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MI PRIMER DÍA DEL PADRE: CON PERMISITO, PARA RAMÓN

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1256

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Acostumbrado a recibir los golpes que le da la vida, a estas alturas Don Ramón ya habría aceptado que el lunes por la tarde nos llevó el chanfle. Seguro ya recurrió al infalible berrinche para desfogar la cólera, casi un ritual: la clásica gorrita al piso con saltos y pisotones que hasta parecen de baile. Todos sabemos que le va al Necaxa, pero varias veces vimos en la pared de su casa el banderín rojo de Perú, aquel que se lució en Argentina 78. Ahí acompaña los sueños de quien duerme en el mueble, hasta las 10 de la madrugada, y ha llegado de padecer de sonambulismo.

Se dice que llegó a deber 14 meses de renta y que el día que cumplió los 15, en lugar de celebrarle una fiesta, lo mandaron a armar sus maletas. Entonces encontraron fotos de cuando llegó a la vecindad y de una pelea de box que al final le terminó salvando el pellejo. Pensándolo bien, las cuentas de su honradez sí cuadran. Si la foto se tomó cuando el Chavo y la Chilindrina tenían cuatro años, tenemos 48 meses de renta, de los cuales, por lo menos, pagó 34. Y eso que falta agregar los abonos que hizo cuando trajo a los campeones internacionales del yoyó o los meses que le perdonaron por ser yesero, pintor o llevar a Ñoño a su primer día en la escuela.

De todo un poco

Cierta Chancluda de alta alcurnia se ha encargado de difundir lo contrario, pero el hombre trabajó de todas las formas posibles. Fue fígaro con la convicción de que echando a perder se aprende; y fue lechero cuando el repartidor se fue de vaca (de vacaciones). Cada 15 de septiembre, el mes de su cumpleaños, salía a vender confetti, espantasuegras, tronadores y brujas. Era el único al que se le ocurría salir aunque no fuera temporada de posadas. En su propia casa emprendió negocio de zapatero, carpintero, globero y hasta brindó lecciones prácticas para una declaración de amor, porque por 100 pesos era capaz de confundir al profesor Jirafales con Sofía Loren.

Como puedes ver, las cosas no siempre son lo que parecen.

Si para enseñar a los niños los fundamentos del fútbol americano, luego de haberles dado su calistenia con juguito de naranja y todo, desarrolló una carrera deportiva ejemplar. Pitcher estrella de los Barrenderos de la Abondojo, con catorce ponches encima; boxeador voceado para el establo del Cuyo Hernández; y futbolista. Sí, ya habían inventado el fútbol. Con el señor Barriga tapando todo el marco, jugó de medio menso. Con decirte que hasta fue novillero. Y entre los novilleros, fue de los flacos.

En un mundo donde la rutina y la búsqueda del éxito es capaz de llevarse el tiempo sin tregua alguna, es increíble que un personaje sea capaz de hacer tantas cosas. De haber fracasado en todas, seguro, pero que pueda contar que las vivió. Tú podrás decir que todo es ficción, pero debes saber que Latinoamérica está llena de Ramones.

Monchito en el Perú

En el distrito de San Miguel, donde todos los circos instalaban sus carpas, llenó varias temporadas. Todas iban a ser su despedida, pero la gente iba a mirarlo por primera vez. Existía una fascinación por conocer a las estrellas de la televisión. Te parecerá increíble, pero podías tomarte foto con el mono, el tigre, el elefante y con Don Ramón. Precios para todos desde 10 soles. Dabas la dirección y te la llevaban a casa en cuatro o cinco días.

Ramón Antonio Esteban Goméz Valdez y Castillo, Don Ramón, ejerció en la comedia un rol que pareciera definir a todo artista: era él mismo. Parecía que no actuara. La vecindad donde vivía era Latinoamérica. Un día lo vimos en los comerciales de nuestra tele diciendo que cierta marca de turrones tenía un sabor “suavecito”. Le agregó tantas i y tantas o a la palabra que hasta ahora dura el efecto.

Nos hacía reír. Cuánta gratitud podemos atesorar para quien nos hace reír. El amor del que hablamos tanto se siente en todo el cuerpo si reímos juntos. “Debería de aprender a mí. Mire, yo sin un centavo en la bolsa, pero siempre dispuesto a la risa franca y espontánea”, le dijo un día a doña Florinda, lo cual demuestra que la venganza nunca es buena, porque mata el alma y la envenena.

Los programas que grabó con ese inolvidable elenco recorrieron tantos lugares en el mundo que lo llamaron el programa número uno de la televisión humorística. Muchas veces acompañaron el descanso médico, como para demostrar que la risa cura. Mis tíos en Chiclayo me contaron que pagaban un sol para ver El Chavo en una época donde la palabra streaming hubiera sonado a churinfurinfunfláis.

Esta y muchas historias más te contarán al reconocer el nombre que te hemos regalado, hijo querido. Que todas sean motivo de admiración, risas y aventuras increíbles. Gracias por este primer Día del Padre, Ramón.

(*) Sociólogo e historiador.

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