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CUANDO LA HISTORIA APASIONA: FREDDY CENTURIÓN Y UNA DE LAS BIBLIOTECAS PRIVADAS MíÂ�S GRANDES DE LAMBAYEQUE

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 994

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Para resumir su pasión, suele recordar que ahorraba meticulosamente cada sobrante de las propinas en secundaria para adquirir libros en sus salidas.

 

A Freddy Centurión González le hubiese gustado estudiar Historia. Sin embargo, cuando terminó la secundaria no dictaban esa carrera ni en Lambayeque, donde reside desde los siete años, ni en su natal Trujillo. Optó por estudiar Derecho, encontrando su segunda vocación en el Derecho Constitucional.

 

“Cuando estaba terminando Derecho abrieron la Escuela Profesional de Historia en la Universidad Nacional de Trujillo. Como dice mi abuelo, a mitad del río no se puede cambiar de mula”, comenta.

 

Actualmente, Freddy es docente en su alma mater, la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo – USAT, donde dicta las asignaturas de Historia del Derecho y Derecho Constitucional. Tiene apenas 28 años, pero es una enciclopedia andante de historia, lo que no es sorprendente dada la biblioteca que con orgullo muestra. “Como decía Federico el Grande, el insigne rey de Prusia: leer es pensar” apunta.

 

¿POR QUÉ LA HISTORIA?

“La historia nos brinda una perspectiva sobre lo que fuimos y lo que podemos ser. De los errores que cometimos; porque a lo largo de la historia, los peruanos hemos cometido tremendos errores, trastadas monumentales; pero también hemos demostrado mucha valentía y capacidad. Mira a los incas y las maravillas que nos han legado; mira al denostado período virreinal, donde las nuevas investigaciones ofrecen una mirada distinta de los clichés usuales. La historia también nos dice lo que podemos llegar a ser. Tenemos un país que ha atravesado grandes crisis y debacles, y que a pesar de todo, ha sabido levantarse de sus ruinas. Como después de la guerra con Chile, como después del terrorismo”, rememora. 

 

Esta misma historia, señala Freddy, nos da cuenta de lo que tuvimos y que ahora no tenemos: una clase política distinguida y de renombre, con hombres como Luis Alberto Sánchez, Raúl Porras Barrenechea, Héctor Cornejo Chávez. “No podemos comparar a esos grandes con los impresentables que vemos hoy en el Congreso. Hace falta educación cívica, enseñarle al ciudadano sus derechos y sus deberes. Reclaman derechos continuamente, pero siempre olvidan los deberes que tienen. ¿Por qué será?”, añade con ironía.

 

Freddy Centurión recuerda que de pequeño veía leer a sus abuelos, pero su vocación por la lectura y la historia la aprendió de su madre, que le obsequió el clásico Compendio de Historia del Perú de Pons Muzzo, vocación reforzada en la secundaria y en la universidad, sin dejar de lado sus estudios de Derecho, e incluso combinándolos.

 

“En cuestión de historia, soy un historioloco, y lo que sé lo he aprendido leyendo y revisando los archivos locales, pero también conversando. La conversación, el diálogo, es una excelente herramienta de conocimiento. Considero que he tenido suerte de conocer a expertos conocedores de la historia local como Miguel Ángel Díaz Torres, Jorge Izquierdo Castañeda, Martín Cabrejos y el doctor Juan Castañeda; testigos de momentos históricos como el maestro Carlos Fernández Sessarego, doña María Delfina Álvarez Calderón, y doña Enriqueta Leguía; profesores y amigos como Carlos Ramos Núñez, Renzo Honores, Jorge Andújar y Jorge Luis Vallejo”.

 

LA BIBLIOTECA DE LA HISTORIA

Su colección la inició con los libros militares de un tío abuelo, y con obras pertenecientes a sus padres. Paulatinamente, fue ampliando las existencias bibliográficas, de forma que para 2012, la última vez que hizo un recuento de su biblioteca personal, Freddy poseía mil 600 libros. Desde entonces, ha continuado comprando ejemplares en librerías de Chiclayo, Trujillo y Lima. Incluso, utilizando la tecnología de la Internet, ha hecho compras en el extranjero.

 

Freddy es uno de los mayores coleccionistas de libros en Lambayeque y sin duda su biblioteca es la más variada en cuanto a la historia nacional y universal. Cuenta con libros necesarios para comprender el pasado de Lambayeque: la “Monografía General del departamento de Lambayeque” (1927) de Ricardo Miranda, el “Boceto Histórico de la Iglesia de Lambayeque” (1935) del padre Menéndez Rúa, “Pimentel y su monografía” (1960) de Alejandro Araujo, los “Patriarcas provinciales: la tenencia de la tierra y la economía del poder en el Perú colonial” (1991) de Susan Ramírez, y muchos otros que narran y describen el pasado departamental.

