Recuerdo que cuando estuve en Roma escuché al papa Francisco advertir a los presentes en la Plaza de San Pedro se anule pronto toda doctrina que excluye, discrimina y divide. Primero, sugería educarse en el aprendizaje de no olvidar ser siempre agradecidos. Olvidarlo dividiría el mundo en dos mundos: uno con aquellos que no dan las gracias, y, otro, con los que sí las dan. La persona ingrata asume todo como si se le debiera. Sin embargo, solo quien acoge la vida como don, la asume como pura gracia. En segundo lugar, el Papa les invitaba a crecer en la misericordia para constituirse como personas más cercanas. Y hacía saber que (01) ser gratos y (02) ser misericordiosos se vive o se aprende solo en familia, aquella institución social que no se cierra en sí misma ni encapsula las puertas a ninguno. Escucharlo ese día me recordaba lo leído en su penúltimo documento pontificio sobre la alegría del amor.
Sobre el valor de la familia en Amoris Laetitia: la alegría del amor fraterno
Es la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia escrita por el Papa Francisco una clara invitación a todos los católicos para que re-piensen su modo de ser Iglesia; incluso esta exhortación ha sido el motivo del X Encuentro Mundial de Familias que se realizó en Roma en junio del año 2021. Si bien alguno de sus capítulos ha causado cierta controversia, de su lectura reposada no emana contradicción alguna sino un buen sentir sinodal. Su único interés, creo yo, es mostrarle al mundo la preocupación por la crisis del amor en la sociedad. Se evidencia un claro interés por revivir el mensaje evangélico de la familia porque sabe que sólo desde allí se aprende a integrar socialmente al otro como hermano de una única familia sin distinciones ni ingratitud.
Hoy en día, esa fraternidad es la que se debería forjar. Es una invitación conocida, ha sido dicha incluso en otros tiempos y otros espacios (Concilio Vaticano II, 1962), pero que, siendo vieja esta invitación, en la voz de Francisco, se percibe su novedad no forjada aún. La riqueza de la cristiandad ha sido siempre esa disposición de acoger al otro sin discriminación, sin distinción de nación, sin excepción de raza ni condición social, sin miramientos del color de la piel, ni cálculos de género. Su enfoque primordial es el bien común que la familia porta en toda relación. Es esa fuerza espiritual pública capaz de avivar las redes de una civilización filial. A su santidad le interesa tal fuerza relacional que percibe venida a menos. La ingratitud más la impiedad metaliza las relaciones, materializándose así, por ejemplo, el cierre de la frontera a los migrantes asumidos como “enemigos”. Niños, mujeres, ancianos más un sinnúmero de familias enfermas, hambrientas y vulnerables, sufren las consecuencias de las aberrantes decisiones de los gobernantes. El sufrimiento lacera la esperanza. Ser ingratos dilata esa cruda e insensible indiferencia gubernamental que se gesta por la presencia de la soberbia social.
Para Francisco es clarísimo que el espacio crucial donde nace la fraternidad es la familia. Es allí donde se aprende a ser socialmente fraterno. En casa nacen las futuras políticas públicas. Si en casa no soy grato ni perdono ni comparto jamás será posible agradecer ni siquiera al vecino. La institución que se define como sociedad sale de esa construcción social abstracta sólo por la presencia real de la familia. Es una gran matriz social que existe gracias al mundo de la vida del tejido familiar. Francisco sabe que, sin la esencia de esa empresa llamada familia, la sociedad será una simple idea abstracta. Y es en Amoris Laetitia donde él afirma que la familia es el principal sujeto social que entreteje los diversos estratos de la sociedad: familia de familias. Y lo más valioso de su esencia es el bien común que porta. Es un ethos (un amor ético) que toda familia naturalmente irradia en todas las redes sociales. Su testimonio originario es la vivencia de aprender a diario en casa el valor del amor relacional pero sin cálculos ni intereses egoístas.
