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ENTRE LA ADAPTACIÓN Y LA FALENCIA: EDUCACIÓN EN CONTEXTO DE COVID-19

Escribe: Francisco F. Reluz Barturén (*)
Edición N° 1186

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La pandemia del Covid-19 extendida mundialmente, y que ahora se muestra en su segunda ola, ha enrostrado a la humanidad las grandes limitaciones cognitivo-afectivas que tiene, aparte de evidenciar lo débil que son los sistemas sanitarios a nivel mundial. Limitaciones en el conocimiento y la tecnología que creíamos poseer dominar, y limitaciones afectivas que surgieron a partir de las experiencias situacionales del sufrimiento que tal situación trae a cada persona de manera distinta. Tal situación desconcierta al mundo, y en medio de la adversidad quedan dos caminos de reacción: atolondrarse y sucumbir o afrontar y aprender. El primer camino es breve y fatal mientras que el segundo, aunque requiere de mayor esfuerzo, sus consecuencias son más beneficiosas tanto personal como socialmente. En ambas reacciones la educación desempeña un importante factor.

Desde setiembre del 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) vislumbraba que un patógeno respiratorio podría aniquilar ente 50 y 80 millones de personas en todo el mundo y liquidar el 5 % de la economía mundial, cifra ya superada actualmente. Desde el ámbito educativo, la UNESCO informó que, hasta julio del 2020, hay más de 1100 millones de estudiantes afectados por el cierre de las escuelas en 188 países y otro tanto de los que han dejado de estudiar, mientras que Save the Children comunica que el 60.5% de las familias ya vulnerables, han empeorado su situación laboral. La situación acarreada por el Covid-19 es multifactorial y de inter perspectivas, pero confluyen en dos ejes transversales de la problemática: la familia, que es el lugar donde se vive y se relaciona cotidianamente; y, la educación que es el proceso por el cual la persona alcanza su desarrollo en todos los ámbitos.

Nuevas formas

En todos los niveles educativos, por la capacidad adaptativa de la persona -a lo largo del avance de la pandemia- maestros y estudiantes junto a nuestras familias nos hemos ido habituando a las nuevas formas de enseñanza-aprendizaje mediadas por las tecnologías de la información y la comunicación, sin embargo, aún está pendiente de solución las brechas digitales, unidas a las injustas diferencias sociales y económicas existentes, realidad común en toda Latinoamérica. Podemos decir, que en materia educativa viene sucediendo una adaptación al cambio, como era de esperarse, debido a lo permanente que es el proceso de enseñanza-aprendizaje en la persona tanto por su naturaleza como en su condición.

Sin embargo, en medio de este proceso de adaptación necesaria, viene obviándose una imperiosa necesidad educativa por cubrir acaso constante: la educación integrada en la que se incluye la educación del pensamiento crítico, creativo y propositivo que van más allá del cúmulo de conocimientos puramente informativos y del manejo práctico de las tecnologías. Viene faltando también en pos de una auténtica educación integral, la educación ética por medio de la acción en la virtud entre las que se incluyen la fe y la esperanza; sin educación en la virtud cual cualquier información y conocimiento obtenido resulta siendo o no comprendido o mal utilizado, en detrimento de la propia humanidad; y finalmente, como no puede ser de otro modo, la educación emocional o, mejor dicho, la educación de la afectividad mediante la cual aprendemos a ser más resilientes, proactivos y empáticos entre nosotros y con lo que nos rodea. Si la educación queda en lo cognitivo y tecnológico, se habrá reducido en su existencia, dejó de ser educación y pasó a ser traspaso de información mediante manejo de herramientas.

Compromiso personal

La incertidumbre es el punto de partida de los desencadenantes sociales, económicos y psicológicos que trae el Covid-19, cuya respuesta de afronte se halla en una educación integrada que comprometa la creatividad, la virtud y el afecto, características sin las cuales, las personas terminarían en cosas. Pero, se preguntarán ¿cómo es posible esto si las políticas educativas no se ocupan de ello, sino por lo contrario promueven una formación sesgada e ideologizada? La respuesta va por el compromiso personal.

En un contexto de pandemia de por si toda situación es estresante, para cualquier persona y de la profesión que sea, sin embargo, acaso los docentes de todos los niveles, los profesionales de diversas especialidades o incluso los padres y madres de familia, que de alguna manera ejercemos este rol, asumamos la tarea fundamental de ser formadores de conciencia. Después de todo, cada persona consciente, desempeña a lo largo y cotidiano de su vida la disposición de enseñar o aprender algo que realmente valga la pena, y en medio de esta situación de pandemia esto es urgente.

(*) Filósofo, investigador RENACYT y docente universitario.

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