 

Como catedrático de Historia del Derecho, Freddy ha adquirido colecciones jurídicas del siglo XIX y principios del siglo XX. Obras como el “Diccionario de la Legislación Peruana” (1861) de Francisco García Calderón, las “Lecciones de derecho penal filosófico” (1884) de Ricardo Heredia, “La Constitución peruana comentada” (1899) de Luis Felipe Villarán, el “Código Civil comentado” (1911) de Miguel Antonio de la Lama, y la colección de “Constituciones Políticas del Perú” (1922) de Juan Francisco Olivo, ocupan su respectivo lugar en sus estanterías.

 

Pero los libros y memorias de historia nacional ocupan el mayor lugar en los estantes. No solo el clásico “Historia de la República” de Basadre, sino que tiene la “Historia de la conquista del Perú” (1861) de Sebastián Lorente, “Diez años de vida en la historia contemporánea del Perú 1898-1908” (1930) de Pedro Dávalos y Lissón, “Tres años de lucha por la democracia en el Perú” (1949) del derrocado José Luis Bustamante, el “Cedulario del Perú” (1943-1944) y las “Cartas del Perú” (1959), ambos de Raúl Porras Barrenechea, “Cuarenta años al servicio de los presidentes del Perú en la Casa de Pizarro” (1959) del mayordomo Tomás Meza, entre muchos otros. Incluso guarda álbumes con cariño: “Colección de Discursos y Mensajes por el Primer Centenario de la Independencia”, “El Perú en 1929 y la obra gubernativa del Presidente Leguía”, y “Progresos del Perú 1933-1939”.

 

No faltan periódicos y revistas antiguas a esta colección: El Peruano Extraordinario (1838 y 1839), El Constitucional (1858), El Perú Ilustrado (1889) y Variedades (1910, 1912 y 1913).

 

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LA SOMBRA DE LEGUÍA

La vida y legado político del lambayecano Augusto Bernardino Leguía y Salcedo son algunos de los temas que más apasionan a Centurión González y en los que ha logrado notable especialización. Su conocimiento profundo al respecto se debe a la revisión no solo de libros, sino a testimonios recogidos por él mismo en su labor investigativa.

 

En la biblioteca de Freddy hay también libros en inglés como “Francisco de Toledo” (1938) de Arthur Zimmerman, “The Modern History of Peru” (1967) de Frederick Pike y “Augusto B. Leguía: the oligarchy and the modernization of Peru 1870-1930” (1970) de Howard Karno.

 

Freddy comenta que está traduciendo ese último, así como una novela sobre el Perú, casi ignorada por la mayoría: “Pity the Tyrant” (1937) de Hans Otto Storm, en la que narra la historia de un ingeniero estadounidense llegado al Perú en medio de la crisis de 1930. “El título alude al caído y preso Augusto B. Leguía, habla de Sánchez Cerro, de Haya de la Torre, y termina con la revolución aprista en Trujillo. Me parece interesante, porque merecería la pena traducirla en algún momento”.

 

“Entre mis primeros libros, tenía un tomo de los Discursos y mensajes del presidente Leguía, con una foto de la época. Luego, investigando en el Archivo Regional encontré documentos sorprendentes sobre don Augusto. Un muchacho al que su abuela le donó una tienda cuando apenas tenía 12 años, pasando por encima de sus hermanos mayores, algo de singular debía tener”.

 

Freddy no se considera leguiísta, pero tiene concluido un estudio sobre los primeros años de este lambayecano que fue dos veces presidente de la República, entre 1908 y 1912 y entre 1919 y 1930, y con quien, opina, la historia ha sido injusta. “Me parece un personaje fascinante y muy incomprendido”, afirma, y muestra el ensayo “Yo tirano, yo ladrón”, obra atribuida al derrocado presidente Leguía. En su colección tiene muchos textos y estudios sobre Oncenio.

Entre sus joyas, está la partitura de una canción en honor al candidato Leguía, una postal del Palacio de Gobierno en los años 1920, y una pequeña historia “Leguía y el 29 de mayo. Para el niño peruano”, narrando cuando Leguía resistió un intento de golpe en 1909, en el que lo llevaron ante la estatua de Bolívar para exigirle su renuncia, pero no firmó. Y cuando llegó la tropa a rescatar al Presidente estalló una balacera que por poco hubiera matado a quien se buscaba rescatar.

 

“Y en la balacera, encima de él, cayeron algunos muertos, y eso lo salvó de morir. Luego con el traje manchado de sangre, Leguía se levantó de entre los muertos. Su muerte fue la más trágica de nuestros presidentes: en la cárcel, sin atención médica digna para la prostatitis aguda que sufría, para luego acabar en el Hospital Naval bajo vigilancia. Fue un ensañamiento injustificable lo que hicieron con el pobre hombre. Murió pesando poco más de 30 kilos. Eso no lo han hecho ni con el miserable de Abimael”.

 

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 “No soy historiador de profesión pero por ser abogado, leer es imprescindible. Abogado que no lee es cada día menos abogado”.

 

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