A lo largo de nuestra historia republicana, el Perú ha tenido toda clase de gobernantes, muchos de los cuales, más que destacar por méritos o virtudes, han visto su figura empañada por actos de corrupción que han lastrado el desarrollo de nuestro país.
Max Weber consideraba entre los tipos de dominación al sultanismo, considerándolo como el modelo donde todo depende del libre albedrio del gobernante. Como el gobernante piensa estar por encima de la ley, no distingue entre el erario y las rentas personales.
No por casualidad, don Jorge Basadre usó esta distinción para titular su libro póstumo, “Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano” (1981), donde formuló una severa crítica de los gobiernos republicanos, considerando al sultanismo como la base de la corrupción en el Perú, ya que el mandatario puede usar y usa al Estado para su beneficio, formando a su alrededor una camarilla de interesados en que prosiguiese la danza de los millones. Y en ninguna época se vio ese fenómeno con más fuerza, que en la época del guano.
ECHENIQUE Y LA “CONSOLIDACIÓN”
Después de dos décadas de inestabilidad política y perturbaciones económicas, el gobierno del mariscal Ramón Castilla (1845-1851) parecía ser el inicio de un fortalecimiento del Estado central, que se vio beneficiado con las ganancias de la comercialización del guano de las islas. Dada la coyuntura, se pensó que era hora que el Estado honrase los compromisos contraídos tanto a nivel externo, como a nivel interno. Una deuda interna bien servida sería la base sobre la cual sustentar el desarrollo financiero y económico del país. Existían dos tipos de deuda: la más grande, proveniente de expropiaciones, préstamos forzosos y créditos durante la década de 1820; y la que surgía por los préstamos de emergencia logrados por el Estado republicano en las agitadas décadas de 1830 y 1840, por lo común a muy altos intereses.
Al entregar el poder, el mariscal Castilla había expresado que la conversión de la deuda interna prevista en la Ley de Consolidación, “ley de consuelo y de sólidas esperanzas para una multitud de familias”, llegaría cuando más, a 6 o 7 millones de pesos. Pero las leyes que al efecto se habían dado, eran defectuosas ya que no establecía claramente el cómo reconocer las deudas poco sustentadas, y tampoco establecía el endose o traspaso de los títulos de la deuda, todo lo cual abrió amplio margen a la especulación y al fraude. Fue en tal coyuntura, que Castilla entregó el poder al general José Rufino Echenique, uno de los hombres más ricos del Perú en aquella época, quien continuó la obra progresista de Castilla, pero se rodeó pronto de una camarilla, donde destacaba el corrupto general Juan Crisóstomo Torrico, que utilizó las defectuosas leyes para enriquecerse a costa del erario.
Hasta 1851, cuando Castilla dejó el poder, se había reconocido 5 millones de pesos como deuda interna; el gobierno de Echenique reconoció 19 millones más, dando lugar al surgimiento de “nuevos ricos”. Se falsificaron documentos y firmas: el mismo Echenique reconoció en sus Memorias que se falsificaron las firmas de San Martín y Bolívar; aparecieron agentes intermediarios que cobraban elevadas comisiones, de forma que los reclamantes originales recibían sumas menores a las esperadas. Un informe de la Caja de Consolidación en 1855, declaró que más de 12 de los 19 millones reconocidos por Echenique, tenían origen fraudulento.
El manejo de la deuda interna fue denunciado por los opositores a Echenique, en concreto Domingo Elías, como despilfarro y corrupción. La sociedad civil estaba asqueada, y no es de sorprender que Echenique fuera derrocado tras una tremenda insurrección popular entre 1854 y 1855, encabezada por Castilla, que veía a su sucesor deshacer muchos de sus logros, y de paso para volver al poder. Pero con ello, Echenique no se apartaba de la escena pública totalmente.
