El 28 de julio de 1821 el Libertador don José de San Martín, con la flamante bandera peruana en la mano, exclamó: "Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que dios defiende. ¡Viva la Patria!, ¡Viva la libertad!, ¡Viva la independencia!".
La naciente nación surgía como una república de ciudadanos iguales que eligieron formar una nación, no una comunidad igualitaria de personas que comparten rasgos étnicos, lingüísticos y culturales. Pero la unidad política no bastó para crear un alma nacional, el alma nacional se fue forjando desde la comunidad espiritual que intentaron realizar los misioneros de distintas Órdenes Católicas desde su llegada a estas tierras. Dice al respecto don Víctor A. Belaúnde:
“Es el impulso religioso el que proporciona la fuerza de cohesión que unifica la sociedad y la cultura. Las grandes civilizaciones del mundo no producen las grandes religiones como un subproducto de la cultura; en su verdadero sentido las grandes religiones son el fundamento en que las grandes civilizaciones descansan. Una sociedad que ha perdido su religión, tarde o temprano pierde su cultura. A esta opinión se ha adherido Arnold Toynbee afirmando que las civilizaciones existen al servicio de la religión”.
Por tanto, vale afirmar que esa comunidad espiritual es la base de la conciencia nacional peruana.
Así, no es casual que el primer Congreso Constituyente del Perú (1822-1825) conformado por 91 diputados, 24 de ellos fuesen eclesiásticos (28 abogados, 9 comerciantes, 8 médicos, 6 empleados, 5 propietarios, 5 militares, 3 mineros y un marino). Presidente Toribio Rodríguez de Mendoza -sacerdote y maestro en el Convictorio San Carlos de varios de los congresistas-. La primera Mesa Directiva del Congreso tuvo como Presidente al Dr. Francisco Javier de Luna Pizarro.
Así pues, la evangelización está unida estrechamente a la aparición del sentimiento de la nacionalidad.
Aporte de los Franciscanos
El gran historiador franciscano Fray Diego Córdova y Salinas decía: “Nuestros antepasados pusieron todo estudio en las obras, y muy poco o ninguno en los escritos y memorias”.
Pocas veces los franciscanos escribimos nuestra historia para que sea contada a las futuras generaciones y puedan saber cuál ha sido nuestro papel en la historia de la Iglesia y del mundo y a qué nos interpela el hoy de la misión. De hecho, entre la recopilación de las misivas de los pilares de la misión en la Amazonia peruana en la segunda mitad del siglo XX, fray Agustín Pardo y fray Nicolás Giner, algún compilador exclamó: "parece que los frailes hicieran un voto de silencio".
Efectivamente hay un silencio, un silencio que habla, que interpela. El silencio no responde tanto a un voto en cuanto que es la identidad Franciscana que le apuesta a la discreción para que el pueblo teja su historia en el acontecer de sus logros con la ayuda de los franciscanos. Los franciscanos nunca nos hemos sentido constructores de historia, sino puentes para que el pueblo construya su historia y la redima como historia de salvación.
Para llegar al alma del pueblo se puso esmero y cariño en la liturgia, la música y la administración de los sacramentos. Especial interés en aprender el idioma quechua y otros idiomas indígenas, así compusieron diversos textos de fe en su propio idioma. Las devociones en las iglesias franciscanas y fuera de ellas fueron las dedicadas a los principales misterios del Señor y de la Virgen María.
Se consideraron devociones eminentemente franciscanas la preparación de nacimientos en navidad, el rezo y la práctica del vía crucis, el culto y devoción a la Eucaristía y por supuesto el culto mariano, no podemos olvidar la devoción y culto a la pasión del Señor y por ello a la Santísima Cruz.
En Chiclayo
En Chiclayo la evangelización franciscana está en el origen de la ciudad (1532), luego se funda el Convento (1552), se concluye la Iglesia Nuestra Señora del Valle en 1585. Signos de esta presencia son el siervo de Dios Nicolás Ayllón (Nicolás Puicón Faxollén, indígena collique) fue acólito y luego fue educado por el Padre Juan de Ayllón, de quién tomó su apellido como era costumbre aquellos tiempos; el milagro de Eten y la devoción a la cruz de Motupe.
Mención especial merecen los misioneros franciscanos del Colegio de Propagación de la Fe “Santa Rosa de Ocopa” (1725), cuyo lema reza: “la religión, la ciencia y el trabajo constituyen la felicidad y el progreso de los pueblos”. El P. Bernardino Idoyaga, historiador de Ocopa y constructor del actual convento e iglesia franciscana en Chiclayo (Basílica San Antonio de Padua), resume todo el asunto del aporte de Ocopa a la geografía del Perú, con estas palabras que sintetizan lo dicho por tantos historiadores:
“Ocopa ha traído al patrimonio nacional del Perú, una tercera parte de su actual territorio”.
A los misioneros no les interesaba sino las almas y eran estímulos para su impulso heroico la impenetrabilidad de la Selva y hasta el mismo atraso de las poblaciones, cuya pobreza y abandono los hacía más dignos de la caridad evangélica. Y así, la evangelización de la Amazonía se presenta como uno de los hechos más nobles, más puros y de más alta heroicidad emprendidos por el hombre. Puede decirse que fue el triunfo absoluto del espíritu puro.
Partiendo de Ocopa (sierra central del Perú) abrían caminos, construían puentes, levantaban y publicaban mapas, demarcaban fronteras, ganaban nuevas, lejanas y ricas tierras para el Virreinato y la República. Escribieron gramáticas, vocabularios y diccionarios de las lenguas nativas, y catecismos y sermonarios en esas mismas lenguas. Escribieron y publicaron informes, relaciones y diarios con una infinidad de valiosísimos datos de todo tipo: etnográficos, antropológicos, geográficos, botánicos, zoológicos, etc. Y dando muchas veces su vida hasta el martirio recorrieron todo el Oriente Peruano.
El aporte espiritual de las otras presencias franciscanas lo dice don José Agustín de la Puente Candamo, refiriéndose al Convento de los Descalzos del Rímac, Lima:
“Existe una historia que no está presente en documentos y que se conserva intocada en el secreto de las conciencias. Pienso en la persona que, en momentos de agobio, de culpas, o de incertidumbre y perplejidades, acudió en un siglo o en otro, a recibir del franciscano el perdón, la orientación y el sosiego. Esta es la historia más profunda y trascendente de los Descalzos.”
Hacer ésta breve memoria histórica, gracias a la invitación de Rosa Amelia Chambergo, es ocasión para la autoevaluación y reconocer también falencias, pero sin pretender huir ni hacia atrás ni hacia adelante, sino asumir el presente con humildad y valentía acogiendo la exhortación del seráfico padre San Francisco de Asís: “Comencemos hermanos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho”.
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(*) Guardián del Convento San Antonio de Chiclayo.
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