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EL CRIOLLISMO: EXPRESIÓN DEL SENTIR NACIONAL

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1022

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La música criolla es sin duda una de las principales expresiones de la identidad nacional, siendo el resultado de una mezcla de ritmos que ha sabido sintetizar los sentimientos de la gente, alcanzando fama mundial por su calidad melódica e idílicas letras.

 

Lambayeque es uno de los más sólidos focos del criollismo en el norte del Perú. Aquí no solo han nacido afamados autores como Luis Abelardo Núñez y José Escajadillo Farro, sino también estilos propios que le han dado al género musical mayor riqueza.

 

“La música criolla es básicamente costeña, está a lo largo de la costa del Perú, que es la región que más se identifica a nivel internacional, aunque lo más oriundo de nuestra cultura musical está en la sierra central. El criollismo tiene bastante influencia española y negra, nosotros somos una mixtura de razas y eso se ve en esta música que nos identifica. Cuando los peruanos estamos fuera nos acordamos del país al escuchar temas como ‘Todos vuelven’ o ‘Mi Perú’”, refiere José Soto Guerrero, reconocido guitarrista con casi 40 años dedicados al género criollo.

 

LA TRANSICIÓN

“Pepe”, como se le conoce en el mundo artístico, señala que para ejecutar una pieza del criollismo se necesita “gusto”, e incluso cierto atrevimiento, como el que están mostrando jóvenes intérpretes que han optado por fusionar algunos temas para, en cierto modo, actualizarlos.

Comenta que uno de los pioneros en esta cruzada de modernización del criollismo, que marcó la transición entre la guardia vieja y la nueva generación de compositores e intérpretes, es precisamente José Escajadillo, nacido en Ciudad Eten, quien en 1972 grabó un disco en el que dejó de lado el compás del “tundete”, característico del criollismo, y le dio mayor cadencia y melodía a sus composiciones. Así nació el vals romántico.

Junto a él, hicieron lo propio otros grandes autores como Félix Pasache, quien compuso “Déjalos”, vals que han interpretado artistas como Delia Vallejos, Armando Manzanero, María Martha Serra Lima y Ana Gabriel,  y Juan Mosto, padre de “Otra vez corazón” y “Te acordarás de mí”.

“Dieron vida a un vals muy diferente al tradicional, al de callejón, al de los Barrios Altos de Lima. Sin embargo, ello no desplazó a la música criolla antigua, que tiene unos valses increíbles como los de Felipe Pinglo Alva”, asevera.

El maestro José Soto indica que es justamente Pinglo el más grande del criollismo de todos los tiempos, pues solo hace falta escuchar la belleza de valses como “El plebeyo” para reconocer la sensibilidad que caracteriza a sus composiciones.

Otros como él, refiere, son Pablo Casas Padilla, autor de “Anita”, y Manuel Covarrubias.

 

EL NORTE CRIOLLO

Como se ha dicho, la zona norte del país le dio al criollismo una característica propia y esto no solo por el lenguaje sencillo que han utilizado sus compositores, sino también por el ritmo del vals, que se torna más alegre que el limeño y de mayor simpleza en cuanto a notas y acordes.

José Soto explica que la música criolla limeña es mucho más compleja, con círculos armónicos más elaborados y que presenta menor fuerza, a diferencia del valse norteño, que sigue una corriente bien definida.

“Se siente la música y es muy diferente al valse limeño, que incluso tuvo clasificaciones por zonas. No es lo mismo un vals de los Barrios Altos que uno de La Victoria, en cambio en el norte el ritmo es mucho más parejo”, define.

De esta parte del país destaca el ferreñafano Luis Abelardo Núñez, con temas que se han perennizado como “Mal paso”, “Ansias” o “Arrullo”, autor también de famosas marineras como “Que viva Chiclayo” o “Saca chispas”.

También sobresale el piurano Miguel Correa Suárez, y entre los compositores de marineras Emilio Santisteban Niño, tío de “Pepe”, quien dio vida a “Chiclayanita”.

 

TRADICIÓN POPULAR

De lejos, la música criolla es la compañera perfecta de las reuniones familiares, en especial a la hora del almuerzo, aunque según Soto Guerrero esta es una tradición que lamentablemente se ha empezado a perder en los hogares peruanos, al verse desplazada por otros géneros como la cumbia.

