Sería innecesario referirse al ostentoso quinceañero de la nieta mientras el nefasto atentado ajusta cuentas entre bandas y cuestiona al memero liberteño. No obstante, se trata de la responsabilidad como gobernador antes que pedir estado de sitio para el clamoroso estado de violencia. Queda claro que ser político angurriento de favor y de articulados procesos invasivos es fácil.
Las dicotomías son un sello personal que oscila entre los memes que, lejos de ridiculizarlo, lo mantienen en la cresta de la popularidad, pues no responder el 7x8 no lo hace bruto, como que un bruto no puede haber creado universidades y tampoco sepa cuánto gana al mes. Lo único que sabe es ser pedigüeño a la mami, mientras ella anduvo pidiendo que la aumenten el sueldo, parece que son de la misma raza. Sentado en el privilegio de su poder, le gusta evadir responsabilidades, como si ser gobernador sería ajeno a la violencia que vulnera la tranquilidad de miles de trujillanos, pedirle al Estado es como pedirle a Dios, puesto que no solo whatsappea, sino que «habla con él». Sería interesante que su poder haga el pedido a Dios y que convierta cada petardo de dinamita en oportunidades para la utopía del emprendimiento, tal como sucedió con el pan y el vino. Ejercer el poder o el inexistente liderazgo se resume al ser el ridículo pedigüeño que, por sentido común, cualquier ciudadano lo haría antes de que le caiga un huaico.
El poder de su brutal desconocimiento o de su gruesa ignorancia del Decreto 1618 —salvo que no haya leído bien— en su artículo 14, el «hablador con Dios» forma parte del comité regional que tiene que ver con la seguridad ciudadana, además de ello, se encarga de «[p]roponer ante el Gobierno Regional la aprobación del Plan de Acción Regional de Seguridad Ciudadana alineado a la política nacional de seguridad ciudadana y sus medidas sectoriales, elaborado bajo sus enfoques transversales y articulado con los instrumentos del Sinaplan». Dicho en otro idioma, es el Sistema Nacional de Planeamiento Estratégico, ya en su narrativa se encuentra que cada gobierno regional no es una isla, por el contrario, se trata del «conjunto articulado e integrado de órganos, subsistemas y relaciones funcionales, cuya finalidad es coordinar y viabilizar el proceso de planeamiento estratégico nacional para promover y orientar el desarrollo armónico y sostenido del país». Con tanto cuento que comienza con «había una vez…» un puerco, que, por lo menos, compró motos lineales sobrevaloradas. Aquí la diferencia entre puercos se expone: uno que sabe cuál es su responsabilidad como alcalde y su sueño de una potencia mundial —como mínimo, entiendo que es un puerco de granja— y el otro reposa en su propio chiquero pidiendo de todo.
Lavarse las manos
Adueñarse del facilismo para darnos la idea que todo lo debe hacer el Gobierno es como decirnos que no existen gobernadores, salvo para regalar Rolex. El facilismo no implica ser pedigüeño, porque es más fácil —sin ser facilista— leer lo que la norma dice para los comités regionales: «[p]roponer ante el Gobierno Regional la aprobación de planes, programas, estrategias y proyectos de seguridad ciudadana de relevancia regional, tomando en consideración las particularidades culturales y lingüísticas de la población». Me temo que resulta más fácil pedir y no creer que uno actúa como pedigüeño, antes que leer dos o tres párrafos de las normas que no solo lo involucran, sino que lo responsabilizan. Por analogía, si nos hizo reír que desconocía el 7x8, pienso que nos haría carcajear que no comprenda las leyes que lo obligan. Sería facilismo decir que no tiene dinero en su región, que sus universidades no desarrollan maestrías en gestión pública y que, por lo tanto, lo asesorarían bien antes que decir que habla con Dios. Entre el facilismo y las artimañas de vulgar político acostumbrado a la inmediatez frente a la cámara se evidencia que, cuando oímos «cualquier cosa», nos reflejamos como ciudadanos. Como aquellos que normalizamos un discurso ignorante, paupérrimo, mediocre y, por demás, insano a la salud mental de miles de ciudadanos que, probablemente, votarán más por popularidad antes que por racionalidad. Esto nos dirigirá, democráticamente, a tener un país gobernado por la inoperancia antes que el conocimiento.
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(*) Docente e investigador Renacyt. Palmas Magisteriales 2016.
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