Durante varios años, muchos historiadores focalizan sus esfuerzos por entender la seguridad ciudadana de la época romana, poniendo mucho énfasis en una particular organización o un cuerpo de custodia para la población denominados los agentes ‘in rebus’. En un estudio de Arellano (2022), muestra cómo estos agentes no solo vigilan a los ciudadanos, sino también comienzan a rondar a otros similares a ellos, inspeccionando el servicio postal de las personas, vigilancia de las estructuras administrativas y judiciales, entre otras funciones; y todo ello con la finalidad de darle al Emperador la información de manera inmediata, exacta y confiable. Sin embargo, el autor también argumenta que “algunos de sus miembros se extralimitan en sus funciones comenzando a chantajear”. En ese contexto, Gonzáles (2017) argumenta que la corrupción se extiende alarmantemente en la ‘schola agentum in rebus’, convirtiéndose pronto en un contrapoder con sus prácticas de extorsión lo que deteriora la imagen de la autoridad imperial.
No es de esperarse estimados lectores que ante la poca vigilancia ciudadana y de una autoridad competente que erradique la delincuencia, los ciudadanos tengan percepciones de una carencia absoluta de seguridad. Sin embargo, veamos dos lados de una misma moneda. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), hasta el semestre móvil enero – junio 2015, 31.8 % de peruanos que viven en una ciudad urbana son víctimas de un hecho delictivo; mientras que en enero – junio 2025 solo el 26.8 %, cayendo 5 puntos básicos. Todo pareciera que vivimos en una ciudad que va mejorando su seguridad ciudadana. Nada más lejos de la realidad.
Los microdatos que también reporta el INEI sobre la seguridad ciudadana son elocuentes. A través de la muestra proporcionada por la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO, 2024), específicamente abordando el módulo de gobernabilidad, democracia y transparencia, realizo un ejercicio muy simple de regresión logística el cual estima la probabilidad de que ocurra que un hogar declare que empeora su nivel de vida debido a que es víctima de la inseguridad ciudadana. Los resultados son los esperados amigo lector: aquellas familias que son víctimas de un delito, y que como consecuencia empeoran su nivel de vida, reportan un incremento del 7 % respecto a aquellas que no reportan ni un suceso parecido.
Del mismo modo, realizando una técnica denominada ‘Odds Ratio’, medida estadística que compara la probabilidad de una familia que está expuesta al delito frente a otra que no lo está, se observa que aquellas familias víctimas de la delincuencia tienen 42 % más chance de reportar un empeoramiento de su nivel de vida respecto a aquellas que no están expuestas.
Inseguridad y economía
Claramente la inseguridad ciudadana tiene un efecto sobre la situación económica de los hogares. Ser víctima de robo puede generar gastos inmediatos como la reposición de bienes robados; gastos médicos si es que hay consecuencias directas en el cuerpo de las víctimas y gastos adicionales por contratar seguridad personal, que fuerzan a las familias a endeudarse o a utilizar sus ahorros que con tanto esfuerzo acumulan.
Estos eventos tan nocivos para los ciudadanos también pueden llevar a cambios en los patrones de consumo o de inversión de los hogares. Por ejemplo, destinar más presupuesto familiar en la prevención del delito en contra de una mayor educación o recreación. Si nos fijamos de manera más detenida, detrás de ello también hay un impacto en la mayor profundización de la desigualdad. Aquellas familias con menos recursos económicos tienen menos colchones financieros, haciéndolos más vulnerables a contraer deudas para contrarrestar este más endémico.
Para tener pruebas que sirvan de soporte al análisis realizado, vamos a las estadísticas queridos lectores. Las víctimas de inseguridad ciudadana tienen un incremento de 9 % en la probabilidad de sufrir un estrés financiero, por lo que tienen un 65 % más chance de estar en estrés financiero de aquellos que no son víctimas de este tipo flagelo. Pero hay una pregunta muy simple, pero a la vez interesante en el ENAHO: con los ingresos de su hogar, ¿cómo estima Ud., que vive?, dando como respuesta muy bien; bien; mal; y muy mal. Los resultados de los modelos antes descritos demuestran que las víctimas de inseguridad ciudadana están asociadas con una probabilidad significativamente más alta de reportar una mala calidad de vida, la cual es 7 % más en aquellas que no reportan inseguridad, lo que deteriora claramente el bienestar de las personas.
Con esto, no le queda amigo lector la sensación de inseguridad es cada vez más preocupante. ¿Hasta cuándo?
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(*) Economista. Director de la Escuela de Economía de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo – USAT.
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