Sube!

AUTORIDADES POR LAS PURAS

Escrito Rosa Amelia Chambergo Montejo
Edición N° 998

¡Dios nos coja confesados! Las lluvias que el miércoles, jueves y la madrugada del viernes cayeron sobre el departamento de Lambayeque, primeras señales del Fenómeno El Niño confirmado por el ENFEN, nos ha hecho abrir los ojos para darnos cuenta que las instituciones de acción  y respuesta inmediata para atender una emergencia simplemente no funcionan o es que los funcionarios responsables, son eso, simples funcionarios que con palabras cumplen muy bien su función, pero en el momento de la acción son un cero a la izquierda.

 

Lo que me llama la atención como ciudadana, madre de familia y profesional, es no poder entender cómo es que la entidad responsable de la prevención de la “emergencia”, no haya previsto lo que pasó. Las precipitaciones pluviales habían sido anunciadas por el SENAMHI desde hace algunos días, pero nadie le tomó importancia. ¿Por qué? Simple y sencillamente porque no existía una declaratoria del Fenómeno El Niño.

 

Este tipo de lluvias no se veían ni sentían en Chiclayo desde el año de 1998, desde aquel 14 de febrero, considerada una de los más intensas del siglo XX, porque llegó a impactar notablemente en la colectividad y sobre gran parte de los principales sectores económicos del país por sus severos daños.

 

Pues bien, me atrevería a decir que está última lluvia no tiene nada que envidiar a la de esa fecha, con una única diferencia que no ha sido el 14 de febrero de 1998, sino el 1, 2 y 3 de febrero con proyección a más días. Tenemos calles convertidas en ríos, viviendas colapsadas, carencia de los servicios básicos como el agua, la luz y el atoro de los desagües; hay escases y sobreprecio en los  alimentos y servicios de transporte.

 

Por la producción pluvial intensa y la elevación de caudales de los ríos, canales y drenes, incido en que muchas viviendas de adobe y otros materiales ligeros hayan colapsado total o parcialmente en el mismo Chiclayo, y en los distritos de José Leonardo Ortiz y La Victoria, así como en otros lugares de Lambayeque.

 

Tras la calma, el panorama fue desolador al salir de nuestras casas y ver que las calles de Chiclayo han quedado en situaciones deplorables. Esa fotografía me hizo recordar al 14 de febrero del año de 1998, del “diluvio” que soportó Lambayeque por más de diez horas.

 

Ese panorama me llevó a pensar que después de casi 19 años, la lección que nos dio la naturaleza o el Redentor, no ha sido aprendida por quienes dirigen nuestros destinos en  Lambayeque, así como en las tres provincias y todos sus distritos.

 

Casi dos décadas no han sido suficiente para que nuestros administradores públicos tanto de Lambayeque como de las tres provincias y los distritos, se pongan a trabajar en la ejecución de obras de gran impacto y a largo plazo. Me atrevo a afirmar que las autoridades han tenido el tiempo más que suficiente para coordinar e idear un buen plan de acción ante los eventos climáticos.

 

En esta obra de importancia debería haber estado el drenaje pluvial para Chiclayo y ciudades como Lambayeque, Ferreñafe, Monsefú, entre otras que hoy tienen mucha importancia por su desarrollo urbano y poblacional.

 

Con mucha preocupación y vergüenza ajena escucho y leo puras excusas, entre ellas, un alto costo para ponerlas en marcha, pero en fin, las cosas siguen como en el principio y somos los ciudadanos los que pagamos las consecuencias por la desidia y hasta la ineptitud, me atrevería a decir. Sin embargo, el fondo del problema está en la constante inseguridad infraestructural en que vivimos.

 

De una cosa sí estoy segura, y es que el drenaje pluvial resulta prioritario con o sin El Niño para la no acumulación de las aguas. Me centro en Chiclayo, porque de acuerdo a lo que señalan los expertos, en los últimos 25 años la Ciudad de la Amistad ha crecido aceleradamente en el sector urbano, localizándose áreas habitables sin criterio técnico urbanístico, seguridad y riesgos.

 

Para los que sufren de lagunas mentales, pero a su conveniencia, les hago recordar que en Lambayeque existen antecedentes sobre las precipitaciones pluviales que han caído sobre la ciudad y nos han dejado en estado preocupante, como las lluvias del Fenómeno de El Niño de 1972, 1983 y 1998, que evidencian que los distritos de Chiclayo, Leonardo Ortiz y La Victoria son siempre afectados por las inundaciones a causa de la topografía existente y por el tipo de sus edificaciones, las que en su mayoría son de adobe, y que al final de cada precipitación terminan inhabitables.

 

Otro problemas que es latente y que a pesar de los años no se toma en cuenta las acciones preventivas, son los lugares de riesgo de inundación moderado y grave como por ejemplo, el mismo centro de Chiclayo, los pueblos jóvenes Túpac Amaru, La Primavera, Santa Rosa, Rosa Nélida, 4 de Noviembre, Santo Toribio de Mogrovejo, 3 de Octubre, Suazo, José Balta, Saúl Cantoral, 9 de Octubre, Las Brisas, 1 de Junio, Antonio Raimondi, Ciro Alegría, Muro, Diego Ferré, San Martín, San Francisco, Buenos Aires, César Vallejo y San Antonio. 

 

También no se escapan las urbanizaciones Remigio Silva, Campodónico, Miraflores, San Juan, Santa Victoria, Caja de Depósitos, Los Libertadores, Los Precursores, Federico Villarreal y la avenida Augusto B. Leguía.

 

El distrito de José Leonardo Ortiz es otro lugar que a nadie le importa y los que sufren las consecuencias de ese desinterés son los habitantes de los pueblos jóvenes San Lorenzo, Ramiro Prialé, Santa Ana, Atusparias, Santos Chocano, Micaela Bastidas, Moshoqueque, Luján, María Parado de Bellido, Villa Hermosa y la UPIS 1 de Mayo.

 

Las lluvias y las inundaciones generan riesgos. La falta de un diseño integral del sistema de drenaje hace insegura la infraestructura, pero más grave es que las obras de infraestructura de Chiclayo, en  lo referente a pavimentos, se dañan pero no es a causa de las precipitaciones pluviales sino porque están mal hechas.

 

De igual manera, es bueno q ue los chiclayanos conozcan que el 60 % del sistema de colectores que existe en la ciudad se encuentra en mal estado de conservación, lo que nos ha llevado a observar y convertirnos en testigos de cómo han colapsado ante las primeras lluvias.

 

¡Dios nos coja confesados!

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