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1823: dos presidentes, dos Congresos

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1309

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Habiendo tomado Lima en la quincena de junio de 1823, el mariscal Canterac, notando lo inútil de su presencia en Lima, y enterados de la presencia de las fuerzas del general Santa Cruz en Arica, aprestó sus fuerzas a fin de retirarse de la capital para reforzar el ejército del Virrey. Los realistas permanecieron en Lima hasta el 16 de julio, retirándose con un nutrido botín, que incluyó la plata labrada de varias iglesias, las máquinas de la Casa de Moneda, dinero y bienes del vecindario. Inmediatamente, los patriotas volvieron a ocupar la plaza.

El general Tomás Guido, veterano de las campañas sanmartinianas, se hizo cargo interinamente de la administración de la capital liberada, y dio una serie de bandos para restablecer el orden en Lima, para reorganizar las milicias cívicas, para recuperar los bienes saqueados y los libros de la Biblioteca Nacional (el primer siniestro que sufriría dicha institución a lo largo de su historia), y para poner en circulación temporalmente una moneda de cobre.

El general Sucre, hombre de indiscutida valía como militar, llegó a la conclusión que era en el sur, donde se libraría la batalla que decidiría la suerte de la guerra, y que el Virrey aprestaba sus fuerzas para caer sobre Santa Cruz. Entonces, decidió zarpar hacia el sur con los batallones colombianos Pichincha, Vencedor, Voltígeros (el antiguo Numancia), el batallón peruano N° 4, una compañía de artillería y 50 jinetes colombianos, 180 chilenos y 120 peruanos; en total, tres mil hombres. Primero zarpó el general Miller con la caballería y artillería como avanzada hacia Quilca. Luego, para hostilizar a Canterac y ocupar el valle del Mantaro y la importante línea del Apurímac, Sucre envió una fuerza al mando del general colombiano Manuel Valdez, titulado “Ejército del Centro”, compuesta por el batallón colombiano Rifles, los batallones peruanos Trujillo y Huánuco, y lo que restaba de las fuerzas sanmartinianas batidas en Torata y Moquegua (regimiento Río de la Plata, los Granaderos a Caballo y la artillería volante de Chile); estas fuerzas debían esperar el refuerzo que, se confiaba, consiguiera preparar Riva Agüero en el norte.

Luego, el 17 de julio, Sucre delegó en el marqués de Torre Tagle el alto mando del Perú “en tanto llegan los magistrados de la República”; paralelamente escribió a Riva Agüero en Trujillo para que, como éste recordó después, “sin pérdida de tiempo, me regresase para ejercer el Mando Supremo en la capital, expresando que si no lo verificaba pronto, se podía frustrar la campaña del sur”. El 18 de julio, Sucre abordó la corbeta Bomboná y zarpó al sur.

Riva Agüero en Trujillo

El 26 de junio de 1823, habiendo sido exonerado de la Presidencia, Riva Agüero abordó la fragata Peruviana, trasladándose a Huanchaco con un grupo de funcionarios. Algunos diputados se embarcaron hacia el mismo rumbo, en otro navío, el Vigía.

En Trujillo, la disputa entre el Ejecutivo y el Legislativo se agrió más. Ambos recelaban del otro, y razones tenían para hacerlo. El Congreso, reunido en la casa de don Tiburcio Urquiaga (actual Casa de la Emancipación), decidió sesionar en secreto. Mientras varios diputados intentaban aplicar el decreto del 23 de junio que lo había exonerado del mando, el presidente volvía a sus tiempos de conspirador, intrigando para lograr disolver el Congreso o para conseguir que el mismo Legislativo acordase su receso; Riva Agüero entabló intensa correspondencia con sus partidarios a fin de conseguir actas de adhesiones en que los ayuntamientos y las fuerzas militares pidiesen la disolución del Congreso. Además, envió al coronel Salvador Soyer al campamento de Santa Cruz a fin de conseguir su adhesión, recibiendo una respuesta favorable. Lejos de reforzar al Ejército del Centro, Riva Agüero concentró sus fuerzas en Trujillo, y envió un nuevo emisario, el coronel Luis José de Orbegoso, al campamento del sur para apremiar el apoyo militar contra el Congreso, incluso dejando de lado las operaciones contra los realistas.

