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RUNAKAY: LOS MILAGROS DE QUIENES USAN UNA NARIZ ROJA

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1022

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No son médicos, pero están en hospitales. Curan, pero no con medicinas. Los voluntarios de Runakay se dedican hace cuatro años a dar alegría y consuelo a quienes se encuentran privados de la salud, haciendo de sus juegos, ocurrencias y canciones el recetario perfecto. Su trabajo, equiparable a un apostolado de solidaridad, los ha llevado a situaciones distintas, acompañando la ilusión y la esperanza de la gente, regalando lo que más tienen: sonrisas.

 

En las horas aciagas por las lluvias y desbordes entre febrero y marzo de este año, también estuvieron presentes. No dudaron en subirse a los camiones del Ejército y trasladarse hasta las zonas de emergencia para poner una cuota de tranquilidad entre los damnificados. Llegaban cantando, riendo, confirmando aquello que Páez dice en su canción, que todo no estaba perdido, que ellos llegaban para ofrecer su corazón.

 

Runakay (esencia del hombre, en quechua), nació a iniciativa de Luis Miguel Antón Herrera, un joven psicólogo que fue invitado a participar de un equipo de clown hospitalario, experiencia en torno a la cual se juntaron otros diez jóvenes que se animaron por formarse en la actuación, venciendo sus propios miedos y rompiendo el estigma de que los payasos solo están para hacer reír. Ellos no, los “runas”, como se hacen llamar, van más allá del divertimento, procuran brindar apoyo emocional a quienes los conocen.

 

“Runakay es una organización sin fines de lucro cuyo eje principal son los hospitales, pero también trabajamos en comunidades activas. Hemos trabajado en Angolo, Mórrope, por los eventos de El Niño Costero, donde realizamos un proyecto llamado ‘Corazón de Parches’, que extendimos también a todas las comunidades que fueron afectadas. Quisimos llevar la técnica más allá y demostrar que el clown podía aminorar el estrés emocional de las personas que necesitaban no solo ayuda material, sino también que llegara alguien y les dijera que ellos podían seguir construyendo su vida a partir de lo que había pasado”, comenta Luis Miguel Antón, quien con nariz roja se convierte en “Paco”.

 

Los voluntarios activan actualmente en el Hospital Las Mercedes de Chiclayo y en el Hospital Belén de Lambayeque. Antes también lo hicieron en el Almanzor Aguinaga Asenjo.

 

En Las Mercedes han puesto en marcha un programa denominado “Sueños de Runa”, que consiste en el acompañamiento emocional nocturno para los pacientes. Las jornadas se realizan todos los viernes de 8 a 10 u 11 de la noche.  

 

SERVIR Y APRENDER

La organización cuenta con 20 payasos hospitalarios, 15 estudiantes en su escuela de formación, seis administrativos, cuatro runas civiles y seis profesores.

 

Todo el movimiento se financia gracias a la escuela de formación, donde los aspirantes reciben instrucción para explorar la técnica clown. El proceso empieza desde el nivel básico hasta lo más profundo, a cambio de un aporte económico que permite reunir recursos para las intervenciones sociales que se realizan.

 

A esto se suma el producto de “Runa Empresarial”, que se encarga del desarrollo de sesiones corporativas para mejorar el clima laboral a través de risoterapias, conferencias y talleres. Otro medio de captación de dinero es “El Baúl de Runa”, una pequeña tienda de souvenirs.

 

TRABAJO SERIO

Aunque parezca paradójico, el trabajo de los “runas” es más que serio y con él deben hacer frente a quienes consideran que ponerse una nariz roja y vestirse con prendas multicolor solo sirve para hacer reír a las personas.

 

“No es difícil buscar sonrisas en medio de la crisis, lo difícil es que los de afuera tomen el trabajo del payaso con la seriedad debida. A veces piensan que el payaso simplemente va a realizar el chiste o es el graciosito que hará reír. Nuestro trabajo no va por allí. Nuestro trabajo busca construir situaciones emocionales, la risa es la cereza del pastel. Buscamos sintonizar con la persona; si esta necesita llorar, la acompañamos en el llanto; si la persona necesita silencio, la acompañamos en el silencio. Si la persona necesita jugar, jugamos; entonces el payaso se va adaptando a las necesidades de la persona. La praxis nos ha enseñado que el payaso es un agente y que las personas lo reciben sí o sí, hasta en la negación, quieran o no lo miran, lo observan y así se entra en una línea muy horizontal. El payaso no es más ni menos, el payaso siempre está acorde a la persona, porque es un angelito desnudo; va sin título, sin nombres, sin posiciones socioeconómicas”, describe Luis Miguel Antón.

 

Como es lógico, el payaso necesita liberarse de la carga emocional que recibe y también cuidar de su salud, dado que el contacto con los pacientes hospitalarios es individualizado.

