En la histórica Huamanga, los universitarios queman instalaciones exigiendo la renuncia del rector. En la cuatricentenaria San Marcos, otro examen de admisión se suspende porque la mafia, igual de antigua, logra vulnerar los mecanismos de seguridad. La oferta privada, mientras tanto, aparece para muchos como la única alternativa posible ante el desconcierto. ¿Y realmente es la única?
Conocemos como universidades privadas de primera generación al grupo de instituciones que surgió a inicios de la década de los 60 en nuestro país. Ellas se organizaron bajo diferentes formas corporativas que nos sugieren cierto grado de institucionalidad: fueron impulsadas desde la Iglesia CatoÌlica, los sectores empresariales y grupos de intelectuales. De alguna manera se seguía las ideas modernizadoras de la Reforma de CoÌrdoba, aunque progresivamente la concepcioÌn particularista y pragmaÌtica del saber iriÌa cobrando fuerza con el paulatino ingreso de sectores empresariales al naciente mercado de la educacioÌn privada.
Uno de los factores que ayudoÌ a consolidar estas universidades fue la decisioÌn estatal de asignarles importantes partidas presupuestarias, poliÌtica que se mantuvo hasta inicio de los ochenta, a pesar de que muchas ya gozaban de considerables ingresos, producto no solo de los crecientes iÌndices de matriÌcula, sino de la cooperacioÌn internacional. Podemos interpretar esta actitud como una reaccioÌn del Estado ante la intensa politizacioÌn que arreciaba la universidad puÌblica en aquella deÌcada.
Si bien es cierto, el tema del acceso a la universidad logró importantes avances, el mercado no fue capaz en sí de promover la calidad, sino maÌs bien niveles diferenciados en la prestacioÌn de servicios que, como señala el exministro de Educación Martín Benavides, “han deteriorado el valor de las certificaciones y creado nuevas modalidades de exclusioÌn asociadas a la calidad de la educacioÌn”. Al agotarse los mecanismos de incorporación, se intensifican los procesos de diferenciacioÌn social. El sociólogo Carlos Iván Degregori planteaba que aquella figura de ascenso social exitoso al final se consolidaría como un espacio de reproduccioÌn de la exclusioÌn y la desigualdad, puesto que se “promovioÌ la estratificacioÌn del propio sistema educativo en circuitos de desigual calidad”.
De lo público a lo privado
Con el surgimiento de las universidades de primera generacioÌn reconocemos el inicio de un proceso mayor que terminaraÌ identificando a las clases medias con un traÌnsito de la educacioÌn puÌblica a la privada. Este proceso implica la formacioÌn y la consolidacioÌn de clase, puesto que valores como el sacrificio o el emprendimiento no son exclusivos de nuestros tiempos, sino que parecen formar parte de un derrotero histoÌrico. En eÌl, son las mismas familias quienes asumen la provisioÌn de servicios sociales ante los histoÌricos escenarios de desigualdad excluyente que el Estado se ve imposibilitado de solucionar.
Desde una mirada panorámica de la historia, podemos identificar a la clase media, al calor de los ideales de la Reforma de Córdoba, como la impulsora de la reorientación de la universidad a inicios del siglo pasado. Esa misma clase media fue la que fomentó en nuestro país el desarrollo de una primera generacioÌn de universidades privadas que cubriera sus demandas. Y fue finalmente esa misma clase media la que, a partir de 1996, propició el surgimiento y consolidación del actual submercado universitario, el cual conocemos como universidades de segunda generación.
La segunda generación
Amparadas bajo la Ley de Promoción de la Inversión en Educación, por todo el Perú comenzaron a proliferar universidades con abierto sentido de lucro. En su fundacioÌn subyace la influencia ya no de un factor institucional, sino maÌs bien de una figura personal que transmite la idea de “empresario exitoso”, el promotor o simplemente el dueño. Esta imagen individual de “hombre exitoso” encaja muy bien con el reÌgimen de neoliberalismo cultural, donde el consumo es una suerte de condicioÌn imprescindible para la consolidacioÌn de clase.
Este grupo de universidades expresa un rompimiento histoÌrico con las de primera generacioÌn. Ya no surgen bajo un discurso de cambio social colectivo, como promovía la Reforma de CoÌrdoba, sino maÌs bien bajo uno de “cambio individual”. Sus muÌltiples ventajas para la matriÌcula y pago de pensiones, terminan con la idea del factor econoÌmico como barrera para acceder a una carrera universitaria, pero a costa de una patente informalidad, toda vez que aquel “ethos” universitario se convierte en un “ethos” empresarial: pasar de ser la comunidad del conocimiento a ser la empresa que administra cosas. Como vemos, el nuevo paradigma de la universidad - empresa parece corresponder con una nueva concepcioÌn de la educacioÌn como un negocio rentable.
DeciÌa el Amauta JoseÌ Carlos MariaÌtegui, hace poco maÌs de 80 años, que el PeruÌ formaba parte de un mundo en trayectoria solidaria. CoÌmo no creerle. En alguÌn momento de nuestra historia republicana, la educacioÌn puÌblica fue genuino espacio de convivencia y de encuentro para las clases sociales, quienes pudieron asiÌ generar lazos de identidad que esbozaron una idea de peruanidad. Sin embargo, este ideal ha ido quedando relegado.
Asistimos hoy a una absoluta segmentacioÌn del mercado educativo: cada quien pareciera tener su propio colegio y ahora su propia universidad. La peor de las desigualdades se extiende bajo la apariencia de promover “educacioÌn para todos”. Porque a estas alturas sabemos muy bien cómo ha ido cambiando la historia. Antes era un privilegio el solo hecho de ir a la universidad. Hoy existen más posibilidades de hacerlo, pues las ofertas alcanzan para todos los bolsillos, seguramente. Tal vez, el privilegio ahora sea egresar de la universidad con reales posibilidades de incorporarse al mercado laboral con una remuneración acorde a la inversión realizada. De alguna manera volvemos al origen de todo: una elitización en ciertos estratos de poder y desarrollo profesional, mientras que los niveles de desempleo y subempleo van incrementándose silenciosamente.
Tanto que, tal vez un día, los estudiantes de la Universidad de Huamanga no sean los únicos en exigir soluciones con palos y piedras.
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(*) Sociólogo y docente universitario.
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