Son nuestros propios años veinte y la radio sigue ahí. Como a inicios del siglo pasado, su omnipresencia sigue estimulando la imaginación, acompañando el camino. Y aunque la actual programación en FM no destaque por su versatilidad, y aunque muchos jóvenes (y no tan jóvenes) solo usen el AM para escribir la hora por las mañanas, la radio se acerca al centenario cada mes de junio.
Desde tiempos en que la inteligencia era humana y no artificial, la radio cumplía la noble función de acompañarnos. Si existe alguna condición que debe cumplir el amor es la de acompañar. La radio lograba con ello sin someternos. No requería nuestros datos personales, menos nuestras cuentas bancarias. No nos exigía suscripciones o adecuarnos a tarifas premium, golden o lo que a ello continúe. Hasta sus tandas comerciales resultaban persuasivas de lo entrañables que podían ser. Se emitían en vivo y en directo en auditorios por donde pasaron miles de estrellas. Algunas fugaces; otras, imperecederas.
La historia de la radio en el Perú comenzó en junio de 1925. Tiempos donde se instalaban receptores y parlantes en plazas públicas para que nadie se quedara sin escuchar la transmisión. Lo que decía la radio tenía que ser para todos o no sería. Quizá esa impronta democrática fue la causa de su popularidad. Pronto la radio creció difundiendo géneros musicales que expresaban la diversidad que caracteriza toda identidad. La fama de los locutores cruzaba fronteras aunque pocos los conocieran de vista. Nadie podía saber que en realidad se encargaban de todo: eran operadores musicales, narradores de noticias y hasta actores improvisados en radioteatros. Te hablo de la época en que las radionovelas cumplían con su misión fundacional: contarte varias historias a la vez y no contarte la misma historia de siempre. Efectivamente, la radio era la gente. Sin pantallas, reflejaba su imagen.
Hasta en tiempos de desolación, la radio informaba, orientaba, realmente ayudaba. Surgieron radioaficionados que ejercieron el noble rol de difundir información en tiempos donde esta era un bien supremo. No buscaban seguidores, likes, menos podían monetizar sus transmisiones. Tan solo querían compartir la información. Que sirva. Que sea pública. Realmente pública.
La radio en Chiclayo
“Queremos que nuestra radio llegue donde nadie ha podido llegar”, pudo haber dicho Julio Carlos Montjoy D’izalla, aquellos días de 1936 en que se propuso crear una radio en Chiclayo. Deseaba lanzar anuncios comerciales tan lejos, pero tan lejos, que su primera intención fue llamarla Radio Del Carajo. Entre la moderación y la temeridad, al final decidieron usar solo las primeras letras de la frase. Y así nació la primera radio en todo Chiclayo: Radio Délcar.
La aparición de Radio Chiclayo, un 30 de abril de 1955, representaría una dura prueba para Délcar. Su llegada al dial fue hasta desafiante: se instalaron nada menos que en los techos del edificio del Banco Popular. Exactamente dos pisos más arriba que los chicos de Montjoy. El incansable trajín de ambos auditorios hizo latir el corazón de nuestra ciudad: el Parque Principal tenía las dos radios más populares junto al cine-teatro Tropical, que a su vez tenía al frente al recordado cine Colonial. Con música de iglesia, la Catedral de Chiclayo yacía al medio de todo el circuito cultural de mediados de siglo.
La popularidad de sus concursos musicales, los premios que locutores como Claudio Baquedano y José Ruiz entregaban a los oyentes en el 1041 de Juan Cuglievan, fomentaron la leyenda radial en nuestra ciudad. Pronto comenzamos a escuchar música regional que construyó lo que hoy conocemos como nuestra identidad. Marineras, tonderos, valses y golpe tierra fueron difundidos hasta la campiña más alejada. Como usted podrá comprobar, ahí se quedaron para siempre.
El hoy de la radio
Tal vez el conservadurismo que impregna nuestra idiosincrasia se exprese en la monotonía musical que observamos en las radios actualmente. Programas criollos que parecieran hasta repetir el mismo orden de sus valses. Boleros y baladitas en la misma salsa y más de un locutor que confunde la frescura con la chabacanería.
Ante la monotonía, queda el empeño de cada radio local. Voces críticas que, de verdad, no se venden. Música regional y espacio para nuevos valores. Noticias en lenguas originarias, con denuncias y oportunidad para fomentar emprendimientos. Contemplar el desarrollo de las radios regionales es un respiro para el espíritu de un medio de comunicación que siempre parece mejor que la última novedad de la inteligencia artificial.
Porque YouTube te obligará a escuchar lo mismo o lo más parecido. Si quieres escuchar algo nuevo en Spotify tal vez tengas que pagar por ese derecho. Y si eres músico, podrás llegar con mucha facilidad, te emocionará ver tu canción en los celulares de mucha gente. Pero para cobrar tus derechos de autor tendrás que acumular millones de clics para recién ganar porcentajes de dos dígitos. Le llaman libre mercado, por si lo hemos olvidado.
Que la libertad de la radio nos alegre y acompañe siempre. Y que su campechana presencia nos permita ver las cadenas tecnológicas a las que parecemos aferrados.
(*) Sociólogo y docente universitario.
Deja tu Comentario