La lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, no se da por vencida y persistirá por intentar llegar a la Presidencia de la República en las elecciones del 2026, pese a las tres derrotas consecutivas que ha tenido. Por lo menos ya adelantó esa posibilidad y ha dicho que “no va a renunciar a su derecho de postular, aunque todavía no ha tomado esa decisión”. Tiene fe que a la cuarta es la vencida. Desde las huestes fujimoristas ven buenos ojos y dicen que ella es la candidata natural de ese partido, lo que indica que no hay renovación de cuadros ni cambio generacional en el inmediato plazo.
Es innegable que cada vez que Keiko Fujimori emite una opinión política sobre un tema de coyuntura -como presionar al gobernante de turno para imponer sus apetitos personales-, o habla de su futuro político, genera muchos resquemores y críticas a favor y en contra. Y esta vez no iba a ser la excepción, pues sabía que al abordar un tema tan sensible y controversial sobre una nueva postulación a la Presidencia de la República, iba a provocar el debate público que ella quería, que su nombre nuevamente esté en vitrina y en boca de todos, para bien o para mal. Todo sirve con tal de mediatizar su figura pública que había estado enclaustrada, venida a menos, luego de no prosperar su objetivo de que anulen las elecciones generales del 2021, argumentando un presunto fraude, la cual perdió indignamente con Pedro Castillo. No es casual que Keiko exponga públicamente por adelantado esta una nueva oportunidad para intentar llegar a la casa de Pizarro, en lo que sería su cuarta participación electoral consecutiva. Por lo menos, esta vez ya lo puso en agenda con anticipación, sobre todo si tenemos como antecedente que tras perder los comicios de 2011 con Ollanta Humala, dijo que ningún Fujimori se lanzaría a la Presidencia el 2016; pero ella se metió entre las patas de los caballos y perdió ante Pedro Pablo Kuzcynski.
Lo mismo sucedió el 2021 y terminó con la bronca de su vida, porque le ganó el postulante peor preparado política e ideológicamente. Nunca tuvo el camino tan allanado para alcanzar el triunfo, el cual se le esfumó de las manos torpemente. Su sonrisa victoriosa solo le valió algunos minutos (tras el flash electoral), porque después volvió a sacar su verdadera careta para urdir la narrativa del presunto fraude. La lideresa de Fuerza Popular, dijo que más allá de los duros cuestionamiento a esta pretensión, “no va a renunciar a su derecho de postular, aunque todavía no ha tomado esa decisión, pero no renunciará a ese derecho”. Es más, señaló estar agradecida por el respaldo que ha recibido en tres oportunidades, ya que es la primera mujer en haber llegado a segundas vueltas en el país. Para ella es un honor haber llegado a esas instancias finales y no haber ganado nunca, los triunfos le fueron esquivos por errores propios o de miembros de su partido. Sin embargo, hay que destacar su sinceridad para manifestar su intención, y no como ocurrió anteriormente que ocultó su verdadera aspiración, aunque después haya revelado sus reales ambiciones. Todo hace indicar que la descendiente de Alberto Fujimori es la ‘candidata natural’ de ese grupo político (así lo ha dicho Alejandro Aguinaga). ¿A caso no hay otras alternativas que la reemplacen? Por lo visto no hay formación de cuadros jóvenes ni cambio generacional que permitan oxigenar al partido fujimorista.
Igual sucedió con el Partido Aprista, que tuvo en Alan García a su figura representativa en cada proceso electoral. El Apra si él no era nada. Y el mejor testimonio sucedió en las elecciones del 2006, cuando García llegó por segunda vez a la Presidencia de la República tras triunfar en esas elecciones, después de catorce años de haber estado en el exilio. Alan tenía un poder de convencimiento a través de la palabra, él siempre fue un candidato ganador. Antes el Apra lo había intentado con Armando Villanueva y Luis Alva Castro; pero perdieron en las elecciones de 1985 y 1990, respectivamente. Keiko tiene una coraza a prueba de balas para decir que no descarta estar presente en el partidor electoral el 2026, pese a las dolorosas derrotas que tenido en los últimos tres procesos. Hay que tener sangre fría para poner sobre el tapete un tema tan polémico, a sabiendas que tiene un anti voto muy grande, un rechazo masivo de la población, por su trayectoria política llena de cuestionamientos y objeciones, que lo han puesto en el ojo de la justicia reiteradas veces. Por ello, el Ministerio Público lo investiga por supuestamente liderar una organización criminal, por lavado de activos, obstrucción a la justicia, entre otros. Además, ha sido vinculada con el caso Odebrecht por presuntamente haber recibido aportes de esta empresa para sus campañas presidenciales.
El anti voto de Keiko se circunscribe, además, a la historia que escribió su padre en su gobierno con sangre y fuego, y del cual ella fue parte como primera dama; pero jamás tuvo la hidalguía de reconocer los atropellos a los derechos ciudadanos que se produjeron en esa década. Tal vez, si hubiera admitido que el régimen de su progenitor fue una dictadura, posiblemente habría generado empatía con la ciudadanía. Finalmente, a ella no se puede culpar de los delitos de su padre, pero si hubiera tenido la valentía de admitir las acciones ilegales en ese régimen, el pueblo lo habría respaldado con contundencia; pero sus vacilaciones y ambigüedades provocaron una resistencia de un gran sector de peruanos. Descrifrar el pensamiento político de Keiko en estas circunstancias es muy complejo, porque no se sabe cuándo dice la verdad o cuándo esconde algo. Solo el tiempo dirá si la Fujimori tentará por cuarta vez llegar a la Presidencia (parece una obsesión enfermiza), pero qué pasará si vuelve a ser derrotada, hará sus típicas pataletas de niña perdedora y apelará al tema del fraude, o esperará una quinta, sexta o sétima oportunidad. Solo el fujimorismo tiene la palabra.
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(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.
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