“Para que exista corrupción, hay un corrupto y un corruptor. Los dos merecen ser juzgados (…) Conmigo no había los niveles de corrupción de hoy día”. Estas palabras que hoy estremecen a quienes las leen le pertenecen a Alejandro Toledo Manrique. El expresidente de la República las pronunció el 3 de abril del año pasado y aunque dudas había sobre los fondos con los que pagó las hipotecas de sus casas en Camacho y Punta Sal, así como la casa en las Casuarinas y la oficina en el Edificio Omega de Lima, nadie jamás imaginó que detrás del rostro marcado de aquel que se proclamó la reencarnación de Pachacútec, había una sombra de corrupción condenable.
No está juzgado, pero para el Ministerio Público existen fundados elementos para sostener que Toledo Manrique sucumbió al fenómeno que tantas veces criticó, al monstruo que tantas veces le achacó a sus adversarios, principalmente a Alberto Fujimori, hoy preso, y a Alan García, posiblemente también envuelto en los mismos escándalos que él.
Alejandro Toledo construyó una imagen casi mítica. Postuló a la presidencia nacional en 1995, cuando el fujimorismo se hacía aún más arrollador, y en el 2000 volvió a tentar suerte, pero para entonces había logrado que no solo sus seguidores peruposibilistas le creyeran, sino que más de la mitad del país que reclamaba el retorno de la democracia lo convirtiera en su líder.
Como nunca antes se ha visto en la historia del Perú, Toledo consiguió que la noche de las elecciones presidenciales del 2000, todos los demás candidatos a la primera magistratura de la República lo acompañaran para desconocer los resultados que daban como ganador de la primera vuelta a Fujimori. Logró que apristas, izquierdistas, centristas y derechistas le den su respaldo y lo animen a seguir la lucha. Nadie olvidará que junto a él estaban, por ejemplo, Alberto Andrade de Somos Perú, Luis Castañeda de Solidaridad Nacional, Abel Salinas del APRA y hasta Alberto Moreno de Nueva Izquierda.
Salió de su natal Ferrer, en Cabana, Áncash; vendió chupetes, lustró zapatos, estudió en Estados Unidos, se hizo economista y lideró la Marcha de los Cuatro Suyos. Mientras Fujimori juraba para su tercer mandato, el 28 de julio del 2000, Toledo junto a miles de peruanos marchaba en las calles de Lima exigiendo el retorno de la democracia.
Meses después el régimen cayó, y cuando Toledo tenía el escenario llano para hacerse de la presidencia, Alan García retornó al Perú en el 2001 y entonces empezó la contienda por Palacio de Gobierno. Inmediatamente las frases contra la corrupción, que como leyenda urbana está íntimamente vinculada a García, empezaron a hacerse cliché en la particular pronunciación del “cholo sano y sagrado”, como lo llamó su esposa Eliane Karp.
Con todo, Toledo ganó la presidencia y entre el 2001 – 2006 le fue imposible sostener el liderazgo que había ganado. Salió con menos de 6 % de aprobación, pero sobre corrupción poco era lo que podía endilgársele al expresidente. Al menos, hasta ese momento.
Hace dos años una nota periodística primero en la redes y luego tomada por Correo puso sobre el tapete la dudosa procedencia del dinero con el que Toledo había cancelado sus hipotecas y comprado una casa en las Casuarinas y la oficina en el Edificio Omega. Ese sería el hilo de la madeja, pero lo que nadie jamás imaginó es que esos indicios, sobre los cuales él dio más de una versión, terminarían por vincularlo al escándalo más grande de corrupción en América Latina, el caso Lava Jato.
El Ministerio Público, gracias a las delaciones ofrecidas por los más altos funcionarios de Odebrecht, ha logrado establecer que Toledo y su entorno más cercano montaron una organizada red de empresas offshore a través de las cuales se habrían movido hasta 20 millones de dólares, producto de los sobornos dados por la compañía constructora para que la administración del líder de la chacana le otorgara la concesión de la Carretera Interoceánica.
La defensa de Toledo ha pedido que se indiquen las cuentas y depósitos a su nombre, y de inmediato la fiscalía ha respondido que es imposible mostrar ello porque simplemente no existe. Todos los movimientos se hicieron con las empresas vinculadas a Josef Maiman, el íntimo amigo del expresidente, a quien señaló como el prestamista del dinero con el que pagó sus deudas inmobiliarias.
Indudablemente sobre el caso Toledo mucho aún está por determinarse, pero al margen de la investigación y sanción penal que el exmandatario podría recibir, se tiende ya sobre los peruanos la honda desilusión que genera la sola imputación sobre el hombre que en algún momento, crucial para nuestra historia, personificó las esperanzas de justicia, democracia y, sobre todo, transparencia de este país.
Escucharlo repetir hasta el hartazgo que jamás se le podría vincular a la corrupción generaba hasta cierto punto tranquilidad, más si se tiene en cuenta que desde el retorno de la democracia, a excepción de Belaunde y Paniagua, todos los gobernantes peruanos han estado enredados en escándalos de este tipo. Decía siempre tener las manos limpias, pero de eso, al menos aquí en Lambayeque, sabemos que no podemos confiarnos. Un alcalde nos enseñó el porqué.
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