No se podía esperar menos. El último día 28 de Julio la actual presidenta de la república, Dina Ercilia Boluarte Zegarra, expuso con supremacía capacidad lectora y aplomo, cómplice de una realidad fantasiosa, un extenso discurso que demandó más de tres horas, quizás uno de los más aplaudidos por la parafernalia congresal armada entre gallos y medianoche, para discursear como una película repetida, tal cual como sus antecesores nos tuvieron acostumbrados; es decir, mentir, prometer y no cumplir.
El discurso leído por Dina Boluarte el 28 de julio pasará la historia porque la mandataria dijo y se desdijo ofreciendo lo que no debió y, para colmo de males, nos quiso enredar en un torbellino palaciego, pretendiendo hacernos creer que los peruanos estamos viviendo en un paraíso y, si aún no era tal cual, estábamos próximos a convivir en él.
Es decir, para la señora Boluarte, los siete meses de su gobierno han servido para que los peruanos podamos alcanzar la felicidad convivencial y mejorar hasta lograr su máxima expresión en el tiempo que le falta para culminar su periodo gubernamental, siempre y cuando fuera así.
El discurso sin contexto real
Lo aceptable del discurso de la mandataria, dentro de su tedioso y confuso contexto, fue que durante su lectura no hizo anuncios que pudieran haber remecido la endeble estabilidad política del país, ya que desde su inicio, la información contenida en el mismo, siendo inconsistente y diametralmente opuesta a la realidad que vive el país, no hizo sino tener que obligar a pensar a los oyentes y televidentes que a dignataria estaba pretendiendo colocarnos en estatus que correspondía a otra realidad, mas no a la nuestra, ya que difícilmente en siete meses de gestión ella y sus ayudantes de turno podrían haber logrado tantos beneficios como pretendió establecer.
Lo que dijo
Siguiendo con su alocución discursiva, Dina Boluarte ofreció con total desparpajo gastar millonarias sumas de dinero para financiar y fortalecer programas sociales, ejecutar un catálogo de obras de gran envergadura y de gran impacto social y, como cereza del pastel, la generación de empleo, cuando bien sabemos que lo último cada vez más camina en retroceso por la pérdida constante de puestos de trabajo producto del decrecimiento de la economía del país, lo cual genera inflación que golpea con mayor potencia a los que menos tienen.
En buena cuenta se demuestra el incipiente conocimiento sobre ambas materias por parte de la gobernante y sus operadores de ocasión.
Sobre la entrega de millonarios presupuestos
Dentro de la lluvia de promesas, la señora Boluarte ofreció entregar a los gobiernos regionales y locales ingentes cantidades de dinero para la ejecución de proyectos de inversión pública de gran impacto social, sabiendo que estos gobiernos sub nacionales, no los utilizan bien, los malgastan o al final no los invierten.
Como bien se sabe, altos porcentajes de los presupuestos asignados año a año son revertidos al erario nacional, producto de la baja capacidad de los operadores, quienes, incluso aletargan sus actividades por no tener una capacitación continua y aparente que les permita gastar los dineros entregados con celeridad y efectismo absoluto para cumplir con las metas por alcanzar.
Sobre la seguridad ciudadana
El discurso festivo ante el pleno del parlamento y los invitados trató el tema de la inseguridad ciudadana reinante en el país, anunciando que para luchar contra ella y combatirla con celeridad creará la Policía de Orden y Seguridad, como un organismo paralelo a la Policía Nacional del Perú, que realizará una labor de prevención de la comisión de hechos delictivos y un seguimiento incisivo de los actores criminales que hoy abundan en el país, mas no dijo en qué momento será efectivo su accionar y quienes realizarán dicha labor con la técnica y el expertis que estas acciones deben sostener.
El esperado discurso en el día de la peruanidad sólo sirvió para el aplauso de aquellos que acomodan sus intereses a su medida, por lo demás y como suele suceder, los resultados estadísticos forzadas fueron confusos e inconsistentes. El festival de promesas fue la parte central del extenso discurso, la demagogia pura no podía faltar y como fin de fiesta jubilar, la hipocresía y la sobornaría tenían que estar a flor de piel.
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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.
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