El día miércoles 7 de diciembre, a horas 11:48 de la mañana, Pedro Castillo leyó el mensaje a la Nación haciendo varios anuncios que lapidaron su estadio en el sillón presidencial. El primero, disolviendo el Congreso de la República, para luego, en el transcurrir de su lectoría temblorosa, seguir zarandeando al país como si fuera un movimiento sísmico de grado 9 en la escala de medición sísmica tecnificada, decidiendo intervenir en los aparatos públicos para su reorganización.
El aciago séptimo día del mes de diciembre, en el discurrir de una mañana demoledora para Pedro Castillo, la intentona golpista desde el Ejecutivo acometió contra la estructura funcional de otro poder del Estado, como es el Poder Judicial declarándolo en reorganización, como así también el Tribunal Constitucional, el Ministerio Público ente otros.
No contento con ello, dictaminó el encierro de la ciudadanía con un toque de queda desde las 10:00 de la noche de ese mismo día, hasta las 4:00 de la mañana del día subsiguiente, quedando de esa manera configurado el ensayo golpista de Castillo Terrones.
¿Era un golpe de Estado bien organizado?
Por cierto que no. La temeridad de un aprendiz de dictador, acompañado de su inseguridad y nerviosismo discursivo, trasuntaban un despropósito irresponsable, liviano en su respaldo y, por qué no, un remedo decisorio de quebrantar el orden democrático y el estado de derecho en nuestro país, tal es que a los minutos del inesperado anuncio, los palitroques de sus ministros, unos más escuderos que otros, empezaron a caer uno a uno, diciéndole a su insensato mandatario: “Me voy porque no sé lo que estás haciendo”, “¿Quién te dijo que lo hagas?” y “¿Por qué no nos comentaste de la aventura que pensabas emprender?”.
La post decisión aventurera
Advertido el intento golpista, sin contar como no podía ser menos con el respaldo de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, Castillo y su prole familiar emprendieron la retirada del Palacio de Gobierno que los acogió por un año y 4 meses. La hoja de ruta estaba marcada hacia el distrito limeño de San Isidro, donde se ubica la Embajada de México, lugar en el cual ya lo esperaban con las puertas abiertas, ordenado ciertamente por su protector de ocasión y defensor a ultranza, el presidente Andrés Manuel López Obrador, pretendiendo asilarse él y su familia en la suntuosa residencia, para luego emprender el viaje sin retorno al país azteca, después del mamarracho frustrado de seguir desestabilizando al país.
Las órdenes se cumplen
Mientras discurrían los minutos post discurso golpista, con el tránsito vehicular atascado, la orden milagrosa de detener a Castillo retumbó en el oído del jefe de la seguridad presidencial, quien sin reparo alguno, con la voz altisonante de los ciudadanos de a pie como testigos de ocasión, ordenó que los policías apertrechados con elementos y armas de combate, aparecieran como un haz de luz, logrando desviar la circulación del vehículo presidencial hacia la embajada mejicana, hasta llegar al lugar donde suelen ser llevados los delincuentes, en este caso, el local policial ubicado en la avenida España, donde Castillo tenía que pernoctar por algunas horas, en razón de ello, tenemos que decir, ¡Honor y gloria a la Policía Nacional!
El dicho de Castillo
Resulta que con el transcurrir de los días, el entorno ministerial de Pedro Castillo no sabía nada de lo que su defendido jefe iba a decir.
Los sobones ministros (Sánchez, Salas y Chero), según ellos, tampoco lo sabían, pero sí el impresentable y sabelotodo Aníbal Torres, como también la diosa del amor Betsy Chávez, quienes no impidieron que Castillo diera el salto al vacío por su condición natural de ser tal cual son. El primero, un retrograda maestro universitario cargado de conocimientos contrarios a la realidad y al estatus quo vigente en el país, y la segunda persona, fémina ella, con un carácter de rebeldía y frustrada alegría de vivir, que la desequilibra con una conducta probablemente bipolar, inductiva al mal y la rebelión social, como hoy lo viene propendiendo sin reparo alguno.
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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.
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