mil hombres) en el valle del Mantaro, Monet (mil hombres) en Ica, Carratalá (2 mil hombres) en Arequipa, Olañeta (2,500 hombres) en el Alto Perú y Valdez (mil hombres) en Huamanga. El virrey La Serna se hallaba en Sicuani, con 900 hombres, y ordenó a Valdez reforzar a Canterac para atacar Lima. Si bien Santa Cruz era un eficaz administrador (como lo evidenciaría en su vida política), como militar actuaba con lentitud y poco dinamismo. Y a ello se sumaba el retraso de las fuerzas auxiliares, y la falta del elemento sorpresa.

El “Ejército Expedicionario”, al mando de Santa Cruz, con un total de 5095 soldados de las tres armas, constaba de siete batallones, cinco escuadrones de caballería, y ocho cañones. Esta fuerza zarpó del Callao en la quincena de mayo de 1823, esperando reunirse con las fuerzas chilenas a inicios de junio. En Arica, lejos de mantener unidas sus fuerzas, las dividió: una división al mando de Gamarra que acamparía en Tacna, y la otra, al mando del mismo Santa Cruz, se dirigió a Ilo y Moquegua.

En esos mismos días de mediados de junio de 1823, aprovechando la debilidad de las fuerzas patriotas en Lima, los realistas retomaron la capital, exacerbando los conflictos en el bando patriota entre el presidente y el Congreso; sin embargo, enterados del desembarco de Santa Cruz, el Virrey ordenó a Canterac la evacuación de Lima para frenar a las fuerzas de Santa Cruz. El dinámico Valdez encabezó a las fuerzas que a marchas forzadas se dirigieron al sur. A su turno, los patriotas refugiados en el Callao bajo el mando de Sucre recuperaron Lima, y cuatro días después, el 20 de julio, convencido que la guerra se decidiría en el sur, el general cumanés zarpó con sus fuerzas para reforzar a Santa Cruz.

La batalla de Zepita.

A finales de julio, las fuerzas patriotas, después de un mes de inactividad, marcharon al Alto Perú. El 8 de agosto, Santa Cruz entró en La Paz, y el 12 de agosto, Gamarra (que recibió refuerzos de Santa Cruz) inició una persecución contra Olañeta, conformándose con ocupar Oruro. Mientras tanto, en Sicuani, el Virrey planeó concentrar sus fuerzas, y buscando ganar tiempo hasta que las unidades realistas se concentrasen, encomendó al audaz Valdez la misión de distraer a Santa Cruz. Este activo jefe pasó por Puno el 16 de agosto en dirección al río Desaguadero.

Cuando Santa Cruz se enteró de la marcha de Valdez, dos días después, buscó cortarle el paso, asignándose una misión secundaria, de cobertura de las fuerzas de su segundo. Para entonces, Valdez y Carratalá unieron sus fuerzas en Pomata, ascendiendo sus fuerzas a 1900 hombres (tres batallones y tres escuadrones) y dos cañones, y tras encontrar el llamado “puente del Inca” cortado, los realistas se retiraron al pueblo de Zepita el 23 de agosto. Al día siguiente, Santa Cruz logró concentrar la totalidad de su división, compuesta por cuatro batallones, dos escuadrones y dos cañones.

La mañana del 25 de agosto, la división de Santa Cruz inició su avance hacia las posiciones realistas. Para asegurar su retirada, Santa Cruz dejó su artillería y una compañía de cada batallón protegiendo el puente. Al frente del coronel francés Federico de Brandsen, los dos escuadrones de Húsares de la Guardia y el batallón de Cazadores, formaron la vanguardia patriota, que chocó con las patrullas de Valdez, que abandonó Zepita “para hallar acomodo a su tropa” en los cercanos altos de Chuachuani.

Ambos jefes formaron sus fuerzas de infantería, trabándose un intenso combate de fusilería. Valdez se limitaba a la defensiva, pero pasó al ataque engañado por un ardid de Santa Cruz que simuló, primero un ataque general, y luego un titubeo y retroceso por parte de sus tropas. Recordando el momento decisivo de la batalla de Torata en enero, el arrojado Valdez, uniformado de gala, se lanzó al ataque hacia el ala izquierda patriota; Carratalá hizo lo mismo contra el centro patriota. Fue en ese momento en que “los escuadrones de Húsares aprovecharon el momento” (lo que haría suponer que fue más inspiración del coronel Brandsen que de Santa Cruz), decidiendo el combate, obligando a retroceder a los realistas, los que lograron evacuar el campo a las sombras de la noche. Las bajas realistas fueron cerca de cien muertos y 184 prisioneros; las bajas patriotas fueron 28 muertos y 84 heridos.

La “campaña del talón”.

Sin embargo, Santa Cruz no supo aprovechar la victoria. Paz Soldán apuntó que Zepita atemorizó a ambos contendientes, porque los dos adversarios se retiraron: Valdez a Pomata y Santa Cruz al Desaguadero. Mientras tanto, Sucre desembarcó en Quilca con 3 mil soldados, y ocupó Arequipa el 31 de agosto, ofreciendo su apoyo a un eufórico Santa Cruz, que desdeñó su respaldo… hasta que supo que el 28 de agosto, el mismísimo Virrey había reforzado a Valdez en Pomata. Dándose cuenta del error de fraccionar sus fuerzas, resolvió marchar a Oruro para unirse con las tropas de Gamarra, lo que logró el 8 de septiembre.

Por su parte, el Virrey organizó los 4,500 hombres con que contaba, en dos divisiones, asumiendo la dirección de la campaña, con Valdez como jefe de estado mayor. Tras cruzar el Desaguadero, los realistas se enteraron de la precipitada retirada de Santa Cruz hacia Oruro, así que optaron por perseguirlo y empujarlo al encuentro de Olañeta.

Santa Cruz se dio cuenta del peligro de verse atrapado entre el Virrey y Olañeta, ordenando el 14 de septiembre, una marcha vertiginosa hacia el norte, a un ritmo mayor a 60 kilómetros diarios, esperando reunirse con Sucre, al que suponía en la zona del Titicaca. El Virrey inició una persecución a velocidad similar, alcanzando a Santa Cruz en Ayo Ayo el 17; pero el jefe patriota, al darse cuenta que había perdido la artillería, ordenó proseguir la retirada, desatando el pánico entre sus tropas, que buscaron desesperadamente cruzar el Desaguadero. El 24 de septiembre, Santa Cruz llegó a Moquegua, esperando evacuar lo que quedaba de sus tropas por Ilo. Sucre, enterado de lo acontecido, evacuó Arequipa en los primeros días de octubre.

El general Dellepiane juzgaría que, si la primera campaña fracasó por la falta de un poder central capaz de dirigir la guerra, la segunda fracasó por las disensiones políticas; en ambas ocasiones, las fuerzas que debían auxiliar a las unidades peruanas no actuaron oportunamente. Las fuerzas argentinas nunca actuaron y los chilenos llegaron recién a inicios de noviembre, retirándose ante lo inútil de su presencia. La llegada de Bolívar era inevitable, y el diputado y poeta José Joaquín de Olmedo lo expresó ditirámbicamente: “Todos los elementos de ataque y defensa acumulados en el Perú, sólo esperan una voz que los una, una mano que los dirija, y un genio que los lleve a la victoria”.

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(*) Abogado, historiador y docente universitario.

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