En el Perú de hoy, hablar de la participación y el liderazgo de las mujeres es referirse a una transformación en marcha, un proceso que no es lineal, cargado de tensiones, pero profundamente arraigado en la historia de luchas por la igualdad. Este liderazgo se centra principalmente desde los territorios, desde el cuidado y en espacios que antes no les eran permitidos. A lo largo del país, las mujeres protagonizan procesos de organización comunitaria que no solo crecen en número, sino que presentan características propias: se centran en el bienestar colectivo, el vínculo comunitario y la sostenibilidad de la vida.
Aunque las mujeres cada vez tienen mayor presencia en ámbitos como la gestión y la obra pública, su participación no siempre se traduce en poder real ni en toma efectiva de decisiones. Este cambio estructural se ha alimentado de décadas de lucha feminista, de políticas públicas que reconocen (aunque todavía de manera insuficiente) las desigualdades de género, y de prácticas concretas en barrios, comunidades y organizaciones de base. Sin embargo, se enfrenta a una cultura patriarcal persistente, a múltiples formas de violencia simbólica y estructural, y a un sistema político profundamente masculinizado.
Como resultado, persisten brechas que limitan su influencia en los espacios de decisión, y condicionan su participación formal mediante estereotipos de género, estructuras institucionales excluyentes y barreras de acceso. No obstante, las mujeres han generado formas propias de liderazgo, más horizontales y comunitarias, sostenidas en la vida cotidiana: desde comedores populares y ollas comunes hasta redes de vigilancia ciudadana y organizaciones vecinales.
Circunstancias difíciles
Tras la pandemia de Covid-19, el liderazgo de las mujeres se hizo aún más visible, especialmente en espacios comunitarios de respuesta solidaria. Durante la crisis sanitaria, fueron ellas quienes asumieron, en su mayoría, la organización de las ollas comunes en distintas regiones del país. Según la Defensoría del Pueblo (2022), “son las que más participan en las ollas comunes”, teniendo una vocación de servicio comunitario. Ese liderazgo desde el cuidado, fue clave para sostener la vida en los territorios durante la emergencia sanitaria.
Sin embargo, este tipo de liderazgo sigue siendo subvalorado en los sistemas formales de poder. Aunque las mujeres representan más del 50?% de la población peruana, su participación institucional sigue siendo limitada. Este escenario revela una contradicción estructural: las mujeres participan de manera activa en los espacios comunitarios, pero son las que menos acceden a las estructuras formales de poder. No basta con abrir puertas a la participación: es necesario garantizar condiciones equitativas para el ejercicio real del poder. Para ello, resulta clave promover procesos de formación en ciudadanía, liderazgo y derechos, especialmente en contextos donde las mujeres ya están ejerciendo funciones de coordinación, incidencia política y acompañamiento territorial.
Iniciativas locales
En el distrito de José Leonardo Ortiz, por ejemplo, este compromiso se fortalece gracias al trabajo de organizaciones como el Centro de Formación y Promoción Humana “Santa Ángela”, que impulsa procesos formativos para el liderazgo comunitario, el empoderamiento de las mujeres y su participación activa en veedurías ciudadanas vinculadas a la vigilancia de la obra pública e incidencia organizativa. A estas iniciativas se suman organizaciones juveniles que fomentan el liderazgo de las jóvenes, promoviendo su participación política y contribuyendo a construir una ciudadanía más justa, inclusiva y representativa.
Desde una mirada psicológica, es importante considerar tanto las dimensiones individuales como las colectivas del liderazgo. A nivel individual, muchas mujeres pueden experimentar el síndrome del impostor, la falta de reconocimiento a sus logros, la sobrecarga emocional y el techo de cristal, factores que afectan la manera en que asumen y sostienen posiciones de liderazgo. En el plano colectivo, se promueve el liderazgo horizontal, el trabajo en círculos, los espacios de cuidado y talleres que resignifican lo que implica liderar desde una lógica de acompañamiento y transformación social, reconociendo la fuerza de sus voces y trayectorias.
En el departamento de Lambayeque, las mujeres han desempeñado un papel fundamental en procesos de fiscalización ciudadana y participación política no partidaria. En muchos departamentos, las mujeres han empezado a involucrarse más activamente en estos procesos, aportando una mirada distinta y exigiendo transparencia, calidad y pertinencia social en las inversiones. Un ejemplo es la Red de Integridad Lambayeque, espacio multiactor que cuenta con la participación de lideresas comunitarias que han impulsado veedurías ciudadanas a obras públicas.
Desde ahí, se promueve una cultura de vigilancia ciudadana, ética pública y rendición de cuentas, visibilizando un liderazgo transformacional centrado en el cuidado colectivo. Pienso, por ejemplo, en Jannet Irigoyen, presidenta de Emprendedores Solidarios de Lambayeque (Emsolam), quien lucha por los derechos de las personas con discapacidad y, desde la red, por obras públicas accesibles.
Desafíos estructurales
El liderazgo femenino en el Perú, aunque enfrenta desafíos estructurales, se sostiene sobre una base sólida de avances significativos. La transformación avanza, con tiempos distintos en cada territorio, pero con una dirección clara: una forma de ejercer el poder con énfasis en el cuidado, la justicia social, la transparencia y el bienestar colectivo.
Para consolidar estos avances, es necesario fortalecer políticas públicas que promuevan la corresponsabilidad social, garanticen recursos financieros para lideresas, protejan frente a la violencia política, faciliten el acceso equitativo a tecnologías y promuevan condiciones adecuadas para el cuidado comunitario. Son demandas nacidas desde los barrios y el campo, desde la vida cotidiana, y deben ser atendidas con urgencia y compromiso.
Hoy, el liderazgo de las mujeres peruanas ya no es solo una cuestión de acceso simbólico: es una construcción desde abajo, que no reproduce mandatos, sino que transforma sin excluir. Es una forma de tejer comunidad con justicia, equidad y acceso real a oportunidades. Es hora de que la democracia sea verdaderamente representativa, y las mujeres ya están abriendo ese camino. Mirando hacia el 2026, se vuelve urgente que este liderazgo no solo siga creciendo en los territorios, sino que se traduzca en una presencia efectiva en los espacios de poder político.
El Perú no puede permitirse avanzar con una democracia que aún excluye o subrepresenta a más de la mitad de su población. Las elecciones anteriores mostraron avances, pero siguen siendo insuficientes. El reto es que cada vez más mujeres, con trayectoria social, comunitaria y técnica, asuman roles de decisión desde sus propios marcos éticos y colectivos, es momento de que ese liderazgo se exprese con fuerza en las próximas elecciones generales. Solo así podremos imaginar una política distinta: más representativa y de oportunidad.
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(*) Psicóloga, magíster en Fonoaudiología con mención en Trastornos del Lenguaje, coordinadora general del CEFOPROH Santa Ángela y secretaria técnica de la Red Integridad Lambayeque.
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El liderazgo femenino en el Perú, aunque enfrenta desafíos estructurales, se sostiene sobre una base sólida de avances significativos. La transformación avanza, con tiempos distintos en cada territorio, pero con una dirección clara: una forma de ejercer el poder con énfasis en el cuidado, la justicia social, la transparencia y el bienestar colectivo.
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