Sube!

CON EL CORAZÓN DE SANTA ROSA: Enfermería, dignidad y cuidado para rehumanizarnos

Escribe: Mirtha Flor Cervera Vallejos (*)
Edición N° 1464

  comentarios   

La vida de Santa Rosa de Lima continúa inspirando al personal de enfermería del Perú y del mundo a ejercer un servicio más humano. Su testimonio nos acerca a una mujer que colocó en el centro a quienes sufrían y respondió a sus necesidades con fe, ternura y entrega, más allá de cualquier tarea o exigencia cotidiana. Mirar el rostro y no solo la función significa reconocer en quien está enfermo a una persona singular, con historia, emociones, vínculos, creencias y una dignidad que no disminuye por su fragilidad. Esta convicción es esencial en una época en la que la atención corre el riesgo de automatizarse, estandarizarse o reducirse a rutinas impersonales que debilitan la sensibilidad ante el dolor ajeno.

Desde esta perspectiva, Santa Rosa representa una forma de cuidar que acoge antes de clasificar y escucha antes de intervenir. La presencia auténtica junto al paciente, la comunicación terapéutica, la empatía, el respeto y el reconocimiento de su mundo interior permiten aliviar el sufrimiento y sostener la esperanza. Así, la competencia profesional alcanza su sentido más pleno cuando se convierte en cercanía responsable.

El servicio

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2449) conserva una expresión atribuida a Santa Rosa que sintetiza el sentido cristiano de su servicio: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo”, descubriéndose una espiritualidad que reconoce al Señor en quien padece y que no discrimina por pobreza, enfermedad, apariencia, procedencia o condición social.

Su delicada entrega la llevó a convertir parte de su hogar en un espacio de misericordia, donde enfermos, pobres y personas abandonadas encontraban compañía, alimento, alivio y respeto. Su ejemplo recuerda que la calidad moral de una sociedad y de una comunidad cristiana se muestra en el trato que ofrece a quienes se encuentran débiles, vulnerables o solos.

Surge, entonces, una pregunta ineludible: ¿estamos cuidando personas o solamente enfermedades? La respuesta exige recordar que la dolencia necesita diagnóstico y tratamiento, mientras que quien la padece requiere también escucha, respeto, consuelo, compañía y amor. El auténtico cuidado integra ciencia y humanidad, técnica y compasión, posibilidades de curación y presencia fiel cuando sanar ya no es posible. Por ello, es urgente reafirmar la primacía de la dignidad humana. La eficiencia resulta necesaria, pero jamás puede convertirse en la medida última del valor de alguien. La indiferencia debe ser vencida por la mirada compasiva que reconozca al enfermo como hermano; y aunque la tecnología aporte grandes beneficios a la práctica de enfermería, debe servir al ser humano y nunca sustituir el juicio profesional, la responsabilidad ética ni la relación interpersonal.

La encíclica Magnifica humanitas (num.50,51,114) enseña que la dignidad no depende de las capacidades, las riquezas, la función ni la productividad, porque es un don recibido de Dios, y afirma que la calidad de una civilización se mide por el cuidado que sabe ofrecer y por su capacidad de reconocer en el otro un rostro, no una función. Para enfermería, esta enseñanza se vuelve un compromiso concreto: proteger al paciente más frágil, escuchar a la familia, acompañar a la comunidad y evitar que la eficiencia tecnológica relegue la presencia humana. Santa Rosa encarnó anticipadamente esta llamada al descubrir en cada enfermo un hermano y, en cada acto de servicio, una forma de encuentro con Cristo.

 

Cuidar de verdad

Cuidar de verdad significa atender la enfermedad sin reducir a ella a quien la vive. Implica reconocer a todo ser humano como un fin en sí mismo, portador de derechos inviolables y merecedor de acompañamiento, incluso cuando la recuperación no sea posible. En esas circunstancias, una palabra serena, una mano disponible o una presencia silenciosa pueden convertirse en expresiones profundas de esperanza. Santa Rosa no dispuso de la tecnología sanitaria actual, pero ofreció algo que ningún sistema puede producir por sí solo: presencia, compasión y amor concreto, invitándonos a recuperar el entusiasmo de los primeros años de formación, cuando cada aprendizaje despertaba el deseo de aliviar el dolor, favorecer el retorno al hogar, investigar los problemas prevenibles y educar para una vida más saludable. Desde esta perspectiva, una enfermería empoderada reconoce que su misión supera la ejecución de procedimientos y asume su capacidad para transformar realidades.

Como nuestra santa patrona, estamos llamados a cultivar una oración confiada que conduzca al servicio, una ternura que exprese la fortaleza del amor y una valentía capaz de permanecer ante el sufrimiento. La oración de Rosa no la apartó de las necesidades humanas; por el contrario, la hizo más disponible para atender a los enfermos. Su ternura no fue debilidad, sino firmeza comprometida con el bien. Su valentía tampoco consistió en negar el dolor, sino en afrontarlo con fe, perseverancia y confianza en Cristo.

Este tono espiritual invita a la enfermería a ejercer el cuidado con competencia, cercanía y fortaleza: orar para contemplar al paciente con respeto; tratarlo con delicadeza, sin humillarlo; y actuar con decisión en defensa de sus derechos. Supone también acoger a la familia como parte esencial del proceso y acercarse a la comunidad para reconocer sus necesidades, recursos y esperanzas.

Enfermería está llamada, a ejercer un liderazgo servicial: defender a quienes no pueden hacer oír su voz y contribuir a transformar las condiciones que generan sufrimiento, exclusión o indiferencia. La eficiencia y la tecnología son medios valiosos, pero nunca deben imponerse sobre el valor irreductible de la vida humana, debiéndose utilizar con discernimiento, manteniendo en el centro a quien necesita cuidado, con su historia, libertad, relaciones y necesidades integrales.

Recuperar ello de la enfermería es volver a su vocación más profunda: cuidar científicamente, acompañar humanamente, servir con espíritu fraterno y comprometerse con los más vulnerables. Con Cristo en el centro y Santa Rosa de Lima como referente, estamos llamados a reconocer su rostro en cada paciente, familia y comunidad. Que nuestra oración se transforme en servicio; nuestra ternura, en fortaleza; y nuestra valentía, en defensa de la dignidad humana. Que cada palabra, escucha, intervención, decisión o presencia contribuya a sanar no solo el cuerpo, sino también la soledad y la esperanza herida.

--------------

(*) Doctora en enfermería. Docente Universitaria e investigadora RENACYT.

Deja tu Comentario