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OCTUBRE PARA TODA LA VIDA: Amar es un milagro

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1273

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Pasaron 730 días. Los dos años que nunca vamos a olvidar. Cómo podríamos, si todavía duele recordar. Si nadie sabe muy bien cuándo será el final. Si realmente llegará el final. Todo este tiempo ha tenido que pasar para que la venerada imagen del Señor de los Milagros vuelva a salir en procesión. La respuesta popular ha sido multitudinaria, conmovedora. Ella misma ya es un milagro.

Como si fuera una metáfora del país que somos, el Cristo Moreno ha vuelto a las calles al amanecer de un 8 de octubre. Usted sabe lo que de verdad conmemoramos ese día. Y no es la fecha de ninguna desprestigiada institución castrense. Es el día de la dignidad con que un marino piurano, el almirante Grau, defendió el ideal aquel que hablaba de la patria. Con generosidad, con valerosidad, con coraje.

Las personas que vienen a elevar una oración sostienen estos valores como si fueran la verdadera bandera nacional.

Que si todo ha subido, que si la crisis económica, que si la política por aquí y la guerra por allá. El mercado popular en que se convierten las calles alrededor de la procesión expresa que todo lo anterior no es novedad para nosotros. Que todas las adversidades las hemos afrontado desde una ética del esfuerzo colectivo. Trabajando duramente. Trabajando nomás.

Los turroneros que, por ahora, racionaron la degustación. El higadito con yuca, una delicia que usted debe conocer. Los detentes y los hábitos que solo podrán usarse después de ser bendecidos. Póster, llaveros, rosarios, algodones de caramelo y cualquier dulce que recuerde eso de limeños mazamorreros. Todos hacen honor a su nombre de vendedores ambulantes porque han seguido realmente el recorrido a pie. Completo. Trabajando como toda la vida.

Hace poco terminó la campaña municipal. Los mismos de siempre les prometieron el mentado paso a la formalidad. Son los mismos que luego enviarán a los camiones de serenazgo a arrebatarles su mercadería. Los mismos que han tenido la desdicha de interpretar la multitudinaria procesión como un acto de militancia política. “Lloren, progres”, dicen en Twitter. “Esta es una muestra de que el comunismo y su ateísmo no pasará, rojetes”, celebran hasta en televisión. “El Perú no quiere ideologías”, afirman con carteles y altavoces.

Contestarles implicaría aceptar su lógica. Significaría aceptar que la fe es un asunto excluyente, que la religiosidad es un asunto de buenos que irán al cielo y malos que irán al infierno. El dogma autoritario que hace de toda diferencia el sustento de la discriminación.

Todos los dogmas, sin embargo, sucumben ante la mejor enseñanza de la fe católica. Está en la Biblia. En los catecismos, seguramente. Tal vez la hemos leído en forma de sticker en la ventana de alguna vieja combi.

Aquella que nos recuerda que Dios es amor. Solamente eso.

Amor en el aire

Con todo lo que la ciencia ha sido capaz de hacer o establecer, poco o nada nos puede decir sobre la consciencia. Eso que llamamos alma no lo ha visto ningún microscopio. No hay evidencia empírica. Y sin embargo, todos sabemos que en ella nacen todas nuestras oraciones. Rogar por salud, por paz, por oportunidades. Por ese anhelo tan humano que es simplemente decir “todo va a estar bien”.

Ahí van los que cumplen su promesa de quedarse las horas que sean necesarias. Los que, signos de este tiempo, buscarán alguna fotografía. Hasta los pueriles Tik Tok se vuelven respetuosos. Los que cantan música criolla desde los estrados. Los homenajes con que cada negocio, grande o pequeño, adorna su fachada. El sonido de la campanilla nos recuerda que la procesión podría también definir al amor: amar es acompañar.

Quien haya pisado la calle conoce muy bien los matices que puede tener la fe. Sabe que ella no excluye. Que siempre es posibilidad para estar unidos. Que es mucho más que la sumisión acrítica a una institución eclesiástica. Que es mucho más que ella misma.

Dos años pasaron. Algún día contaremos la historia del tiempo en que creímos que respirar podría ser morir. Los días que pasamos en casa comprobando, como en la procesión, que amar es acompañar. Y que así sobrevivimos.

Muchos niños y niñas nacieron entonces. A pesar del miedo y de toda la adversidad, llegaron. Su valentía fue la esperanza de seguir. Entre sonrisas, la gente comentaba que la pandemia había elevado la tasa de nacimientos. De hecho, usaban otras palabras. Irreproducibles para una columna sobre religiosidad popular.

Para que la fuerza del amor acompañe el camino de esos seres humanos, actores sociales del siglo XXI. Para que su mirada transparente descubra un país que les brinde oportunidades, identidad, sentido de comunidad nacional. Para que construyan una perspectiva de la vida con mucha más amplitud y responsabilidad afectiva que la de sus ancestros. Para que vivan libremente la fe que decidan abrazar y que el diálogo permita construir un horizonte en común de progreso, equilibrio ecológico y desarrollo humano. Por su salud y educación, sobre todo, que deben ser derechos universales y nunca negocios. Para que sean siempre la alegría de la casa.

Por todo eso, roguemos al Señor.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

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