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RECUERDE, CONGRESISTA MÁLAGA: Esa aldea existe

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1276

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“Si buscáramos médicos de gran renombre, de gran prestigio y de trayectoria intachable, sobre todo internacional, los hay. Hay muchísimos más. Este no es el perfil. Un experto en salud pública que tenga manejo de proyectos internacionales, que investigue, que publique (…) En un país que ha sufrido de esta manera por una pandemia, necesita de una visión de estadista de salud. No un médico de aldea, no un médico de región o provincia, con todo el respeto que les tengo, pero necesitas a alguien que mire hacia afuera, que tenga la capacidad de tender esos puentes, ese nivel de gestión”.

Estas fueron las convencidas declaraciones de Ed Málaga Trillo, congresista de la república elegido por el Partido Morado.

Menos mal que lo dijo “con todo el respeto” que nos tiene.

Málaga fue elegido con 67 mil 44 votos por el departamento de Lima. Apenas 67 mil en un país de 33 millones. Llegó al Congreso afirmando que “sin ciencia no hay futuro”. Hasta la fecha, nadie conoce legislación alguna al respecto. Su mayor empeño ha sido promover la vacancia presidencial. Como vemos, ni ciencia ni consciencia.

“Este no es el perfil”, afirma Málaga, refiriéndose a la reciente designación de Kelly Portalatino como ministra de Salud. Habla de “tender puentes”, pero a la vez desprecia a los “médicos de región o provincia”.

¿Cuál sería el perfil, por ejemplo, para ser congresista? 15 mil 600 soles de sueldo durante 14 meses, sin agregar los gastos de representación. Bonos por eventos, el sueldo de los asesores (los que, a la larga, harán todo el trabajo) y si eres Nano Guerra García, pasajes a la playa y hasta tus megas de internet para conectarte.

El señor Málaga afirma, inquisidor como nunca, que necesitamos profesionales “que investiguen”. Sus colegas deben haberlo entendido mal, porque más que investigar son investigados. Que lo diga sino Fiorella Molinelli, quien durante su gestión como presidenta de EsSalud estuvo involucrada en el caso “El club de las farmacéuticas”, organización criminal que realizó compras ilícitas con un sobrecosto de 182 millones de soles. Ella misma fue ministra de Desarrollo e Inclusión Social. ¿Es esa la mentada “visión de estadista en salud” a la que se refería?

Porque la que tuvo tremenda visión durante su gestión como ministra de Salud fue la recordada Pilar Mazetti, quien se vacunó contra el covid en plena etapa de ensayos clínicos. ¡Se aseguró 19 meses antes que todos los peruanos! Y tuvo el descaro de jurar en televisión que no lo había hecho. Tremenda visión y capacidad, porque aparte de la cartera de Salud ejerció como ministra del Interior. ¿Cómo habrá hecho para capacitarse en funciones tan diferentes?

Quizá fue la misma versatilidad del recordado Martín Ruggiero, el ahijado del multifacético Pedro Cateriano. Lo nombraron ministro de Trabajo en plena pandemia. Su única experiencia en gestión: defender a las AFP y a una empresa vinculada a la deforestación en Loreto. En cuanto a sus competencias personales, eso sí, amplia experiencia en organizar las colectas para comprar el ron con su círculo, siempre cerrado, de amistades.

Centralismo y algo más

No va a ser esta columna la que adule las decisiones del gobierno. No pasaremos por alto los cuestionamientos y las investigaciones documentadas que reclaman a gritos coherencia, unidad, coraje.

Mucho menos será la que se sume al desprecio por las provincias del Perú. Todos nuestros problemas nacen de aquel infame centralismo. De él surgen la discriminación racial, la corrupción y el desprecio de una argolla que se cree con el derecho natural a ejercer las funciones públicas. Sus limitaciones no son solo profesionales, sino éticas, humanas.

Porque la lógica de Ed Málaga, la que excluye a los “médicos de aldea, de región o provincia”, revela todo el desprecio de una élite desorientada. Es la misma perversidad con la que, en una facultad de Derecho, una docente afirma que “tiene más apellido” que todos sus alumnos. Ocurrió en Chiclayo. Ocurre en el Perú desde siempre.

Ocurrió, por ejemplo, cuando Carlos Bruce, recientemente elegido como alcalde de un distrito limeño de clase alta, dijo que habían incluido a Martín Vizcarra como vicepresidente pues “necesitamos un provinciano en la plancha porque hay muchos blancos”. El racismo no tiene techo, ni techito.

Es el mismo racismo de María del Carmen Alva, cuando juraba que el Congreso trabajaba “para todos, para blancos e indios”. El mismo con que Pedro Pablo Kuczynski se presentó alguna vez en la CADE para afirmar que “en algunos lugares de los andes, la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro”.

Resulta que toda esa clase política sale a marchar este cinco de noviembre. “Despierta, peruano”, anuncian en redes sociales y en todos los grandes medios de comunicación.

En las aldeas del Perú, mientras tanto, donde las lluvias pueden destrozar hospitales enteros (como está ocurriendo en Pucallpa), o donde hay que hacer colas inhumanas para apenas sacar una cita médica que se concretará en meses, la gente de verdad despierta. Se da cuenta de las cosas. Las plazas públicas se llenan. Todos los trabajadores de aldea se juntan. Hartos estamos. Hartos de verdad.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

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