 

Para ello, Runakay ha puesto en práctica una serie de estrategias, consistentes principalmente en el uso de anclas emocionales. Por ejemplo, si un paciente los hizo sentir mal, ellos acuden a talleres para depurar emociones o realizar trabajos previos.

 

Respecto a la preservación de la bioseguridad, usan batas y materiales de protección para prevenir contagios o generar espacios de contaminación dentro de los hospitales.  

 

“Soy psicólogo de profesión y aunque me maten mis profesores creo que el clown me ha enseñado a acercarme a la persona más que la misma psicología, porque el payaso ve más allá de estereotipos o arquetipos, el payaso simplemente está allí, se cuestiona mucho, es muy crítico, sale del rebaño, salta y se pregunta por qué seguir así”, comenta.

 

PUERTAS ABIERTAS

Para los voluntarios de Runakay no fue sencillo ingresar a los hospitales. Tuvieron que demostrar que su trabajo garantizaba resultados en el ánimo de los pacientes, pero además que no se trataba de generar alboroto en las áreas de hospitalización, sino más bien de inyectar dosis de energía y ánimo.

 

“Para nosotros ha sido una batalla constante, sobretodo aquí en Chiclayo donde el arte no es bien revalorado. Cuando ingresamos por primera vez a un hospital, los directores y el personal de salud pensaban que íbamos a hacer bulla, pero se dieron cuenta que nosotros íbamos cama por cama por tiempos determinados, haciendo este trabajo psicológicamente armado y desde la técnica. Ahora lo valoran y nos abren las puertas”, explica.

 

La labor que la organización realiza ha sido reconocida por el Colegio Médico en Lambayeque, debido al impacto que esta tiene en la salud mental de los pacientes.

 

“Descansamos los domingos, porque durante toda la semana o estamos en escuela dictando talleres o estamos en los hospitales o en las comunidades, o donde podemos meter la nariz. Nosotros hemos encontrado en Runakay una fuente de poder, una herramienta para cambiar el mundo, para dar sonrías que animan al país”, destaca.

 

PASIÓN RUNA

Claudia Becerra Ramírez es economista, responsable legal de una empresa de telecomunicaciones y comparte su día a día con el voluntariado como clown. Cuando se pone la nariz – un proceso revestido de cierto grado de intimidad – da vida a “Frida”, su personaje, con el que no solo ha robado sonrisas, sino también más de un corazón.

 

Ingresó a Runakay al conocer de una convocatoria vía Facebook y desde entonces, hace un año, no ha dejado de participar en cuanta jornada de acción le ha sido posible.

 

“Me pregunté qué estaba haciendo por las personas, de qué manera me estaba donando, decidí intentarlo y aquí estoy. Creo que la parte más bonita de esta experiencia ha sido la frustración, porque en algún momento llegas a sentir que esto no es para ti, porque las voces del mundo te cuestionan y empiezan a preguntarte por qué no inviertes tu tiempo en otra cosa. Yo aquí he aprendido a liberarme y a recibir lo más gratificante que es la sonrisa; el agradecimiento de las personas a través de ella. No esperas que te digan gracias, es suficiente quedarte con una manifestación de amor”, comenta.

 

Pina Mundaca Esteves es otra voluntaria que ha aprendido a combinar su formación como psicóloga con el papel de clown, personificando a “Juku”, la creativa del grupo. Supo de la organización gracias a una amiga y no dudó en optar por su inscripción.

 

“Al llegar aquí empezamos a generar vínculos que muy difícilmente se dan en otros espacios. Salía de la universidad y de inmediato llegaba a Runakay, cuyos integrantes empezaron convertirse en mi familia. Runa es mi familia, la que yo quiero”, remarca Pina Mundaca, quien en paralelo ha encontrado en su familia – la de sangre – el apoyo necesario para realizar su labor voluntaria.

 

“Yo no solo hago reír, hago mucho más y es lo que le digo a la gente que piensa de ese modo, gente que no se da el tiempo para conocer nuestro trabajo. El payaso es una persona que también se esfuerza en su oficio, igual como lo hacen los demás trabajadores, más porque se lleva, en este caso, la carga emocional de cada paciente. El payaso ayuda, genera cambios, al igual que un doctor o un enfermero, pero no se ocupa de la parte física, sino de lo interior de la gente”, asevera.

 

Con su melódica, un instrumento de viento que se asemeja al acordeón, Alexis Niño Flores, un futuro ingeniero informático, encarna a “Perico”, el de la ocurrencias, que a pesar de tener el aspecto de “niño bien portado” es capaz de arrancarle sonrías hasta al más serio.

 

“Siempre me animó la idea de pararme en un escenario, fue así como me propuse ingresar a Runakay. Pasé las tres etapas de evaluación y así me convertí en un runa, pese a que estudio ingeniería informática, una carrera cuyo perfil es totalmente distinto al trabajo de un clown. Mis padres me apoyan mucho, y se sienten orgullosos de saber del trabajo que como payasos hacemos”, enfatiza. 

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