Balta y el Contrato Dreyfus
La década de 1860 se vio marcada por el gran aumento de la deuda externa, debido a los problemas surgidos por el conflicto con España. Las propuestas de solución pasaban por una reforma radical de la estructura tributaria, como la intentada por Manuel Pardo durante su paso fugaz como secretario de Hacienda (1865-1866), y por la modificación del sistema de venta del guano. Ahora bien, la venta de guano estaba en manos de la Compañía Nacional de Consignación, formada por los empresarios locales, muchos de ellos fortalecidos económicamente con la Consolidación. Estos consignatarios adelantaban fondos al Estado Peruano a cambio de la prórroga de sus contratos, dándose así, la paradoja de un Estado enriquecido pero endeudado con los consignatarios.
A tal tarea se abocó el nuevo gobierno del coronel José Balta (1868-1872). Su primer ministro de Hacienda, Francisco García Calderón, encontró un déficit anual de 19 millones de soles, para lo cual, buscó sanear la administración y negociar con los consignatarios una reforma del sistema, pero la opinión pública y el mismo presidente Balta, se encontraban en contra de los consignatarios. A tal coyuntura habían contribuido las denuncias formuladas por Guillermo Bogardus en 1865 sobre los negociados y manejos de los consignatarios con el precio y almacenamiento del guano en los mercados europeos.
Las fuertes críticas a su actuación llevaron al ministro García Calderón a dimitir. Prácticamente nadie quería asumir la difícil cartera de Hacienda, cuando intervino nuestro viejo conocido, el general Echenique. Reivindicado políticamente, ocupaba un asiento en el Senado y tenía gran cercanía con el presidente Balta, su antiguo subordinado.
En tal coyuntura, Echenique recomendó a un sobrino lejano para que se hiciese cargo de la conflictiva cartera. Sin tener estudios fuera del Seminario u otra ocupación fuera de la comercialización de productos farmacéuticos, Nicolás de Piérola hacia su entrada a las grandes páginas de la historia nacional como ministro de Hacienda el 30 de enero de 1869, el mismo día que cumplía treinta años, edad requerida por la Constitución de 1860 para ser ministro.
El inexperto ministro, pronto evidenció un nuevo enfoque para resolver la crisis: contratar un empréstito externo para cubrir el déficit mediante una licitación previamente autorizada por el Congreso en enero de 1869. Pero mientras se hacía tal licitación “abierta”, Piérola ya estaba en tratos con la casa francesa Dreyfus Frères et Cie… El Gobierno formuló y envió instrucciones secretas a dos de sus agentes en Europa (uno de los cuales era hijo del general Echenique), los cuales ajustaron un contrato ad referéndum con la casa Dreyfus en julio de 1869, por la cual, Dreyfus compraba al Estado dos millones de toneladas de guano, y se convertía en el único vendedor del fertilizante en Europa, cuando venciesen los contratos de los consignatarios, además de encargarse del pago de la deuda externa y entregar mensualmente al Estado, 700 mil soles para gastos ordinarios.
Con el apoyo de otras empresas francesas, Auguste Dreyfus se convirtió en acreedor, agente financiero y contratista del guano. Con hábil visión, Dreyfus repartió acciones entre peruanos de interés estratégico en la ratificación del contrato, incluyendo empresarios, abogados y negociadores; además, adelantó fondos al Estado peruano, de forma que una posible cancelación del contrato sería nociva para la ya abultada deuda peruana. Y en efecto, los consignatarios nacionales, que contaban con derecho a preferencia por una ley de 1849, ofrecieron mejorar la propuesta de Dreyfus. Todo fue en vano, por lo que los despojados consignatarios recurrieron a la Corte Suprema que falló en su favor. Pero el Gobierno estaba decidido a seguir adelante que pasó por alto la sentencia y logró tras ardorosos debates y sustanciales sobornos, la aprobación del contrato en noviembre de 1870.
DEUDA Y FERROCARRILES: DEL SUEÑO A LA PESADILLA
Desde la década de 1860, voces ilustradas reclamaban que el dinero del guano, temporal al fin y al cabo, fuese utilizado en construir obras que sirviesen para promover el desarrollo del país. Balta compartía esa creencia, creyendo que con ello alejaría del Perú el riesgo de guerras civiles. En la creencia de que el contrato Dreyfus había salvado al Perú de la bancarrota, y olvidando que el país no tenía otra manera de salvar el déficit de su presupuesto que recibir sin ninguna merma la mesada pactada por Dreyfus, se pensó en levantar empréstitos para construir ferrocarriles que enlazaran las capitales de la República y dieran al territorio la unidad de que entonces carecía.
