Esta es una pregunta que seguramente usted lector se hace a menudo y posiblemente la plantea entre sus familiares y amigos. La hacemos porque no hemos perdido sensibilidad ante cada acontecimiento que pasa en nuestro país. Escuchar día a día que la corrupción crece, que la criminalidad va en aumento, que la inseguridad ciudadana nos acecha, que las violaciones continúan, que los robos no cesan a pesar que hay leyes drásticas nos invita a reflexionar y preguntarnos ¿qué hacemos, cómo ayudamos a cambiar a nuestro país?, ¿dónde está el problema?
Los sociólogos, psicólogos, educadores y demás profesionales opinan. Unos refieren que el “hombre nace libre y la sociedad lo corrompe”, otros que la escuela no ayuda con la formación de la persona y allí agrego que el gran problema que tenemos hoy en día se debe a la alteración de valores en nuestra sociedad, mal que provienen del hogar, de la familia. No hay vuelta que darle. Esta situación se ha ido acentuando año a año.
Sin temor a equivocarme creo que desde hace tres décadas estos males se han enraizado y el Estado peruano, a través de los gobiernos de turno, no ha sido capaz de afrontar con responsabilidad lo que hoy como sociedad atravesamos.
La familia forma a los hijos, es en el seno familiar donde enseñamos valores. Algunos padres asumen que el proceso de formación en valores depende de la escuela, y ese es un gran error, pues los valores se enseñan en el núcleo familiar y se refuerzan en la escuela.
De nada sirve que en la entidad educativa hagan énfasis en los valores, cuando estos no están presentes en los hogares.
¿Cómo les enseñamos a nuestros hijos el valor de la responsabilidad, de la verdad, de la justicia, la generosidad o puntualidad, si como padres no los practicamos? Ese mal ejemplo que damos, quieran o no reconocer, se va enraizando en los hijos, quienes al crecer indudablemente no serán buenos ciudadanos.
Si el niño se levanta en una situación constante de conflicto entre sus padres, sea verbal o físico, con el tiempo este y el irrespeto se harán algo normal; igual sucede si en su grupo familiar los padres usan expresiones descorteces sobre otras personas presentes o ausentes; para el niño, el referirse de forma inadecuada de otros será lo correcto, y así, como esos ejemplos, las situaciones inadecuadas serán parte de su vida rutinaria y las irá adoptando como lo usual o correcto.
Por más que en la escuela se le traten de corregir actitudes, creencias y comportamientos, todo esfuerzo será en vano, ya que convive con una situación totalmente contraria en su grupo familiar, y este tiene más fuerza en el proceso de formación que la escuela misma.
Hoy en día vemos que un alto porcentaje de jóvenes, tanto hombres como mujeres, proviene de hogares disfuncionales, que crecen bajo sus propias reglas, sin códigos de ética y terminan en su mayoría en la delincuencia. Hoy, por ejemplo, en el Centro Penitenciario de Chiclayo el 55 % de internos son personas que oscilan entre los 18 y 35 años de edad, muchos con condenas de entre 15, 20, 25 o más años de cárcel. ¿Es garantía su reinserción en nuestra sociedad? No.
Cunando afrontamos los temas de violaciones que no solo arruinan y frustran a la víctima, sino a toda la familia y también a la sociedad, nos preguntamos si la condena a cadena perpetua es la mejor decisión, pues la nación -que somos todos- tendrá que mantener por siempre a los condenados y lo visto hasta hoy es que los casos se han incrementado.
Y allí surgen las voces que reclaman la pena de muerte para los violadores, deseo que ha sido planteado en campañas electorales, en foros y tantos espacios que analizan estas flagrantes faltas. ¿Cuántos violadores con condena hay en las cárceles de nuestro país?, ¿mil, dos mil, tres mil? No lo conozco, como tampoco sabemos cuánto representa en gasto estatal mantener a estos sujetos que trasgredieron toda la ley.
¿Merecen vivir? Con convicción y firmeza, sin hipocresía, digo que no. ¿Se puede aplicar la pena de muerte en nuestro país? No, porque estamos sujetos a la firma de tratados como el de la Convención Interamericana de Derechos Humanos o Corte de San José, que nos advierte que el asesinato y la violación son delitos que nunca estuvieron bajo el supuesto de la pena capital, por lo que su aplicación está prohibida hoy en día.