El 19 de julio, desde su alojamiento en Trujillo, Riva Agüero remitió un oficio al Congreso, indicando que los patriotas debían ocuparse exclusivamente de la lucha contra los realistas, y expidió ese mismo día, un decreto disolviendo al mismo Congreso que le había dado (bajo amenaza de la fuerza) el poder. En su reemplazo, “conforme a la voluntad sana de los pueblos independientes”, Riva Agüero designó un Senado de diez vocales, elegidos entre los mismos diputados, uno por cada departamento; órgano que se reunió en veintisiete sesiones entre el 18 de setiembre y el 18 de noviembre de 1823. Por su parte, siete diputados hostiles a Riva Agüero (Juan Antonio de Andueza, Mariano José de Arce, Ignacio Ortiz de Zevallos, Francisco Javier Mariátegui, Manuel Antonio Colmenares, Mariano Quesada y Manuel Ferreyros) fueron embarcados en la goleta Veloz Trujillana para ser puestos a disposición del ejército de Santa Cruz.

De haberse retirado en aquel momento, acatando la decisión del Congreso, Riva-Agüero habría hecho un servicio a su buen nombre y al bien del Perú, y habría podido volver a la vida política con mayor experiencia y prestigio. Pero la ambición, la arrogancia, la terquedad, lo llevaron a la ruina, puesto que al disolver el Congreso, Riva Agüero pasaba a ser considerado un déspota, ofreciendo inmejorable ocasión a sus adversarios.

El gobierno de Tagle

La víspera de la disolución del Congreso por Riva Agüero en Trujillo, el mariscal José Bernardo de Tagle, el antiguo marqués de Torre Tagle, recibía el mando del país en Lima, insistiendo que lo sería hasta el regreso de Riva Agüero. Pero Tagle era émulo de Riva Agüero, y no dejó de publicar los decretos del Congreso contra su rival, minando su autoridad.

La noticia de la disolución del Congreso fue recibida con indignación en Lima, y más al enterarse del viaje forzado de los siete diputados. No obstante, tanto Tagle como el general Valdez escribieron a Riva Agüero; uno ofreciéndole el mando, el otro ponerse en marcha hacia Jauja, ambos reconocían su autoridad.  Pero a la vez, Tagle, presionado por una representación firmada por multitud de personas, convocó al Congreso (o lo que quedaba en Lima) el 4 de agosto, reuniéndose dos días después. Los trece diputados, bajo la presidencia de Carlos Pedemonte, llamaron a suplentes de los suplentes, se declararon en Congreso, y entre el 6 y el 8 de agosto, ratificaron la destitución de Riva Agüero, dispusieron la continuidad de Tagle en el mando y declararon a Riva Agüero y a los jefes y funcionarios que reconocieran su autoridad como reos de alta traición. La noticia de la liberación de los siete diputados presos por el pueblo de Chancay, fue recibida con algarabía en Lima, disponiéndose el regocijo público por su llegada.

Los insultos y ataques entre ambas partes, fueron tempestuosos: Riva Agüero llamó a los diputados de Lima, “facción usurpadora”; Tagle dijo que un oficio de Riva Agüero era un “papel despreciable”. El Congreso que había proclamado presidente a Riva Agüero, ahora lo trataba de malhechor, ofreciendo el título de “benemérito a la Patria” a quien lo aprehendiese vivo o muerto porque había “tratado de dar el golpe de muerte al Soberano Congreso, baluarte sagrado de la libertad”. El 16 de agosto de 1823, el Congreso eligió (inevitablemente) presidente de la República a Tagle como “restaurador de los sagrados derechos de los pueblos”.

Tanta exageración tocaba en el ridículo, diría Paz Soldán. Ninguna de las partes buscaba la reconciliación; ambas procedían con rencor buscando el avasallamiento del adversario, ignorando la amenaza realista y la creciente presencia colombiana.

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(*) Abogado, docente e investigador.

 respuesta de StevlasK el 2019-08-31.

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