¡Familia, sé lo que eres! en Familiaris Consortio
En Familiaris Consortio, San Juan Pablo II acuñó bella y contundentemente la frase: ¡familia, sé lo que eres! ¿Cuál es ese ser de la familia?, ¿qué es lo esencial o cuál su sustrato? Su esencia es el amor. Pero, ¿y qué es el amor? Es ser gratos. Ser compasivos. Es entrega, donación, amistad. No es egoísmo. Ni soberbia. No ingratitud, sino alteridad: alter es pensar más en el otro que en uno mismo. No es promocionarse así mismo. No es pensar en “mis” derechos sino en “los” del otro. Es fijarse no en el bien propio. No es convivir amenazado. El otro no es un rival, ni un estorbo. El amor invita a la persona que ama a trascender en cualquier espacio irradiando de sí toda la bondad humana posible. Amar es, finalmente, fijar la mirada en el próximo pesando o deseando su bien más no el del que mira voraz o celosamente.
La misión social de la familia es crear una actitud social fraterna; ésa actitud tan natural que porta toda familia. El sociólogo italiano Pierpaolo Donati -en vida- insistía en ser conscientes de aquella matriz teológica que estructura la sociedad, es decir, el legado histórico que la familia ha tejido (y teje) en él: la donación. En ella se aprende lo que es justo y lo que el otro necesita. Es la matriz donde se aprende a compartir lo mucho o lo poco que se tiene con quien convivo a diario. Incluso en medio de tantas controversias cotidianas propias de la limitación humana es en familia como se ejercita con entereza el perdón y la misericordia que comprende el error. En fin, la familia es esa luz “divina” -por ello teológica- que brilla en la oscuridad del egoísmo o en las penumbras de este mundo que insiste en amarse asimismo. La familia no se contrapone a la sociedad sino que la ilumina engrandeciéndola porque es su fuente, su matriz, su génesis, su célula, su fuente de espiritualidad. Es ella -sin lugar a dudas- esa célula básica o unidad viva que estructura a toda relación ciudadana que sobreviene instituyéndose en una u otra nación.
El ethos social de la familia
Francisco, insiste en ese lenguaje siempre nuevo que la familia enseña. Su ley será siempre la del amor que crea más amor. Su poder no radica en la promoción de la muerte (tánatos) de la relación sino en la creación de un mayor vínculo (ágape). La familia conforma ciudadanos con una relación vivaz cargada de espiritualidad familiar cuya cotidianidad social es la gracia de vivir fecundando la comunión diaria. Por tanto, el amor familiar no es un afecto privado ni un mero sentimentalismo sino un ethos social que vigoriza la fragilidad humana. Su deseo es custodiar mas no descartar ni excluir a nadie. Su deseo es que la persona se comprenda así misma sin una actitud instrumentalista sin mirar al otro como un mero objeto. Es, una vez más, el amor casero (el de familia) la revelación de esta verdad: la dignidad de ser personas. Esta dignidad pasa en la convivencia de ser tratados como ciudadanos de una única familia de una misma nación. Por lo tanto, gracias a este ethos se hace posible revertir esa forma clásica de universalizar el juicio negativo de etiquetar al otro como un extraño, un ser peligroso, un rival a superar o un mal social que se proyecta descartar o expulsar e incluso suprimir.
Aquel día en la Plaza de San Pedro cuando Francisco les hablaba a sus fieles así como se hablan los amigos íntimos: de corazón a corazón, deduje haber captado su sueño sinodal. Sueña él con que la familia reviva en la sociedad esa sensibilidad empática hacia el otro: de encuentro, de gratitud, de compasión, de justicia, de solidaridad y fraternidad. Un espíritu familiar que no puede morir jamás. Sueña con que entiendan todos que sin el aporte del valor de la familia las políticas públicas no madurarán en su máxima potencia. Sin la familia, la sociedad, ni tampoco la Iglesia, se descentrará de sí misma. Sin su presencia se debilitará el vínculo fraterno. Ser familia es ser fraternos, y no algunos, sino todos, porque así naturalmente brota la comunión familiar. Si la sociedad necesita transformarse en algo mejor con algo más de esperanza y quizá algo menos de violencia, esto será posible solo si la sociedad acoge la esperanza de ser salvada familiarmente, sin distinción alguna, siendo agradecida por haber sido creada antes de crear.
(*) Ingeniero y filósofo.
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