El 2025 viene siendo un año enormemente relevante para la escena política internacional que parece agitarse bajo el peso de nuevas alianzas y viejas tensiones, en un contexto donde las potencias emergentes buscan rediseñar la arquitectura política global. De este modo, la reciente visita de Vladimir Putin a China, apenas días después de reunirse con Donald Trump en Alaska, no fue un hecho aislado. Se trató más bien de un movimiento calculado que proyecta la imagen de un triángulo de poder conformado por China, Rusia e India. Este bloque apunta a desafiar la hegemonía occidental y plantea la pregunta ya no sobre si este bloque se opondrá a Washington, sino cómo lo hará.
Una imagen geopolítica diferente
Putin llegó a China con un aire distinto. Ya no apareció como el líder presionado por las sanciones tras la invasión a Ucrania, sino como alguien que logró persuadir a Trump de frenar nuevas medidas en su contra y mantener el statu quo en el frente ucraniano. La cumbre celebrada el 15 de agosto en Alaska lo había dejado en una posición más sólida, y su llegada a Tianjin fue recibida como una victoria diplomática.
Allí participó en la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), foro que congregó a líderes de Asia Central, además de importantes figuras como Narendra Modi y Kim Jong-un. La cita fue el inicio de una semana cargada de simbolismo, que culminó con un desfile militar en Pekín por el 80º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial. La magnitud del evento reforzó la idea de que China, Rusia e India reactivan con fuerza su coordinación política, buscando contrapesar la influencia de Estados Unidos y sus aliados.
La OCS, fundada en 2001, agrupa a China, Rusia, India, Pakistán y varias repúblicas de Asia Central. Surgió como un mecanismo de cooperación en seguridad y lucha contra el terrorismo, pero con los años amplió su alcance hacia la economía y la diplomacia. Hoy se presenta como un espacio alternativo al orden internacional dominado por Occidente, y la cumbre en Tianjin demostró que su relevancia va en aumento, con nada menos que el 40% de la población mundial representada a través de la misma.
Putin se aseguró de proyectar una relación sólida con Xi Jinping. El mensaje fue claro: los intentos de Washington de lacerar la relación entre Moscú y Pekín no funcionan. A diferencia de lo ocurrido en los años 70, cuando Estados Unidos logró distanciar a China de la Unión Soviética, hoy las circunstancias son distintas. La presión estadounidense, lejos de separar a ambos, los acerca más.
La invasión a Ucrania, aunque costosa para Moscú, ha tenido como efecto inesperado el afianzamiento de su alianza con China. Ambos comparten el rechazo a la hegemonía estadounidense y a la visión liberal del orden internacional. Son potencias nucleares, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y encuentran en sus economías un complemento natural: Rusia aporta recursos energéticos y minerales, mientras que China ofrece su capacidad industrial y tecnológica. A ello se suma la afinidad personal entre Xi y Putin, que refuerza la cooperación estratégica.
¿El nuevo camino del Dragón y el Elefante?
El papel de India dentro de este entramado es más complejo. El encuentro entre Xi y Narendra Modi fue la primera visita del líder indio a China en siete años y tuvo un gran peso simbólico. Ambos países mantienen una relación marcada por la desconfianza, sobre todo tras los enfrentamientos fronterizos en 2020 en el valle de Galwan. Sin embargo, el actual escenario económico y las presiones externas los empujan a explorar un acercamiento.
La imposición de altos aranceles por parte de Trump a productos indios, en respuesta a la compra de petróleo ruso por parte de Nueva Delhi, obligó a Modi a replantear su estrategia. En Tianjin, Xi habló de que China e India deberían verse como socios más que como rivales, y Modi respondió evocando un ambiente de paz y estabilidad. El restablecimiento de vuelos directos fue un gesto adicional que reforzó la voluntad de tender puentes.
Aun así, India mantiene una posición ambivalente. Su política exterior busca el equilibrio entre acercarse a China y Rusia sin romper los lazos con Estados Unidos, construidos durante décadas. Las tensiones con Pekín, sumadas a la alianza estratégica entre China y Pakistán, dificultan que Nueva Delhi se integre plenamente a un bloque contrario a Washington. Para India, el costo de alinearse en exceso con Rusia y China podría ser demasiado alto.
El impacto del desfile
El desfile militar en Pekín fue la culminación de una semana que buscó enviar un mensaje contundente. Miles de soldados y equipos de última generación desfilaron frente a líderes como Putin, Modi y Kim Jong-un. El espectáculo no solo recordó el pasado bélico, sino que proyectó la imagen de un bloque decidido a mostrar músculo frente a Occidente. Las imágenes, cuidadosamente transmitidas, refuerzan la idea de que China se coloca en el centro de esta arquitectura de poder alternativa.
El impacto fue inmediato: quedó claro que, aunque las diferencias entre los países participantes son profundas, el simbolismo de su unión pesa más en este momento. China se posicionó como la potencia capaz de articular voluntades, respaldada por recursos financieros y una visión de largo plazo. La creación de un nuevo banco de desarrollo de la OCS, financiado con capital inicial de Pekín, confirmó esa ambición: reducir la dependencia del dólar y promover un multilateralismo distinto al impulsado por Estados Unidos.
¿Qué significa para el futuro?
El panorama que se abre es de enorme trascendencia. La posibilidad de que China, Rusia e India actúen de forma coordinada altera los cálculos estratégicos de Washington. Más aún si la OCS y el grupo BRICS logran complementarse, formando un entramado que ofrezca alternativas reales a países del Sur Global. Este movimiento, aunque aún incipiente, refleja el avance hacia un mundo más multipolar.
No obstante, persisten los desafíos. India seguirá cuidando su autonomía, mientras Rusia y China deberán administrar cuidadosamente una relación donde existe desconfianza histórica. Lo que sí parece seguro es que la presión de Estados Unidos está actuando como catalizador de estas alianzas, en lugar de debilitarlas.
La cumbre en Tianjin y el desfile en Pekín dejan una conclusión clara: el tablero internacional está cambiando, y China ocupa el centro de esa transformación. Junto a Rusia e India, proyecta un futuro donde las reglas ya no serán dictadas en exclusiva por Occidente, sino discutidas en mesas más amplias y diversas. La política global entra así en una nueva fase, marcada por la competencia de visiones y la búsqueda de un equilibrio más plural.
(*) Politólogo | santacruzcarranza@gmail.com
respuesta de 681737 el 2021-07-18.
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