Mito o realidad, el criollismo también está asociado a la vida bohemia. El maestro Soto recuerda que en sus inicios, cuando apenas tenía 13 años, ya sufría los efectos de las noches de serenata y jarana, que incluso ocasionaron que lo jalaran de año en su amado Colegio Nacional de San José.

“Todo músico es bohemio, yo empecé a tocar guitarra a los 13 años de edad y a los 16 años, cuando estaba en cuarto de media, los del San José me jalaron porque más paraba en las juergas y en las serenatas que en el colegio; también dejé mi carrera por la música, me faltó solo un ciclo para terminar mis estudios de Derecho. Sin embargo, debo confesar que conozco a gente bohemia y a compositores que no beben licor. Hay de todo”, señala.

José Soto refiere que el criollo tiene que sentir la música, porque hay gente entusiasta a la que le gusta el género, pero aun así, por más que lo estudia, no logra calar en la gente.

“Para hacer música criolla se tiene que estar con ella, nacer con ella o ir aprendiéndola. Yo tengo un amigo que aprendió porque tuvo un maestro, pero a la hora de tocar no muestra sentimiento. Para eso hay que tener alma”, afirma.

 

EL PORVENIR

Así como los Barrios Altos o La Victoria, en Lima, en Chiclayo el sector más criollo de todos es El Porvenir, no solo porque en él han vivido verdaderas estrellas como Panchito Jiménez, “El león del norte”, sino también porque allí funcionó el único Centro Musical que ha tenido la ciudad hasta hoy, el mismo que fue fundado por don Everardo Guerrero, tío del maestro Soto.

“En mi barrio tocábamos guitarra Fener Machuca y yo, siendo adolescentes. Luego él tuvo un período de 10 años en los que se dedicó, por su cuenta, a estudiar música clásica, hasta que pudo desarrollar toda su técnica como concertista de guitarra. En paralelo, yo estaba en otra nota. En el barrio mi chapa era ‘Ñato’ y siempre me llamaban para las serenatas”, recuerda.

En El Porvenir, la jarana también se armaba bajo los compases del banyo, instrumento que en el género hicieron famoso Los Mochicas, de Nicolás Seclén, y que ha empezado a recuperarse para el criollismo gracias a la labor de la Peña Lambayecana, dirigida por Melvin Almonacid.

Otro instrumento popular en el criollismo lambayecano es el pianito.

“El único piano que había en Chiclayo era del señor Cólera, de El Porvenir. Él era un moreno, gordito y su apellido era Cólera, y tenía un callo en el codo porque así golpeaba el piano. Ya después evolucionó y se compró un pick up a batería en el que ponía sus discos grandes, esos de 78 revoluciones, con unas agujas grandes. Yo lo he visto cuando estaba en la casa de mi tío, así se armaba la jarana”, recuerda.

De El Porvenir han salido reconocidos intérpretes criollos como Aldo Jiménez y su hermana Cali; Los Mochicas con la guitarra de don Miguel Seclén; Pedro López, reconocido percusionista, Pedro Bardales, José María Castañeda, las hermanas Paz, Chichi Soto, Nery Mauricio y Darwin Liza, también destacado cajonero.

 

SEÑOR DE LAS PEÑAS

“Pepe” Soto pertenece a la generación 80 de la corriente criolla de Chiclayo, justo cuando el movimiento peñero alcanzó su máxima expresión en la ciudad.

Empezó muy joven, y lo que ganaba era – como él dice – “para su gasto”.

Sus primeras presentaciones como guitarrista las realizó en “El huerto de mi amada”, acompañando a otro grande del criollismo lambayecano, el también guitarrista Tito Monsalve. El debut fue haciéndole el marco musical a Roberto Tello.

Luego tocaría junto a José Castellanos y así nacería, con el tiempo, “Los Pepes”, trio que además integró Pedro López en el cajón.

“Toqué casi en todas las peñas, menos en La Casona porque era muy chibolo. Toqué en El Embrujo, en El Paraíso y en la Brisa del Mar, que fue la última gran peña que hubo en Chiclayo”, recuerda.

Tuvo una exitosa temporada en Piura y luego volvió revestido de fama para acompañar a reconocidos cantantes como Luis Abanto Morales, Panchito Jiménez, Eloísa Angulo, María de Jesús Vásquez, Ester Granados y Alicia Maguiña. También acompañó a Arturo “El Zambo” Cavero y a Edith Bar, y en una oportunidad, sin querer, compartió escenario con Julián Jiménez. 

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