Dos empréstitos fueron contratados con la casa Dreyfus: uno por 59 millones de soles, y otro por 75 millones más, comprometiendo lo último que quedaba de las rentas guaneras. Lo malo fue que en vez de invertir con calma, construyendo bien un ferrocarril y financiando los restantes con sus rentas, se actuó a lo loco, construyendo diez a la vez, sin plan alguno, de forma que el dinero se acabó y los ferrocarriles llegaban a puntos donde poca utilidad podía tener. De esta forma, del poder de los consignatarios, el Perú pasó al poder de Dreyfus, que daba con mano pródiga los millones, y de Meiggs que los recibía y manejaba, deslizándolos entre los dedos.
Es en aquel momento, cuando destaca la figura de Henry Meiggs, el "Pizarro yankee", un empresario que contrató con el Estado la construcción de numerosas vías férreas por un total de 1782 kilómetros con un valor de casi 140 millones de soles pagados por bonos del Estado. Meiggs logró ganar las licitaciones gracias a más de 11 millones de soles invertidos en sobornos y arreglos secretos, los cuales eran cargados a la cuenta total de la obra. Cuando el empresario norteamericano murió en 1877, dejaba concluidos 1260 kilómetros de vías, además de un berenjenal de deudas y derechos sucesorios sobre las obras paralizadas por la crisis.
El saldo de esa época lo dejamos en labios de un contemporáneo, don Carlos I. Lissón: “El resultado de todo esto fue: que cuando se ajustaron cuentas salimos debiendo cuarenta millones de libras esterlinas; que el Ministro de Hacienda de aquella época (Piérola), preclaro entendimiento que conserva aún su nombradía y fueros hasta el presente, no vio más recurso, para satisfacer en parte los gastos públicos, que celebrar un nuevo contrato por el cual quedamos sujetos a una exigua mesada que nos daba Dreyfus, llegando al término vergonzante de los pródigos que han abundado en riquezas; que con este contrato Dreyfus cerró su caja; y que cuando Chile comenzó a armarse para hacernos la guerra, y se pensó en la defensa, Dreyfus protestó nuestras letras y nos quedamos sin buques de guerra para contrarrestar a nuestro enemigo, que a su placer ha satisfecho en nosotros sus antiguos y profundos odios; que aquella paradoja, de que gastando el porvenir se ponía término a las revueltas civiles, se tradujo en un sangriento motín de cuartel (el golpe de los Gutiérrez), en que se dio el inaudito escándalo en nuestra patria de ser victimado el Presidente de la República; que la Administración Pardo que le sucedió, tuvo que pasar por las horcas caudinas declarándose en bancarrota; tomando en consecuencia con férrea mano las llaves del tesoro, origen único de su holocausto en el santuario de la ley; que sin embargo de los 40.000,000 gastados, los ferrocarriles quedaron inconclusos, y así lo habrían estado aunque se hubiese invertido en ellos doble suma: que bajo el pretexto de inconclusos, están arrendados, con mengua de la reputación de altos personajes, privándose a la Nación de sus productos, lo que es incalificable; que aunque algunos ferrocarriles han avanzado al interior, no han traído aquellas abundantes cosechas, ni proporcionado más trabajo al pueblo, ni fomentado industrias antiguas ni nuevas, ni realizado todas aquellas maravillas que tanto se pregonaron; y por fin, que si se exceptúa uno que otro negociante que algo guardó del derroche general, y se refugió en París, riéndose de nosotros y dándonos al diablo, los favorecidos de entonces, inclusa la susodicha camarilla, están hoy arruinados: no se ha formado ninguna fortuna privada productiva con los ferrocarriles; y todos a la postre quedaron en la pobreza en que estaban antes de que se emprendiese su construcción. Éste fue el fin de los ferrocarriles”.
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