Los comicios internos para elegir a los postulantes que representarán a los grupos políticos en la justa electoral del 2 de octubre ha sido más de lo mismo, porque no hubo competencia ya que se presentaron listas únicas. Se impuso lo que el caudillo-propietario del partido ya había determinado previamente. Por ello que hay un alto promedio de candidatos con sentencias y denuncias judiciales, y otros que insisten con volver a la función pública reciclados por nuevas organizaciones. Ante este escenario poco alentador para fortalecer la democracia, será responsabilidad del ciudadano el saber elegir a la mejor opción política basado en su capacidad de inteligencia y de discernimiento.
Las elecciones internas realizadas el pasado domingo para escoger a los candidatos que participarán en las próximas elecciones municipales y regionales 2022 ha sido más de lo mismo, porque no hubo competencia y los militantes no tuvieron más opción que votar por una lista única. Es decir por aquellos aspirantes que ya habían sido escogidos a dedo con antelación por el caudillo-propietario del grupo político, para representarlos en las justas del 2 de octubre. Se presume que lo mismo pasará con la elección de delegados este domingo. Estos comicios internos han sido una muestra clara y contundente que desde los mismos partidos no se está impulsando la renovación de cuadros y no existe voluntad de las dirigencias por alentar la democracia y la competencia interna. Según datos del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), el 98% de organizaciones políticas y movimientos lo hicieron con listas únicas, lo que evidencia la poca apertura de los partidos hacia nuevas propuestas, a nuevos rostros que también buscan una oportunidad; pero que se les cierran las puertas por decisiones unilaterales del líder. O sea, todo se reduce a la decisión del dueño del partido, quien elige a sus candidatos y los coloca en una relación cerrada. Según el JNE, solo el 3,3% de las listas de partidos compitió con más de una de ellas, mientras que este porcentaje fue menor en el caso de los movimientos regionales, donde solo el 1,1% de las circunscripciones tuvo más de una lista presentada.
Lo ideal hubiera sido que en este proceso se ponga en marcha las elecciones primarias que es un mecanismo más democrático, donde la participación ciudadana es abierta y voluntaria; sin embargo, esta posibilidad quedó en nada luego de que el Ejecutivo promulgara dos normas electorales aprobadas por el Congreso de la República: modificaciones a la Ley Orgánica de Elecciones y la Ley de Organizaciones Políticas. La asesora de la Presidencia del JNE, Alexandra Marallano, sostuvo que “siempre hubo la voluntad de desarrollar las primarias con miras a estos comicios, pero la decisión de detenerla se sustentó en la opinión de técnicos, quienes precisaron que en el contexto actual (lucha contra la covid-19) existía la imposibilidad de llevar adelante este procedimiento, debido a la modificación de algunos plazos en la legislación electoral por el Congreso y la existencia de vacíos que no han sido regulados de manera clara en la norma”. Esta visible falta de democracia interna reflejada el domingo nos coloca, una vez más, ante un panorama desolador, desesperanzador, porque a los militantes no les quedó otra disyuntiva que votar por candidaturas previamente escogidas por los amos de los partidos. En estas elecciones se ha repetido una constante de los últimos 35 años: un alto promedio de postulantes con sentencias y denuncias judiciales, y otros que insisten con volver a la función pública reciclados por nuevas organizaciones políticas, como excongresistas, exalcaldes, exgobernadores y exfuncionarios públicos. Un horizonte nada alentador.
¿Democracia utópica?
La clase política nacional no ha aprendido de los errores del pasado y persiste en la vieja práctica de la imposición de candidaturas, en elegir a dedo a sus representantes, sin tomar en consideración la voz de la militancia. Para los caudillos la democracia es lírica, utópica, y la defienden solo cuando sus intereses -económicos, políticos, educativos- están en peligro, por ello buscan a alfiles de acuerdo a su conveniencia y utilidad política, y se resisten a entender y comprender el complicado momento político que vive el país por culpa de los graves desaciertos en que han incurrido históricamente los partidos en cada elección, sea nacional o regional, al designar a personas con cuestionamientos éticos, morales y judiciales. El filósofo y escritor italiano Nicolás Maquiavelo decía que “la política es el arte de engañar”, y creo que a lo largo de estos años la mayoría de líderes políticos en aras de alcanzar al poder y la gloria, no han dudado en traicionar y dar la espalda a sus electores, pues una vez que consumaron sus objetivos se olvidaron de sus promesas y hasta de sus raíces originarias. El poder terminó por envilecerlos y pervertirlos deshonrando su palabra empeñada. No entendieron que la política es una herramienta para dar voz a las personas y construir una sociedad más democrática. Los líderes políticos siguen sin mostrar empatía con el clamor ciudadano que exige cambios sustanciales en la forma de hacer política, con honestidad, transparencia, dignidad, anteponiendo siempre en el bien común a intereses mezquinos. Esta clase política no ha madurado lo suficiente como para enfrentar los grandes retos que nos depara un presente marcado por la incertidumbre y la intranquilidad, y un futuro poco alentador para generar más confianza y esperanza en un país golpeado por las incapacidades y la incompetencia de quienes nos gobiernan.
