El Perú atraviesa una de las etapas más críticas en cuanto a delincuencia e inseguridad ciudadana. El sicariato, los robos a mano armada y la violencia juvenil se han convertido en fenómenos cada vez más comunes, despertando la preocupación de toda la sociedad. Pero, ¿cómo llegamos a este punto? ¿Acaso un niño nace criminal? Desde un análisis conductual, la respuesta apunta en otra dirección: los niños no nacen delincuentes, sino que son moldeados por las circunstancias de su entorno.
La conducta como reflejo del entorno
El conductismo, una rama de la psicología que analiza la conducta observable y su relación con el ambiente, señala que el comportamiento humano se construye a través del aprendizaje. Cada acción tiene una causa, y en el caso de un niño que se convierte en criminal, debemos mirar las influencias externas que moldearon su comportamiento: las recompensas, castigos y modelos a seguir a los que estuvo expuesto.
En términos simples, si un niño crece en un entorno donde la violencia es el único recurso para resolver conflictos o conseguir lo que desea, es probable que internalice esa conducta. Las experiencias tempranas, los refuerzos (positivos o negativos) y las consecuencias inmediatas de sus acciones generan un aprendizaje que, a largo plazo, forma la base de su personalidad y decisiones futuras.
Factores que contribuyen al moldeamiento de conductas delictivas
A través de la observación y el análisis de casos, los factores más influyentes en la formación de un niño con tendencias delictivas incluyen:
Modelos de referencia inadecuados: En hogares donde los adultos emplean la violencia como herramienta para controlar o imponer, los niños aprenden que esta es una estrategia aceptable. La exposición a figuras delictivas, ya sean familiares o líderes de la comunidad, refuerza este aprendizaje.
Refuerzos erróneos: Muchos niños crecen en ambientes donde las conductas agresivas o deshonestas son recompensadas. Por ejemplo, un adolescente que participa en pequeños robos y obtiene bienes materiales como resultado, internaliza que ese comportamiento es exitoso.
Desatención emocional: El abandono emocional, la falta de afecto y de validación por parte de las figuras parentales generan sentimientos de rechazo y baja autoestima. Estos vacíos pueden llevar al niño a buscar aceptación en grupos delictivos que le ofrecen un falso sentido de pertenencia.
Normalización de la violencia: En barrios y comunidades donde el crimen es parte de la cotidianidad, los niños aprenden que la delincuencia no solo es común, sino también necesaria para sobrevivir o destacar.
Falta de acceso a educación y oportunidades: Sin herramientas educativas ni opciones laborales dignas, los niños y adolescentes perciben el crimen como la única vía para salir adelante.
El papel de la sociedad en el problema
El análisis conductual también nos lleva a cuestionar las respuestas sociales frente a esta crisis. ¿Estamos castigando la conducta delictiva sin atender sus causas? Si bien las intervenciones punitivas son necesarias, el enfoque preventivo es aún más crucial. Como sociedad, hemos descuidado factores clave que contribuyen al desarrollo de conductas criminales:
Hogares disfuncionales: Más del 30 % de los niños en Perú viven en hogares con episodios de violencia familiar, según el INEI.
Deficiencias en el sistema educativo: Las escuelas, en lugar de ser espacios seguros, muchas veces perpetúan el rechazo y la discriminación hacia los niños vulnerables.
Falta de políticas públicas efectivas: A pesar de los esfuerzos, la inversión en programas de prevención para la infancia sigue siendo insuficiente.
¿Es posible revertir este aprendizaje?
El conductismo también nos ofrece una luz de esperanza: así como un niño puede aprender conductas delictivas, también puede desaprenderlas y adquirir nuevos patrones de comportamiento. Programas enfocados en el refuerzo positivo, la modelación de conductas prosociales y la educación emocional son herramientas poderosas para redirigir a los niños y adolescentes en riesgo.
El deporte, el arte y la cultura son alternativas que ofrecen vías saludables para canalizar emociones y desarrollar habilidades sociales.
Intervenciones tempranas con psicólogos y trabajadores sociales pueden identificar patrones de conducta nocivos y ofrecer apoyo tanto a los niños como a sus familias.
El fortalecimiento del sistema educativo es fundamental para proporcionar no solo conocimiento académico, sino también herramientas para la vida.
Un llamado a la acción
No podemos ignorar que los actuales niveles de delincuencia e inseguridad ciudadana son el resultado de una cadena de aprendizajes acumulados a lo largo de generaciones. Si queremos romper este círculo vicioso, debemos invertir en los niños de hoy, ofreciéndoles modelos de conducta saludables, ambientes seguros y oportunidades reales de desarrollo.
Es hora de que tanto el Estado como la sociedad civil trabajen juntos en una estrategia integral que priorice la prevención, porque detrás de cada criminal hay una historia que pudo haberse contado de manera diferente.
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(*) Psicólogo y docente universitario.
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