¿Tendríamos que salirnos de este tratado? Sí, porque para cambiar a este país ya no necesitamos más ensayos, requerimos más decisión donde se sienten los pilares de una sociedad capaz de abolir estos espeluznantes delitos que nos enervan, espantan y colocan en zozobra como sociedad peruana.
Antes que se le escape de la mano al Estado peruano el manejo de todos estos problemas vayamos generando corrientes de opinión, en el mundo hay ejemplos claros como el de Singapur y comparto por ello opiniones muy certeras como la de Mario Fumero, quien relata que antes de 1960 Singapur era uno de los países más violentos del mundo. Ocupaba uno de los lugares con el más alto índices de criminalidad, debido a su cercanía con Malasia y China, siendo uno de los lugares de mayor tráfico de drogas, el cual era el pan de todos los días. Había impunidad y malos manejos del gobierno. Las mujeres no podían salir de sus casas por miedo a ser abusadas sexualmente y después asesinadas. Era un país sin orden y con un gran índice de tráfico de influencias, eso sin contar que era denominada como uno de los más sucios de Asia, y con un tremendo desorden vial.
En la década del 2000 el terrorismo apareció y los homicidios eran uno de los mayores problemas de inseguridad que tenía esa sociedad. Pero al llegar al poder Lee Hsien Loong, en el año 2004, hijo mayor de Lee Kuan Yew, se produjeron grandes cambios que se pueden catalogar como represivos y radicales, pues atacó fuertemente las drogas, la corrupción y las violaciones de la mujeres, lo que produjo una reducción fantástica de la inseguridad, siendo actualmente uno de los países más seguro del Asia.
Hace 14 años en las cárceles había más de 500 mil presos, pero seis meses después, solo quedaban 50. Se adoptó la pena de muerte y el trabajo forzado para los criminales confesos, narcotraficantes y violadores probados, siendo los más repetitivos condenados a muerte. Pero el gobierno fue más lejos todavía, se decretó que toda figura pública corrupta: políticos, policías, militares, funcionarios públicos, etc., fueran condenados a muerte, eso sí, siempre y cuando se cuente con pruebas sólidas que los involucre.
El sistema es parlamentario, pero con la depuración de la policía, el sistema judicial y el político, más una nueva legislación, el país goza de una sólida estabilidad, donde el contrabando y la posesión de drogas puede originar cadena perpetua o pena de muerte. Actualmente es uno de los países con un nivel económico más grande que el de España.
Respecto a los delitos de abuso sexual y delitos menores, se permite publicar el nombre de los violadores, e incluso televisar los juicios. Es común encontrar en las calles y parques de la ciudad, desde hace tres años, a -basureros vestidos con uniformes atípicos, que solo llevan los delincuentes-, y que han sido condenados a limpiar la vía pública por delitos menores. Los diarios progubernamentales suelen además publicar el nombre y la fotografía de los acosadores sexuales condenados, junto con dibujos de sus fechorías. En otras palabras, los que delinquen saben lo que les espera, y estas acciones, impopulares para los derechos humanos, han servido para frenar la delincuencia en una de las zonas más conflictiva del mundo, en donde las drogas circulaban de forma abierta, pero hoy es una nación segura.
Es cierto que Singapur ha sido censurada por Amnistía Internacional, la que reprocha los métodos de justicia empleados en este país para ejecutar a los delincuentes, como la horca, cuyas ejecuciones se realizan en la prisión de Changi, los viernes al amanecer.
Sin embargo, a los familiares de los condenados se les permite recoger el cadáver del ejecutado varias horas después del ahorcamiento, una vez emitido el correspondiente certificado de defunción. Actualmente Singapur es uno de los países más educados, prósperos y seguro del mundo, con la renta per capital la más alta en Asia y en escala mundial, más que otros muchos países.
Creo que si nuestra legislación retorna a la pena de muerte para los que delinquen en violaciones, criminalidad, corrupción y otros delitos graves podremos ir creando valores entre la población y así dar seguridad a los habitantes.
Entre tanto, una manera de ayudar a nuestro país es poniendo énfasis en la prevención del delito, haciendo más sólidas a nuestras familias y trabajando en el desarrollo humano.