Los partidos tienen una enorme responsabilidad en la crisis política que atraviesa hoy el país, porque son ellos los que ponen en vidriera a sus candidatos en cada elección, colocan en las listas electorales a sus “mejores cuadros”, muchas veces sin pasar por un filtro, obligando a la ciudadanía a escoger entre esas opciones mediocres, y ya vemos cuáles son los resultados una vez que son elegidos y tienen que asumir funciones de rigor en el Estado. Para nadie es un secreto que el acceder a la lista final de candidatos de un partido -sea para el Congreso, alcaldías y gobiernos regionales- tiene un alto precio (varios miles de soles), aquí el tema ideológico y doctrinario queda de lado y entra a tallar la parte monetaria. Así de cochina es a veces nuestra política, por gente sin escrúpulos y con ambiciones desmedidas que accede a los cargos dirigenciales. Así ha sucedido en los últimos 40 años. Por ello, la responsabilidad del elector es trascendental en estos procesos, su voto es de suma importancia en estos escenarios tan deprimentes; pero si tenemos ciudadanos con poco interés por la política, escasamente informados y hasta negligentes para conocer el pasado y el presente de sus futuros gobernantes, terminan eligiendo a las peores alternativas y ya vemos cuáles son los resultados.
Partidos en decadencia
La mejor expresión de que la clase política que nos gobierna está seriamente desprestigiada y carente de toda credibilidad ante la población es lo que pasa en el Congreso, cuyas bancadas, de derecha e izquierda, conservadoras o radicales, se disparan a los pies cada día al no escuchar el clamor de la gente que exige aprobar leyes más productivas y utilitarias en beneficio de los sectores más desprotegidos del país. Es innegable que los legisladores están pagando favores y por eso actúan motivados por intereses particulares y de acuerdo a la conveniencia de cada grupo político, para proteger las espaldas de sus líderes o de grupos económicos, a quienes deben su presencia en este poder del Estado. Esta clase política persiste en mantenerse en peligrosas tierras pantanosas que cada día lo envuelven y enceguecen, ante la mirada atónita de un pueblo que en cualquier momento puede despertar y perder la paciencia, y ya sabemos de qué son capaces cuando se unen en una sola voz y ganan la calle. Como bien define el periodista César Hildebrandt: “El Perú ha sido secuestrado por congresistas mafiosos que no pueden librarnos de un presidente inepto y oscuro, porque de hacerlo tendrían que perder los coches, las asesorías, las cornetas del recibimiento”. Y este descrédito de la clase política se ve reflejado en los altos niveles de desaprobación de las autoridades que manejan los hilos del poder en el Ejecutivo y el Legislativo (según todas las encuestadoras, el rechazo hacia la gestión de sus presidentes supera el 80%). Ello evidencia que tenemos “líderes políticos” sin un liderazgo definido, muchos involucrados en actos de corrupción o con investigaciones judiciales, que solo piensan en llegar al poder para satisfacer apetitos personales y económicos, y no perder el statu quo que los mantiene vigentes. El líder político que aspira al poder debe tener el propósito del servicio y no servirse de la política, porque de ello estamos hasta el hartazgo desde el gobierno de Belaúnde, García, Fujimori, Toledo hasta el actual de Pedro Castillo.
La exhortación
Estamos a solo cinco meses de los comicios municipales y regionales, y si no queremos tener como autoridades a personajes cuestionados, improvisados, que no reúnen los perfiles para ser alcalde o gobernador regional, hay el tiempo suficiente para analizar las hojas de vida de los aspirantes, cuál ha sido su quehacer político, su trayectoria de vida, si tienen cuentas pendientes con la justicia, qué ha hecho por el bien de su comunidad. Ser elegido alcalde o gobernador es una enorme responsabilidad y compromiso que adquiere el candidato, pues se convierten en las primeras autoridades de un territorio por el cual deben velar siempre, tienen que ser gestores por excelencia para obtener presupuestos del Estado y ejecutar obras vitales para el desarrollo de sus ciudades. Esta será una ocasión especial para poner a prueba nuestra capacidad de inteligencia, nuestra madurez cívica como ciudadanos, y no caer en la misma rutina de cada cuatro o cinco años: elegir al outsider, aquel que rompe esquemas en la campaña y plantea propuestas populistas que generalmente suelen ser peligrosas e inviables.
(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.
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