Antes del viaje del ministro Santivañez a los Estados Unidos, el flamante viceministro Julio Díaz Zulueta ingresaba con laureles de cuestionamiento y con buen dinero para pagar su defensa. Este cuenta con especialización en Lengua y Literatura, estudios de posgrado en el CAEN, y dos maestrías (una en Defensa y Desarrollo Nacional y la otra en Administración, Ciencias Policiales y Gestión Pública). Con estos importantes estudios no queda la menor duda que, al igual que su padrino, sea del fuste y con disposición académica para enfrentar la criminalidad creciente. En estos últimos tiempos y nadie tiene sentido de creatividad para encarar el problema. Al igual que la filosofía de Acuña al sostener que «no se puede hacer nada contra la naturaleza», se trata de dos personas, cada uno en su lugar que no saben pensar o si es que piensan no saben lo que dicen. Para el exvendedor de cañazo, no es necesario «hablar bonito» para ser presidente, pero qué bien se oye en labios del orador alusiones al sueño de Calderón de la Barca.
Privilegiarse del poder, desde cualquier espacio, y ostentar similitudes desde su origen pareciera no tener mucha importancia frente a las necesidades de un país. Desde un escritorio palaciego, no se puede con la criminalidad y desde la cuasi estirpe de gobernador tampoco con una quebrada que embalsa las calles de los barrios populares de Trujillo, excepto si alguien le cree que, desde el bolsillo del gobernador, se soluciona o se enfrenta la naturaleza. Ambos saben de las aulas universitarias, ambos conocen lo que son estudios de posgrado. Ambos saben el rol que le corresponden; sin embargo, también saben que cualquier pachotada verbal sirve para causar risa o indignación a la que siempre estamos acostumbrados. Las similitudes entre ambos protagonistas dejan en claro que el ejercicio del poder o la circunstancia de las acciones políticas terminan en una cuestión doméstica y de sentido común. Uno que piensa que dejando de ser viceministro para ser ministro piensa que las bodegas son escondites de cualquier asalto y el otro piensa que como gobernador con una palana, pico y carretilla puede defenderse de los huaicos.
En cambio, las diferencias entre ambos caracterizan el estatus que no se aleja de lo político, pero es excelso el uso del poder, las diferencias caracterizan el poder y ejercicio de cada uno. Siendo ministro del Interior y con demandas por alimentos por dos mujeres también implica que cualquier mujer tendría que salvarse del ministro, podrían esconderse en una bodega para saber detalles y construir argumentos para exigir sus derechos. La bodega resulta un escondite en el razonamiento paupérrimo para cualquier ministro con cierta artimaña para sobrevivir al margen del verbo de su lengua, que al parecer es ajena a la literatura. La gobernación es otro escondite para el privilegio del poder, sabiendo que no puede con la naturaleza, pero al mismo tiempo está exento del poder la criminalidad y que sostiene que los gobiernos regionales no tienen responsabilidad sobre ello. El uso del poder desde las peculiares diferencias presenta similitudes que no se explican racionalmente, tampoco desde el sentido común para aprender de ellos. Cada quien se desenvuelve como quiere, que no es lo mismo que lo haga como puede.
Escondite y escondidos
La bodega de la esquina como escenario es la salvación para un ministro como unos billetes para el gobernador frente al huaico. Sin embargo, las pequeñas bodegas forman parte de una construcción social, es una forma convencional de ganarse la vida en función de los consumidores. Se trata del espacio para «el fiado», «mañana le pago», «anótelo por favor» o «dice mi mamá que le apunte un ajinomoto» o para la sobrevivencia humana en una economía tan informal en cualquier nivel. Una bodega no puede inspirar al ministro, y una gobernación no puede ser el reducto para diseñar estrategias con picos, palanas y carretillas. Con estos embustes políticos en manos de la mediocridad y ausencia de liderazgo, no se puede construir ninguna estrategia política. El peligro que uno de ellos llegue a la presidencia y el otro, con sus demandas, siga en el poder de cualquier escritorio que no imaginó cuando estudiaba una maestría en Defensa Nacional es de esperar.
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(*) Investigador Renacyt y docente universitario. Palmas Magisteriales 2016.
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