Si bien estamos influenciados aún por la era del arte, quizá más crítica que contemplativo, creo que la era de la influencia colectiva de las imágenes religiosas aún no ha terminado. Por la fuerza espiritual que se percibe y la de su poder integrador comunitario, incluso social, todas ellas portan aún el derecho originario a seguir tomándose en consideración. De seguro la historia testifica cómo estas han sorteado los abatimientos del discurso acusador, incluso teologal, y no solo del no creyente. Aun así, esa aura de creer en ellas aún subsiste a través del tiempo.
La estética de la imagen religiosa
¿Por qué creer en el poder de una imagen religiosa? Es obvio que es la mediación de la fe aquella condición posible primaria y básica sobre la cual se resuelve o se sustenta todo tipo de experiencia estética que surge ante la presencia de una imagen. Al lado de la fe se une, no una fe ciega de creer por creer, sino el acto experiencial de la relación con una presencia, la que se asume como real, que no necesariamente está presente en la imagen misma. Es como un recuerdo de una presencia no vacía, sino real.
Es el reconocimiento de un tema místico existencial que quizá ha quedado postergado al fijarse solo la forma técnica que habla de la criticidad del arte o quizá por la influencia científica desplegada en todos los ámbitos de la cultura humana. La narrativa de la experiencia mística que se despliega al contemplar una imagen religiosa nos ilumina más con alguna respuesta posible. No una que sea conceptual o científica, sino una experiencia que habla de una forma de conocimiento de un absoluto con el que gracias a una actitud viva se entabla una relación con él.
La imagen religiosa, desde la experiencia de la fe, sería no solo una representación de la realidad absoluta invisible, sino la fuente viva de una relación de la presencia misma. La imagen que se tiene delante -o que se contempla- no solo es vista como un objeto cargado de cualidades estéticas (color, brillo, medidas, texturas, encuadres, etc.) sino que se respeta o se re-conoce que por ella se hace presente la presencia de alguien oculto. Algo o un alguien oculto que es un misterio, que no es lejano, sino presente, al que se trata como alguien que es quizá sagrado pero visible gracias a aquella realidad profana que se desprende de la imagen expuesta.
Experiencia de una presencia real
En Juan Martín Velasco se lee esta perspectiva, muy similar a la de Hans Belting, que la inserta dentro de la experiencia espiritual de aquel sujeto creyente que siente la presencia del imago Dei en constante relación. Por lo que cree y se representa en ella el sujeto trasciende hacia una relación cercana con aquella presencia que la asume como una trascendencia absoluta. Es la percepción de la experiencia de todo un universo narrativo místico. Desde la fe, la imagen que se contempla no solo evoca ni es simplemente una clase de recuerdo, sino la activación de la memoria corpórea afectiva del creyente. Es la experiencia de un íntimo encuentro.
La experiencia mística ayudada de la mediación de la fe que surge a partir de la génesis de la contemplación de la imagen religiosa, que reúne ciertas cualidades estéticas, pone al sujeto creyente en vínculo relacional con quien cree. Lo estético le permite así vivir la experiencia de un encuentro auténticamente íntimo y real. Por tanto, esta experiencia no pasaría por la asimilación de conceptos, ni de estacionarse en lo bello del cuadro o lo bonito de la imagen, sino que es una actitud básica de disponerse al contacto directo con la trascendencia que, gracias obviamente al impacto estético de la imagen, se contempla.
Se denota, pues, cómo el sujeto creyente trasciende a una trascendencia mayor, no experimentando una relación intimista o ensimismada, tampoco es una fusión mística oriental, ni una fundición de negarse a sí mismo, ni mucho menos son escapismos colectivos, ni tampoco una especie de superación ascética de vallas terrenales para el disfrute de un último cielo o de un Olimpo, sino, más bien, es la experiencia viva de una relación personalizante. Es un encuentro personal que se conforma por la experiencia de la confianza absoluta a esa presencia absolutamente trascendente que trasciende el intento contemplativo de toda imagen religiosa, como la del Señor de Los Milagros, por ejemplo. La mediación de la fe es, ´por tanto, la que permite ver (por medio de la imagen religiosa) y es la que genera la experiencia de la presencia de quien lo ve todo. Es una experiencia estética mística que por la fe ve y experimenta una presencia.
La comunidad celebra una presencia
Por tanto, ¿qué tema induce la experiencia de relación íntima con aquella trascendencia que se reconoce en la imagen religiosa? Lo que induce es, por supuesto, la pintura, el color del cuadro, la figura que se representa, las líneas de oro o de plata de la imagen que se contempla, el manto que la cubre y, obviamente es también la escritura que en ella se simboliza. De hecho son las cualidades estéticas inmanentes las generadoras del recuerdo vivo de la experiencia de la relación de una trascendencia. Gracias a la pintura -como la escritura- se induce siempre una cierta remembranza. Es el recuerdo de la experiencia de relación con lo divino en el cual se cree. Y lo que se cree colectivamente conforma la narrativa de la identidad de la comunidad creyente la cual se representa en una imagen que se venera en el tiempo y en un espacio determinado y con un rito y un modo doméstico celebrativo particular.
A raíz de lo que se hace visible ante los ojos de un creyente, el contenido de la narrativa mística activa la veneración de culto de una imagen. Mediados por la imagen, la remembranza inmediata de la experiencia de relación de la presencia de la trascendencia divina en la historia humana es lo que la comunidad testimonia. En comunidad se comparte y se celebra y en común obran un estilo o típico modo de proceder. Por tanto, el poder de la imagen religiosa que hasta aquí expongo no es el resultado de una fenomenología inferior ni el débil recuerdo de la tesis de un sujeto silvestre o salvaje irracional, sin sustento científico. De seguro sí es irremisiblemente compleja y confusa, pero es innegable que bajo la conformación mística de la identidad comunitaria que se configura (religare, que se religan, que conforman una religión) deviene el poder de la experiencia celebrativa de la contemplación espiritual. Es la presentificación de la trascendencia gracias a la inmanencia de la imagen religiosa.
Finalmente, a partir de todo lo expuesto, considero que, probablemente mejor captado o quizá más intuido, será captada esta experiencia si se lee no en modo científico sino en un modo estético teológico. En un modo que, sin la presión del sistema racional de lo claro y distinto cartesiano, sea un modo místico poético espiritual, quizá el más propicio para la aprehensión del poder de la imagen estética no solo religiosa sino incluso la de la más profana. Quizá así solo sea probablemente captada la esencia de una presencia que nuestro gran poeta Antonio Machado, al soñar, entrevió ver o quiso creer existe detrás de las imágenes que él contempló o vio:
Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que una fontana fluía / dentro de mi corazón. / Di, ¿por qué acequia escondida, / agua, vienes hasta mí, / manantial de nueva vida / de donde nunca bebí? / Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que una colmena tenía / dentro de mi corazón; / y las doradas abejas / iban fabricando en él, / con las amarguras viejas / blanca cera y dulce miel. / Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que un ardiente sol lucía / dentro de mi corazón. / Era ardiente porque daba / calores de rojo hogar, / y era sol porque alumbraba / y porque hacía llorar. / Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que era Dios lo que tenía dentro de mi corazón. / (Soledades. LIX).
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(*) Ingeniero y filósofo.
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