Tras un prolongado ciclo de gobiernos de orientación progresista en América Latina, se observa en años recientes un marcado resurgimiento de la derecha política en la región. Diversos análisis señalan que la región muestra un avance de la derecha, impulsado por la crisis económica, la inseguridad y el desgaste de administraciones de izquierda, como lo demuestra la reciente elección de José Antonio Kast, quien asumirá la presidencia de Chile; mientras en Bolivia, donde eligieron a Rodrigo Paz, en medio de la peor crisis económica en 40 años y el desgaste político del proyecto de Evo Morales, que impulsaron un voto por la ruptura, así como Javier Milei en Argentina se ha convertido en una referencia de la derecha conservadora latinoamericana gracias a una estrategia de ruptura total del sistema, similar a la empleada por Donald Trump en Estados Unidos.
Para Perú un 22,9 % de ciudadanos opina que el próximo presidente debería ser de derecha moderada, y cerca del 28 % expresa afinidad con posturas derechistas, cifras significativamente mayores que en años anteriores (Ipsos, 2025).
De esta forma, en países como Argentina, Bolivia, Chile y Perú, candidatos conservadores han ganado terreno capitalizando el descontento popular ante el estancamiento económico, la corrupción y el incremento de la inseguridad ciudadana.
Las dificultades económicas de la última década han sido un factor central tras el giro electoral hacia la derecha. El fin del boom de “commodities” y la desaceleración global redujeron drásticamente el crecimiento en muchos países latinoamericanos, mermando los recursos disponibles para sostener las políticas redistributivas.
Por ello la crisis económica prolongada, que erosiona el bienestar material de la población y el auge de la inseguridad que genera miedo e indignación han sido el caldo de cultivo donde prosperan los discursos de la nueva derecha. Estos discursos prometen restaurar el crecimiento económico y el orden social, en contraste con los resultados percibidos como decepcionantes de los gobiernos progresistas salientes, principalmente de izquierda.
Debilidad institucional y desgaste
Por otro lado, los factores materiales, el desgaste político y la debilidad de las instituciones bajo los gobiernos de izquierda han contribuido decisivamente al giro ideológico. Muchos gobiernos progresistas llegaron al poder con altas expectativas de cambio, pero con el tiempo enfrentaron escándalos de corrupción, conflictos internos y choques con otros poderes del Estado, minando su credibilidad. La consecuencia ha sido un profundo desencanto de la ciudadanía con el convencional político tradicional. Es decir, la “antipolítica crece muchísimo” por la debilidad institucional bajo los gobiernos previos también pavimentó el camino para alternativas de mano dura.
En varios países, las instituciones encargadas de controlar los excesos del poder político mostraron fragilidad. Un ejemplo extremo es Perú, que atravesó una década de inestabilidad con “seis presidencias en nueve años”, resultado de enfrentamientos constantes entre Ejecutivo y Congreso. Esta crónica ingobernabilidad erosionó la capacidad del Estado para implementar políticas coherentes y socavó la confianza pública en el sistema democrático.
Esto revela improvisación y discrecionalidad en el manejo de recursos, con autoridades que priorizan gastos de corto plazo para aplacar presiones o ganar popularidad, en detrimento de la planificación estratégica. La OCDE (2025) advierte que países con este patrón de gasto “erosionan su margen fiscal futuro”, porque gastan más para resolver tensiones políticas que para mejorar productividad o servicios. En otras palabras, la falta de disciplina y previsión fiscal manifestada en déficits crecientes y proliferación de iniciativas de gasto sin sustento técnico ha comprometido la estabilidad macroeconómica y agotado la paciencia de la ciudadanía.
Modelos en contraste
El giro político conlleva un cambio de modelo económico e ideológico en la conducción de los países; mientras el progresismo Latinoamericano saliente privilegiaba un Estado activo en la economía, políticas redistributivas agresivas y expansión del gasto social, la nueva derecha emergente propone un enfoque liberal ortodoxo, centrado en la disciplina fiscal, la apertura de mercados y la reducción del intervencionismo estatal.
Por el contrario, el modelo progresista priorizó durante años la redistribución del ingreso, mediante subsidios, transferencias y programas asistencialistas para reducir la pobreza y la desigualdad, aceptando incluso incurrir en déficits fiscales elevados de forma persistente. De hecho, la OCDE (2025) advirtió recientemente sobre la persistencia de déficits en la región y el avance de iniciativas fiscales sin sustento técnico, señalando que ambas tendencias constituyen riesgos severos para la sostenibilidad a mediano plazo; una descripción que encaja con las políticas expansivas de muchos gobiernos de izquierda.
En términos de impactos fiscales y sociales, la transición de un modelo a otro conlleva ganancias y riesgos. Los gobiernos derechistas recién electos en la región enfrentan el desafío de estabilizar economías desequilibradas sin provocar un estallido social; donde sus planes de ajuste, reducción de gasto superfluo, reformas pro-mercado y consolidación fiscal, buscan evitar escenarios extremos como defaults o hiperinflaciones.
El resurgimiento de la derecha en América Latina a mitad de la década de 2020 es un fenómeno complejo, anclado en condicionantes económicas, sociales e institucionales. La fatiga de amplios sectores de la población con los gobiernos progresistas, acusados de derrochar los recursos durante la bonanza, tolerar la corrupción y no consolidar instituciones sólidas, sumada a la presión de crisis fiscales y a un entorno de inseguridad ciudadana, abrió paso a una nueva ola conservadora en países clave de la región. Este giro no obedece meramente a un cambio pendular caprichoso, sino a la búsqueda de soluciones distintas ante problemas persistentes. Los nuevos gobiernos de derecha han arribado con la promesa de sanear las finanzas públicas, restablecer el orden y retomar el crecimiento económico mediante un viraje hacia el liberalismo promercado. En contraste con el modelo progresista saliente que dejó logros sociales importantes, pero también evidentes desequilibrios y frustraciones, el discurso derechista ofrece rectitud fiscal, eficiencia y mano firme frente al delito como recetas para superar la “década perdida” reciente.
Sin embargo, queda por verse si estas expectativas se traducirán en resultados sostenibles. De ahí que la experiencia histórica advierte que el éxito de cualquier modelo depende de su implementación responsable y de la construcción de consensos. Por ello la gobernabilidad y la eficacia de esta nueva derecha dependerán de su capacidad para corregir los déficits fiscales sin desproteger a la ciudadanía, fortalecer las instituciones democráticas y responder a las demandas populares de manera inclusiva.
Los próximos años serán cruciales para evaluar si el péndulo político latinoamericano logrando encontrar un punto de equilibrio entre crecimiento económico con estabilidad fiscal, por un lado, y cohesión social con reducción de desigualdades, por el otro.
Siendo el desafío inminente para los nuevos gobiernos de derecha será demostrar con hechos que pueden encauzar a sus naciones por la senda del desarrollo sostenible, atendiendo las lecciones del pasado reciente para no repetir errores y, sobre todo, recuperando la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas.
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(*) Magíster en Ciencias con mención en Proyectos de Inversión Pública, economista e investigador Renacyt. Especialista en Inversión Pública del Centro Nacional de Planeamiento Estratégico.
(**) Economista de Esan, egresada de la Maestría en Inteligencia Estratégica.
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